Sin coincidencias

Tiempo de poder

Todos en el país, supongo que incluido el presidente de la República, estamos en la posición de ya me cansé. Todos. Nada más que por diferentes razones.

Si un tipo de nombre Felipe de la Cruz, padre de un desaparecido, está dispuesto a llevar su reclamo hasta sus últimas consecuencias de “Vivos se los llevaron. Vivos los queremos”, cualesquiera que estas sean, es su problema, no el mío. Se pueden llenar bibliotecas sobre cómo cruzar, sobreviviendo, sin afectar a terceros, un duelo. Entiendo que resulta difícil para un personaje colectivizado y grupusculizado asumir un duelo en lo personal, porque en lo personal ese individuo no existe y jamás se ha asumido como tal. Desde el resentimiento ancestral más allá de que no hay soluciones democráticas, no hay más que una irracionalidad despreciable, ajena a la realidad del país y a nuestro tiempo.

Esa gente, a la que me refiero con propiedad, no tiene sentido de lo que es inherente a la humanidad del siglo XXI. Límites. ¿El iracundo padre de familia se ha preguntado o ha reflexionado sobre los motivos concretos que llevaron a su hijo a su muerte? ¿Se ha preguntado quiénes los llevaron a secuestrar autobuses y luego los desviaron de ruta y de propósito para conducirlos a un auténtico matadero? ¿A qué intereses servían que hubiera sido tan grave la desobediencia? Intelectual y moralmente, el vocero de los padres es un muerto en vida y el curso de la historia de México no puede estar sujeto a voces zombis.

Es tiempo de poder y tiempo de odio. Es el tiempo de que el poder legal, constituido, tome conciencia de que la gobernabilidad reside en el ejercicio de la autoridad y no de la aceptación. El desempeño inteligente no implica necesariamente el ser popular. El presidente de la República tiene un mandato. El 38 por ciento de los mexicanos lo elegimos para hacer, no para actuar con obsecuencia o timidez ante afrentas orquestadas o espontáneas al gobierno que constituimos y ganamos por seis años.

Es grotesca por obvia la “gran revelación” del Wall Street Journal sobre la casa de Luis Videgaray en Malinalco, comprada a Hinojosa Cantú, empresario implicado en la compra de la casa de Angélica Rivera y en la fallida licitación del tren rápido México-Querétaro. Ahora resulta que realizar transacciones públicas o privadas con cierto empresario y no con otro constituye una presunción de ilegalidad. A toda madre. Hagamos una lista negra de empresarios y que la opinión pública y una enana conductora determinen, fijen los parámetros y los criterios de la legalidad de este país. Hay que poner un alto a esto. Nada tiene que ver con la democracia y la legalidad. Hay una organización, estrategia y recursos para “abaratar” a México y volver fácil lo que de acuerdo a la norma es difícil, sea tanto el acceso al poder como a la riqueza.

Enero es el tiempo del Presidente. Debe serlo. Qué bueno que se abre el año con una reunión entre Enrique Peña Nieto y Barack Obama el 6 de enero. Dos “inaceptados”. Se privilegian como grandes valores la transparencia, la rendición de cuentas, la lucha contra la corrupción, bla, bla, bla. Desde este espacio también se privilegia como valor la estabilidad política de una nación y de su historia. Por eso, ya me cansé. El gobierno parecería estar actuando como animalito arrinconado cuando la obra de los dos últimos años tendría que pasar a la historia como la mejor realización política de los últimos 75 años. Pero el presidente del Senado deja que Felipe de la Cruz le calle la boca en el propio recinto del Senado.

Es momento de corregir y asumir en todo su valor los aciertos alcanzados. Si hubo actos de poca prudencia política, que no se repitan. Está claro qué pasó y por qué pasó lo de los 43 o 42 desaparecidos. Punto final. Es hora de reasumir los avances concretos del país, sin dejar de reconocer los grandes desequilibrios del desarrollo político y económico en México, inevitables pero corregibles, muchos de ellos, resultado de cuatro siglos de una historia siempre en el límite entre la brillantez y la imbecilidad.

El acto de gobierno ha sido omiso y su comunicación fatal. El acto de gobierno supone como corolario a las reformas, una profunda reorganización del modelo presidencial mexicano. Un cambio en la comunicación y una remoción de personas para bien de los retos de este siglo, no del pasado ni del gobierno que se tuvo en el Estado de México. Juego nuevo. Sin olvidar que se detenta un poder legal y debido al voto de quienes en 2012 ganamos.

 

valencia.juangabriel@gmail.com