Sin coincidencias

¿Reformas constitucionales de última hora?

Se habla en México de la elección presidencial de 2018 como si fuera pasado mañana. Contribuye a ello la duración del mandato, así como el desgaste de la imagen presidencial de EPN y la grisura de casi todos los integrantes del gabinete y de sus correspondientes acciones.

El hecho es que en México faltan 20 meses para la elección y poco menos de un año para el inicio legal de los comicios. Puesto de otra forma: en noviembre de 2017 no solo estarán a la vista los candidatos sino también tienen que estar congeladas las reglas de la contienda. En ese sentido, en la semana que concluye se han vuelto a poner sobre la mesa dos importantes inquietudes sobre reformas pendientes o incompletas de aplicabilidad posible, pero temporalmente improbable en la próxima elección presidencial.

Se insistió en la conveniencia de considerar la posibilidad de una segunda vuelta y gobiernos de coalición, de preferencia ambas cosas juntas. Desde un punto de vista teórico sería mejor verlas por separado.

Respecto de la segunda vuelta, sobre la que muchos estamos a favor, hay que ser muy claros respecto de qué resuelve y qué no: una segunda vuelta en la elección presidencial concurrente en fecha con la elección de Congreso, aminora al Presidente electo los costos de una legitimidad originaria disminuida por una votación fragmentada entre cuatro, como la vislumbran la mayoría de los analistas y pronosticadores. No resuelve, subráyese, problemas de legitimidad legal del elegido ni de legitimidad en el desempeño del cargo porque la gobernabilidad no depende solo de la cabeza del Ejecutivo sino del sistema en su conjunto que incluye factores de poder formales e informales, nacionales e internacionales. Todo eso no se resuelve con la segunda vuelta, sino solo el ingrediente del fenómeno eminentemente subjetivo de la legitimidad de origen, la que a final de cuentas no es más que la ficción jurídica de que un candidato en la segunda vuelta ve crecer considerablemente sus preferencias en la ciudadanía. Ficción que no deja de ser válida, en la medida en que todo el andamiaje jurídico de un Estado moderno, por lógico que sea, es una ficción socialmente pactada.

Toda la novedad de lo que podría ser la segunda vuelta es razonablemente inteligible para el elector medio. Pero hasta ahí.

Tema diferente es el del gobierno de coalición y su instrumentación optativa por parte de quien haya ganado la elección. Se ha argumentado mucho a favor del gobierno de coalición de su utilidad para paliar los peligros de la parálisis legislativa que, según algunos, se evitó en los últimos cuatro años gracias al Pacto por México. Lo convenido en ese pacto, pienso, discrepo, nada tuvo que ver funcionalmente con lo anunciado en aquel discurso inaugural de EPN. Las reformas estructurales aprobadas por el Congreso se derivaron de los incentivos contenido en esas iniciativas para que el partido del 32%, el PRI, pudiera formar, caso por caso, una minoría ganadora gobernante. Las experiencias de las reformas fiscal, política y energética así lo evidencian. Seguiremos abundando sobre el tema. Hasta donde los tiempos legislativos lo permitan; casi nada.

valencia.juangabriel@gmail.com