Sin coincidencias

Semana de próceres

Con acierto, Carlos Fuentes inició Todos los gatos son pardos con una cita de Goethe: “Ay de aquellos pueblos que no tienen héroes; ay de aquellos pueblos que los necesitan”. Aseveraciones necesarias en una semana llena de memoriosos y de apologistas de personajes.

Empezó el concurso de oratoria con el 18 de marzo y el incienso al general michoacano expropiador y fundador de la dinastía política que condujo a su entidad a un estado fallido. Hay que insistir hasta la necedad: Cárdenas no nacionalizó el petróleo y los recursos del subsuelo. Eso lo hizo el constituyente de 1917 y es y será norma intacta hoy y en el futuro. No hay ningún acto de traslación del dominio público al dominio privado, que sería lo que los perredistas llaman privatización. Lázaro Cárdenas no fundó el Estado mexicano; institucionalizó a espaldas del liberalismo que le dio origen a un monopolio público. Lázaro Cárdenas no tenía la menor idea del tema energético. Shell, Stándar Oil y a látere desacataron un laudo laboral de la Suprema Corte de Justicia y pusieron al Estado mexicano contra la pared y al presidente en turno. Cualquier otro en su situación hubiera hecho lo mismo o parecido. Feliz casualidad que reforzó el proyecto populista y de corporativización del presidente Cárdenas.

Después, en la semana, vino el 21 de marzo y la conmemoración del nacimiento del Benemérito. El mayor político de nuestra historia, por razones que quienes le rinden culto público no se atreven a mencionar. Juárez es la conjugación en una sola persona y en una singular etapa de la historia de brillantez intelectual y realismo. Si Max Weber hubiera conocido su biografía, habría sido Juárez su tipo ideal del político que sabe ver la política sin ilusiones. Por eso la inconsecuencia moral y el analfabetismo funcional de un senador del PRD que en la tribuna pone por delante a Juárez para denostar a quienes han defendido con argumentos las reformas a los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución. Un perredista de Oaxaca.

La lucha de Juárez fue en defensa del Estado mexicano, de una entidad política en gestación y proceso de consolidación. No fue una fantasía patriotera sin sustento. Tan es así que no titubeó en proponer y suscribir por parte del gobierno mexicano el Tratado McLane-Ocampo. No era poca cosa: tres corredores geográficos para el paso de tropas americanas a plazo indefinido. Guaymas-Nogales, Salina Cruz-Coatzacoalcos y ¡Mazatlán-Matamoros, pasando por Monterrey! Cuatro millones de dólares a cambio  para defender no una patria abstracta, sino al liberalismo mexicano del retroceso conservador. El Senado americano no aprobó por miedo a beneficiar a los estados sureños de lo que después sería la Confederación. Curioso. Estados Unidos alcanzó a pagar un millón de dólares que sirvió para derrotar a los conservadores. Además de ambición de poder, lisa y llana, y de su liberalismo a ultranza, Juárez sabía leer su circunstancia. Así supo ver el futuro triunfo del norte en la guerra civil americana. Entendió las consecuencias bélicas que tendría en México la derrota de los franceses en la batalla de Sadowa, el creciente aislamiento militar de Maximiliano, la terca defensa de la doctrina Monroe del secretario de Estado Seward. Era cosa de tiempo y paciencia. Juárez entendía la historia y sus cambios a diferencia de los oaxaqueños perredistas.

Y llega, para cerrar la semana, el 23 de marzo. Han transcurrido 20 años de la muerte de Luis Donaldo Colosio y no todo está dicho, no porque no se sepa, sino porque no es políticamente correcto decirlo. Todo es “el hubiera”. Se cuelgan de una frase hueca en la que cabe todo, como la reforma del poder, para fundar sus afirmaciones en el resbaladizo terreno del hubiera. Un priismo básico y fanatizado que pretendieron fincar sus seguidores más conspicuos y que olvidan del paso del presidente del PRI Luis Donaldo Colosio en las elecciones de Baja California, Guanajuato, San Luis Potosí. Que olvidan que el presidente Salinas y Colosio pretendían acabar con el PRI para convertir en partido político a los comités de Solidaridad, intento que algunos priistas inteligentes, con dos dedos de frente, impidieron. Pero para que un asesinado sea efectivamente un prócer, no basta un asesino solitario. Se requiere una conspiración y si es desde el poder político, mejor. Como corolario del 23 de marzo solo me queda agregar que en mi opinión, Ernesto Zedillo fue un espléndido presidente de la República.

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