Sin coincidencias

Representación y opinión pública

La discusión, necia para muchos, sobre si la reforma energética durante o después del Mundial, absolutamente frívola en esos términos, encubre un argumento que los pocos perredistas inteligentes no se atreven a poner sobre la mesa pero que sí merece detenerse por un momento en él, al menos para que se haga explícito.

La idea de que la opinión pública sea quien determine al final del día no solo el sentido de la decisión gubernamental, cualquiera que ésta sea, sino también las etapas procesales de la política y su secuencia temporal, temáticamente hablando, es lo que consciente o involuntariamente domina en el argumento del PRD y, cabe agregar, en el imaginario de toda minoría no electa por la mayoría votante y que aspira al poder político.

Por eso es tan común que las oposiciones en una democracia efectiva recurran a las encuestas, aun más que los gobiernos, los que por mandato electoral están obligados y asumieron un compromiso para actuar incluso contra las tendencias demoscópicas.

Aducen los perredistas que todas la encuestas revelan la pasión de los mexicanos por el futbol; la inmensa mayoría. Puede ser cierto; me incluyo. Si fuese así, sin embargo, no se sigue que los mexicanos sean monotemáticos o que no puedan prestar atención a dos cosas a la vez y tener expresiones simultáneas sobre temas diversos.

No se conoce, hasta ahora, alguna encuesta que cruce en términos de interés los temas del futbol y de la reforma energética y si la hubiese, habría que precisar con todo cuidado en qué segmento de población se levantó la muestra.

El PRD es consciente de su condición de minoría, estrictamente el no poder, y pretende convertir a la opinión pública en el decisor final no solo de los tiempos de la política mexicana, sino de los contenidos del acto de gobierno. Es una postura más que explicable, aunque carezca de sustento político formal, esto es jurídico, piso mínimo y última razón de la decisión política.

Pasó el momento de la opinión pública, que no de su libertad para expresarse. La opinión pública mexicana, guste o no, eligió un gobierno, específico, con partido político reconocido y nombres y apellidos concretos de personas que ejercen el poder, así conferido, dentro de instituciones reguladas por leyes que marcan tiempos y procedimientos y que es imperativo que se apliquen y se observen más allá de la voluntad o capricho del gobernante en turno.

Si la opinión pública, fuera de un periodo electoral, desaprueba las decisiones de un gobierno, tiene pleno derecho de manifestar su descontento dentro de cauces legales establecidos e imponer una sanción negativa a ese gobierno llegado el momento de la siguiente elección. Antes, tiene que asumir costos y consecuencias de una decisión mayoritaria previa.

Crear una atmosfera de opinión pública inconforme ante determinada decisión política puede afectar a políticos de piel muy delgada o que están pensando en su siguiente cargo de elección popular. No a políticos profesionales que saben distinguir entre las temporadas de campaña y los periodos para actuar y gobernar.

Algunos pocos perredistas inteligentes saben o intuyen que el culto a la opinión pública erosiona la idea y la vigencia de la representación política y de su estabilidad decisoria. Por eso no lo hacen explícito, porque esos pocos saben.

Y si a las encuestas nos vamos, éstas también cambian en el tiempo. De memoria, en el primer semestre de 2013 era minoritario el número de encuestados que se inclinaba en favor de una reforma energética. Hoy, de acuerdo a Consulta Mitofsky, 24.7% considera muy necesaria la reforma energética; 29% algo necesaria; 16.5% poco necesaria; 15.8% nada necesaria y 14% no sabe o no contestó. En resumen, 53.7% la ve necesaria y 32.3% no necesaria. Los números se han invertido. Previsible la reacción del PRD ante esas cifras: son resultado de la publicidad y propaganda del gobierno. Dicho de otra forma, la opinión pública a la que ellos están apelando para que decida secuencia y decisiones de gobierno ha sido bastante imbécil al dejarse convencer.

El artificial debate sobre el futbol y la pretensión de posponer la reforma se adereza con calumnias sin pruebas contra actores relevantes del proceso. Todo sirve con tal de minar, sin argumento conceptual alguno, un conjunto de decisiones de lógica  y necesidad irreprochables. Habrá futbol y reforma. Se pueden las dos cosas.

 

valencia.juangabriel@gmail.com