Sin coincidencias

La ambigüedad 10 años después


Hace 10 años, el 10 de diciembre de 2006, el país amaneció con la noticia de un operativo militar contra varios domicilios en la zona urbana de Apatzingán, Michoacán. Ahí empezó, aunque luego se hayan arrepentido del nombre, la “guerra de Calderón”. Circunstancia extraña: el sexenio apenas cumplía semana y media; la toma de posesión había sido un sainete, precedido del plantón de López Obrador en Reforma y en el Zócalo y apenas disuelto el 15 de septiembre anterior por la presencia militar con motivo del desfile anual. Los grupos políticos estaban dedicados todavía a averiguar el quién es quién del calderonismo, incluidos los mandos militares. No había habido siquiera rotación de mandos en las respectivas zonas y regiones; no había director General del Cisen, quien tomaría posesión hasta enero de 2017. En suma, no había trabajo de inteligencia, líneas de autoridad plenamente reconocidas, control de la situación política tras del movimiento lopezobradorista. La relación del presidente Calderón con los mandos militares era un misterio. Y con un escopetazo en la oscuridad comenzó la guerra de Calderón, difícil de desmontar a 10 años de distancia con cerca de 200 mil muertos. Bien diría Brzezinski: un muerto es una tragedia, 100 mil es una estadística. Su corolario en tiempo de paz formal sería que la política es la continuación de la guerra por otros medios, invirtiendo a Clausewitz. Han transcurrido diez años desde que Calderón anunció el comienzo de la reorganización policiaca del país con el “Ingeniero Genaro” al frente. Ni la reorganización ni el reemplazo prometidos por García Luna se dieron. Se gastaron miles de millones de pesos en los gadgets del ingeniero Genaro y la espiral de violencia que desató aquella guerra no ha cesado. Si las motivaciones de Calderón fueron de estrategia policial, políticamente tácticas, un acto de machismo presidencial azuzado por el gobernador Lázaro Cárdenas o si se tendría que haber estudiado siquiatría para entender al entonces presidente, está aún en la entraña del tiempo. Lo cierto es que las fuerzas armadas evidencian algunos síntomas de hartazgo en un horizonte temporal carente de posibles victorias.

Ya en el transcurso del año como en distintas ocasiones los titulares del Ejército y de la Armada de México manifestaron su incomodidad ante la falta de un marco legal que otorgue certeza jurídica a la actuación de las corporaciones militares en funciones policiacas. En esa línea discursiva, el secretario de Defensa, Salvador Cienfuegos, declaró que “ninguno de los que estamos aquí (conferencia de prensa) estudiamos para perseguir delincuentes, nuestra profesión es otra y se está desnaturalizando”.

Dada la fluidez del concepto seguridad interior, si se atiende al cambio político y a la modernización institucional de las naciones, no está claro para qué estudiaron en el Ejército ni cuál es esa otra función en pleno siglo 21 ni cómo se está desnaturalizando. Si el reclamo por una nueva legislación es de todo o nada, es inevitable políticamente seguir en la ambigüedad.

valencia.juangabriel@gmail.com