Sin coincidencias

Reforma energética: la hora de la verdad

Bien resumía Sanguinetti: el temor y la esperanza, ése era el dilema de la transición. El impulso libertario de las naciones latinoamericanas a principios del siglo XX se había truncado entre la truculencia de las oligarquías o de plano del golpe militar. Todo tiempo pasado fue mejor, decían las abuelas, con algo de razón. Ni la rapiña de Miguel Alemán, de López Portillo,
o de Pinochet eran ni fueron la respuesta. Eran lo mismo. Represión y robo a la nación. Atreverse a la esperanza era arriesgarse a la frustración o de plano a la muerte.

¿México hoy está ahí? En medio de tantas opiniones personales, más de una viscerales, vertidas en las últimas semanas en el espacio de este diario, quiero pensar que no. Cuando la vida se rige por el miedo, falta menos de un instante para enviar todo al carajo. No lo voy a hacer.

Hace 75 años, en una decisión discutible, no perfecta, como no hay ninguna decisión, el gobierno mexicano expropió la industria petrolera, es decir, la infraestructura de superficie de esa industria, y canceló, posteriormente, la posibilidad legal de otorgar concesiones sobre la propiedad de los recursos de hidrocarburos del subsuelo. Eso es lo que ocurrió. Ni más ni menos. Los recursos del subsuelo estaban nacionalizados desde el Constituyente de 1917. Se prohibía, contra todo sentido liberal de constitucionalismo mexicano, una actividad y una posibilidad de inversión a los particulares. Era el Estado que no dejaba hacer, para bien o para mal.

El tamaño del miedo entre el temor y la esperanza ha cambiado. Su ángulo temporal también. El Estado mexicano no teme a los desacatos transnacionales del pasado, le preocupa la incapacidad del Estado  mexicano ante el porvenir.

De ahí las reformas constitucionales a los artículos 25, 27 y 28 más 21 artículos transitorios en materia energética. Es entre el temor y la esperanza. De la experiencia histórica se nutre el rechazo. Son evidencias de hace 75 años de un Estado débil, caudillista, convulso, amenazado.

¿Es ese el Estado mexicano actual? Sí y no. Tremendos claroscuros. No hay lugar para discutir el dominio originario de la nación sobre los recursos del subsuelo. No hay espacio legal ni jurídico para poner en duda la decisión del Estado para instrumentar ese dominio y ese monopolio. Pemex seguirá siendo propiedad del Estado mexicano, propiedad de toda la ciudadanía, sin participación en su capital de la inversión privada y de todos los mexicanos por el solo derecho de haber nacido o de portar con esa nacionalidad.

Las izquierdas, en una competencia de radicalismos entre sí, se oponen a las reformas y apelan a una consulta popular. Se han dicho al respecto muchas cosas. Todas opinables según de quién venga el punto de vista. Que si la fracción octava del 35 constitucional impide una reforma sobre los ingresos de la Federación, que si la consulta popular es solo prospectiva y no retrospectiva, que si el 135 constitucional, el argumento más fuerte, impide adicionar y reformar a la Constitución, ya reformada, si no es con la aprobación del Congreso de la Unión con sus mayorías calificadas y la mayoría de los Congresos estatales.

Las reformas constitucionales en materia energética encaminadas a crear certidumbre están tratando de ser puestas en vilo creando incertidumbre. Puede pasar. Son muchos años de miedos fundados y de incredulidad. Pero ya no hay tiempo para posponer decisiones y suspenderlas entre el temor y la esperanza.

Las dudas caben y son legítimas. Sobre todo en cuanto a la administración pública de las reformas recientemente aprobadas. La ley no es sinónimo de vigencia práctica. No lo ha sido en la historia de México. Y cabe la duda. Pero si las malas prácticas en la administración pública mexicana no son erradicables, en cualquier ámbito, hagámonos daneses, guatemaltecos o centroafricanos. Vale madres. Renunciemos a la idea de México como presente y como destino. Si ésa no es la decisión, apostemos al porvenir de oportunidad y prosperidad que promete la reforma energética.

PD:

Aquellos inversionistas potenciales de la reforma energética, amedrentados con la consulta popular de las izquierdas, lo único que estarán haciendo es posponer 18 meses sus oportunidades de inversión y de ganancia. Vamos a ver quiénes son capitalistas de a de veras. 

valencia.juangabriel@gmail.com