Sin coincidencias

Recordar es vivir

En tiempos de prontismo —neologismo del mexiquense secretario de Educación Pública, Emilio Chuayffet, quien con razón afirma que no hay solución—, es oportuno ponerse memoriosos.

Cuando en 1958 a Raúl Ortiz Mena —ojo, no Antonio— se le ocurrió crear y lograr la creación de la Secretaría de la Presidencia, se trataba de convertir en transversales todas las políticas públicas de cualquier dependencia federal. Así de sencillo y de complejo. Era una reorganización completa del acto de gobierno. Fue un verdadero quiebre en la historia política de la Revolución mexicana. Significaba matar el carisma y el patrimonialismo a cambio de una burocracia profesional. Es un punto de inflexión primigenio en la modernidad mexicana. El más voluntarista que reflexivo de López Portillo lo mató.

La Secretaría de la Presidencia tenía la virtud de un paraguas muy amplio normativo con autoridad. Todo el gobierno federal podía hacer lo que se le viniera en gana, pero la inversión pública, sobre todo en términos de grandes proyectos, pasaba por la firma o no pasaba de un director general. Llámese infraestructura, educación, seguridad, salud. En la Secretaría de la Presidencia recaía la capacidad del Estado para crear capital físico, humano y social.

Para eso se necesitaban burócratas eficientes, preferentemente sin ambición política. Mala cosa. Fueron tres secretarios: Donato Miranda Fonseca, Emilio Martínez Manatou y Hugo Cervantes del Río. Al guerrerense Miranda de última hora le metieron en la cabeza que podía contender contra Díaz Ordaz. A Martínez Manatou, lo aniquiló Echeverría en 1968. A Hugo Cervantes del Río, lo acabó su parsimonia y su mediocridad. No obstante los tres casos, la Secretaría de la Presidencia funcionó y con ello la gobernabilidad y el control.

La coordinación entre la Secretaría de la Presidencia, el Estado Mayor Presidencial (con todo lo que en inteligencia significa), la Secretaría Particular del presidente y el presidente mismo implicaban, en su conjunto, un engrane de control político eficiente y eficaz y una administración pública sujeta a la prestación de bienes y servicios que le estaban encomendados por ley, vigilados y supervisados, tanto en términos legales como políticos.

López Portillo no resistió las presiones de Julio Rodolfo Moctezuma por la asignación de inversión pública ni de Carlos Tello por el control de la política monetaria y del gasto corriente. Se acabó la Secretaría de la Presidencia de la República. Y se acabaron ambos.

Carlos Salinas entendió muy bien que había que recuperar el control del aparato gubernamental y de su aptitud de gestión. Por eso creó en enero de 1989 la Oficina de la Presidencia de la República, con una ventaja respecto de los extintos titulares de la Secretaría de la Presidencia: no podían aspirar a ser presidentes. El caso de José Córdoba. Se sembró la semilla de una renovada Secretaría de la Presidencia que mataron en 1994 las dudas del presidente Salinas respecto de Manuel Camacho y el disparo de Aburto contra Luis Donaldo Colosio.

El problema, si quieren darse cuenta, no es de seguridad o de falta de oportunidades o de rebajas en tarifas carreteras o de incentivos fiscales locales o de tenebras rumbo a 2018. El problema es el de la construcción de un tablero de mando que el presidente Peña Nieto no tiene.

No lo tiene, entre otras razones, porque México no es una entidad federativa en grandote. Una secretaría de Estado es un cargo de interés nacional, no un escalón de paso para llegar a la gubernatura de Yucatán o del Estado de México. Ese siglo XX se acabó. No lo han entendido.

Ruiz Cortines tuvo la visión, la inteligencia sin todas las certificaciones de la currícula de los mocosos de hoy, de entender la propuesta de Ortiz Mena y saber que el primer factor político del que se requiere control es del propio gobierno, no de los medios y, a través de ellos, de la sociedad. El gobierno, dependencia por dependencia y nombre por nombre, hoy no sabe qué quiere, para qué y cómo. El compás decembrino, en la coyuntura actual, da para una reflexión, además de las personas, para culminar una obra reformista extraordinaria como la ya realizada. Reorganizar el gobierno y hacer políticas públicas transversales con una vigilancia diaria de su adecuada complementariedad es requisito indispensable para cuatro largos años que restan. Y para eso, se requiere saber, experiencia, sensibilidad. Si no hay eso, esto se está yendo al carajo.

 

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