Sin coincidencias

Turbulencia

La conclusión del proceso de aprobación de 11 reformas estructurales y el anuncio  de la construcción del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México fueron acciones de gobierno que revelaban una racha de éxito y contrastaban el saber hacer de esta administración con las dos precedentes. Esas acciones fueron fruto de la coordinación y colaboración entre Poderes y fuerzas políticas hasta de signo diferente entre sí. Las palabras coordinar y colaborar sirvieron, incluso en situaciones que tal vez no tuvieron esa importancia, que sin embargo ameritan un reconocimiento a la eficacia, como fue la atención a los daños causados en Baja California Sur por un huracán de categoría casi cuatro. Hoy Los Cabos está casi listo para la temporada alta de turismo, siendo el segundo destino de mayor importancia del país en la materia.

Ahora, por razones de apariencia coyuntural y otras de notoria naturaleza estructural, el país habría entrado a una turbulencia, que no una crisis, todavía, si la turbulencia se ataca con determinación, autocrítica y con la misma visión de futuro que se tuvo cuando se plantearon las reformas estructurales y el aeropuerto.

Las investigaciones, periodísticas de inicio y ministeriales posteriores, sobre los acontecimientos en Tlatlaya, Estado de México, ensombrecieron el hasta entonces celebrado desempeño de las fuerzas armadas en su lucha contra el crimen y a las modalidades de una estrategia de seguridad pública que desde el comienzo del sexenio buscó diferenciarse de la barbarie del gobierno de Felipe Calderón. No obstante, el incidente no se trata de una coyuntura negativa o circunstancial. En Tlatlaya, el Ejército hizo lo mismo que las fuerzas armadas hicieron en los seis años de la administración anterior. Y no me refiero solo a ejecutar extrajudicialmente. Mintieron como lo hicieron durante 2006 y 2012, periodo en el que algún militar descubrió en el diccionario el verbo repeler. Desde entonces, toda muerte de bandas criminales en enfrentamientos con militares era consecuencia de que los delincuentes disparaban en contra del Ejército o de la Marina y entonces, solo entonces, “repelían” ese ataque y mataban a todos los agresores. Eso es lo que decía el comunicado de prensa de la Secretaría de la Defensa al día siguiente de Tlatlaya. Algo no ha cambiado en los mandos medios y superiores de la actual Secretaría de la Defensa. Que haya energúmenos desplegados en el terreno le sucede a cualquier ejército. Para acotar y erradicar esas conductas, existen mandos centrales y parámetros de desempeño que a todas luces, en algunos casos, no han cambiado. Eso es estructural, no una coyuntura adversa que, de fondo, no se resuelve con la consignación de ocho integrantes de tropa que intervinieron directamente en los hechos. Se necesita algo más y todo indica que no lo han hecho. Están a tiempo.

En Iguala no habría sucedido la masacre de estudiantes si hubiera habido el tan llevado, traído y desatendido Mando Único. Lo justificó el gobernador Ángel Aguirre. El presidente municipal de Iguala “no quiso” el Mando Único y como el presidente municipal no quiso coordinarse, palabra que también sirve para repartir irresponsabilidades y eludir culpabilidades, pues el gobernador aceptó la negativa y puede haber habido 43 muertos. Delincuentes, sí. Pero no estamos en África Central. El exhorto e incentivo a la debida coordinación demostró su insuficiencia palmaria.

De manera previsible, la Asamblea Politécnica rechaza en forma parcial el planteamiento de la Secretaría de Gobernación y amplía sus exigencias, como que los planes de estudio y la designación de autoridades se sujeten al asambleísmo y que el IPN se conduzca “de acuerdo con los objetivos históricos de la Revolución mexicana”. Léase, no a las reformas estructurales y el anticipo de un conflicto prolongado y reaccionario ante la indiferencia, soberbia intelectual y pasividad de un secretario de Educación Pública que por la misma conducta fue despedido de la secretaría de Gobernación en el gobierno de Ernesto Zedillo.

Dos años, además, no alcanzan para enmendar el fracaso económico de 12 años de panismo. Caída de ingresos, petróleo a la baja en precio y producción. Un dólar fuerte y peso débil. Descomunal endeudamiento de los estados.

La turbulencia es fiel reflejo del clima que asola la mayor parte del país. Pero en la tormenta hay que reaccionar.

 

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