Sin coincidencias

Representación vs movilización

Salvo en tiempos de revolución o de cambios de régimen, que no es el caso (a pesar de que Manuel Camacho esté pensando estrenar uno nuevo en 2017), la movilización social en la calle no sustituye al proceso político de una democracia, con todos sus bemoles, funcional.

Los maestros disidentes de Guerrero amenazan con intentar de nuevo la toma del Zócalo. Malas noticias para la Feria Internacional del Libro. Si logran su cometido sería provechoso que leyeran alguno de los ejemplares secuestrados. López Obrador dice que ahora sí irá al Zócalo el 27 de octubre. La movilización social siempre trata de ir al Zócalo, cuando de hecho el proceso político salió de Palacio Nacional, en parte, desde el sexenio de López Portillo y en definitiva desde el gobierno de Miguel de la Madrid. La protesta en el Centro Histórico y en áreas aledañas solo sirve para restarle aceptación al jefe de Gobierno del Distrito Federal, según todas las encuestas.

La división de poderes que pasó de ser un principio teórico a una práctica política cotidiana, al menos desde el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, es una realidad que por obvia no se reconoce. En forma gradual se convierte en el ejercicio del poder legal y de las decisiones colectivas.

Las reformas al tercero y al 73 constitucionales, si bien las propuso el Ejecutivo federal, fueron aprobadas por el Congreso de la Unión. Si los maestros inconformes quieren hablar con el Presidente de la República para modificar el marco jurídico que determina su relación con la sociedad y con el Estado, pues que hablen o intenten hablar con el Presidente cuantas veces quieran. El Congreso ya decidió las reformas y no habrá de modificarlas por un puñado de manifestantes. Si el ex presidente legítimo amenaza y predica contra las iniciativas de reforma en materia energética, puede hacerlo y si es su convicción racional, debe hacerlo, para eso es la libertad de expresión y de manifestación. Lo que no puede hacer es impedir el proceso político legal de la deliberación y decisión legislativa mediante procedimientos ilícitos, característicos de su violencia pacífica.

Manuel Camacho le dijo al secretario de Gobernación que el gobierno tiene muchos frentes abiertos. Es parcialmente cierto y es completamente inexacto. La nación es la que tiene muchos frentes abiertos, en lo educativo, fiscal, laboral, político, electoral, energético, en telecomunicaciones, en prevención de desastres naturales, infraestructura, en igualdad de género y un largo etcétera que resume el saldo de una historia deficitaria de la cual Manuel Camacho es uno de sus más fieles representantes y actores de ella. En efecto, la eficaz gobernabilidad conlleva abrir muchos frentes.

Las disyuntivas de la nación se encuentran hoy en el Poder Legislativo sujetas a sus reglamentos, a sus prácticas parlamentarias, a los perfiles altos y bajos de esa representación nacional que es la única legal y por tanto legítima. Esos 628 que fueron electos por los votantes por acción u omisión, léase abstención, para adoptar decisiones fundamentales para la nación o dejar de hacerlo. El capítulo de la conformación de la representación nacional se cerró el primer domingo de julio del 2012 a las seis de la tarde, aunque les pese a Manuel Camacho, a López Obrador y, por añadidura y en el cabús de la movilización, a Cuauhtémoc Cárdenas.

En una democracia efectiva y funcional, la aritmética tiene la última palabra acotada por la representación formal. Ésa es una definición de democracia esencial, en estricto sentido. Lo demás son fantasías o buenas intenciones de las que el infierno está empedrado. Nada aporta el argumento de Manuel Camacho en el sentido de que una mayoría legislativa calificada se contrapone a dos tercios de sus encuestas. Lástima por los encuestados y en su caso por los encuestadores.

Las materias de reforma fiscal, energética, política, electoral y de telecomunicaciones están o estarán en el Congreso de la Unión, y a esos 628 les toca decidir. Y los números hablan.

Ahora resulta que quienes se autonombraron democratizadores y liberalizadores del sistema político mexicano, casi sin excepción, cada uno de ellos tránsfugas del sistema autoritario y populista, se vuelven arrepentidos de lo que en su momento consideraron logros propios de apertura y democracia efectiva. Es un lugar común pero hoy, como no lo fue en el pasado, la democracia está en la representación formal de los votantes.