Sin coincidencias

Punto y aparte o final

La compleja racionalidad del pastor convertido en jefe de Estado y viceversa pone a prueba todo el tiempo la defensa desapasionada y fría del sentido común.

De entrada, aunque los voceros del Vaticano y del gobierno mexicano hayan insistido en el carácter pastoral del viaje pontificio y el propio Francisco haya insistido en el desempeño de ese rol, lo cierto es que desde un punto de vista formal se trató de la visita oficial de un jefe de Estado, cuya presencia en México tenía —no era facultativo— que sujetarse al protocolo debido a esa circunstancia. Por eso la crítica de varios severos analistas a los deslices de la laicidad del Estado mexicano respecto del desempeño de los más altos funcionarios del gobierno federal, incluido el Presidente. No se puede recibir por la mañana a un jefe de Estado, de igual a igual y por la tarde de ese mismo día recibir un sacramento litúrgico de ese jefe de Estado que ya no lo es, sino que es pastor, con ese Presidente de la República que ya no lo era, sino ciudadano. Eso dicen. Otros desfiguros condimentan la deplorable imagen de aquel día, como la clase política mexicana pidiendo a gritos la bendición papal en el patio presidencial de Palacio Nacional. Es claro que el poder político en México, muy disminuido ante la opinión pública nacional, quiso hacer de la visita papal su fiesta. Ya veremos encuestas en 15 días y elecciones en tres meses y medio. Pero el desfiguro ahí queda.

Otras críticas son menos atendibles por inmediatistas o irrelevantes. En general se unifican en torno a tres cuestiones: Ayotzinapa, feminicidios y pederastia, palabras ausentes en el mensaje papal.

En el caso de Ayotzinapa, se confunden las prioridades políticas y religiosas del Estado Vaticano, en términos de temas y tiempos con las coyunturas de grupos activistas en una circunstancia política específica. Es muy complicado entender desde dentro y mucho más desde fuera que unos piensen que su reino no es de este mundo y otros que su mundo presente es el único reino posible. Valga la afirmación extrema: de Ayotzinapa el papa se ocupó en diversas ocasiones, cada vez que se refirió al narcotráfico, aunque para los defensores de los padres de los normalistas ese no sea el tema. Para mí y para muchos es el tema y abundan las evidencias.

En los casos de feminicidios de Ciudad Juárez y de Ecatepec es todavía una controversia judicial, estrictamente judicial si estamos hablando de una estrategia homicida con carácter de género o una situación de descomposición social a la vez más amplia y difusa, que colateraliza esas muertes. En los dos casos, Ayotzinapa y feminicidios, el papa se rehusó a dar pie discursivo a la afirmación de "fue el Estado".

En lo relativo al silencio sobre la pederastia, en especial de visita en Michoacán, en la cuna de Maciel y de los Legionarios, solo queda conjeturar que por encima de consideraciones localistas, para el papa Francisco los equilibrios políticos y económicos dentro de la santa sede y en la curia son más importantes que el desagravio a una nación afrentada por el crimen, el narcisismo, la mentira de un presunto santo y la impunidad de una clase aristocrática complaciente y cínica.

Fuera de esas objeciones, la visita de Francisco, primera y última —cuestión de edad—, transcurrió con pulcritud y nos devolvió rápidamente a la realidad nacional del día con día.

valencia.juangabriel@gmail.com