Sin coincidencias

Reforma insuficiente y excesiva

Ernesto Zedillo fue un presidente de pocos errores. Todos ellos graves. Uno, no menor, fue ceder a los chantajes que derivaron en la elección de jefe de Gobierno del Distrito Federal. Al paso del tiempo esa decisión legislativa es irreversible, pero lo que habría que preguntarse hoy es si se requieren más reformas, quiénes las demandan y con qué fines.

Ya se pospuso la Reforma Política del Distrito Federal. Curioso debate el del Senado, que finalmente aprobó la reforma. Todos los oradores a favor enumeraron durante horas las insuficiencias de la iniciativa aprobada. Todos los oradores en contra abordaron los excesos en que incurría la iniciativa. Esto es, para unos, insuficiente; para otros, desmedido.

Desde un punto de vista financiero, al DF no se le iguala con un estado de la Federación ni a sus delegaciones con un municipio. De entre los votantes en contra iban desde el senador que denunciaba que el país entero subsidia a la capital hasta el que consideraba que debería facultársele a manejar la chequera del gasto público. Por cierto, el senador bajacaliforniano que lamentaba falsamente el subsidio del país al DF es el mismo que se quejaba hace unos días de leyes permisivas que permitían agasajarse con mujeres. Esa es la talla intelectual del bajacaliforniano, pero ese es otro tema.

El rasgo más importante de la reforma al Distrito Federal —no Ciudad de México, no todavía— es la previsión en la iniciativa pospuesta de tener una Constitución propia derivada de un constituyente integrado de manera sui géneris para ese propósito. Métodos de integración de un constituyente pueden plantearse hasta el infinito y más. Todos son impugnables y más o menos útiles para el cumplimiento de su objeto. Es ocioso que senadores que dicen estar comprometidos con las reformas, como Mario Delgado —sí, el de la Línea 12—, voten en contra porque no les parece la composición del constituyente del Distrito Federal. Lo pertinente sería que explicaran por qué la necesidad de las reformas y para qué.

El senador Roberto Gil argumentó a favor, en defensa de la autodeterminación de los ciudadanos del Distrito Federal. Hizo bien, en su discurso, en recordarnos que nació en Tapachula y se formó en Ciudad Juárez. Quienes nacimos y nos formamos en el Distrito Federal no necesitamos que un chiapaneco y juarense defienda nuestra autodeterminación. Los defeños, durante décadas, ya habían ejercido su derecho a la autodeterminación eligiendo presidente de la República. Ese fue el error de Zedillo. No entendió que la complejidad de la capital del país requería de la mano presidencial y de su instrumento, un regente. De 1997 a la fecha se gestó un perverso botín económico y político con sus adláteres delegacionales que, a partir de Cárdenas, después Rosario Robles y de lleno con López Obrador, llevaron a institucionalizar la lumpenización y el clientelismo descarado de una de las ciudades más importantes del mundo.

El problema no es la autodeterminación de los defeños. Mucho menos si la ciudad está subsidiada o si sus gobernantes deben controlar la billetera. El tema de fondo es un problema de poder y parecería que uno de los pocos mexicanos que lo entienden es Manlio Fabio Beltrones, quien entiende qué es el poder y cómo se ejerce. La reforma no beneficia en nada al ciudadano y debe quedarse en la congeladora.

 

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