Sin coincidencias

Pónganse en su lugar

Si uno ha de hacer caso a la agenda de ciertos medios y formadores de opinión pública (algunos de ellos y ellas hasta se lo creen), la semana política de México incluyó cuatro temas, en orden ascendente de importancia:

Primero. El gobierno de la República invertirá 7.7 billones de pesos en infraestructura durante el sexenio. Billones en español, no en inglés; 7 mil millones de millones de pesos. Para lo que sigue en este artículo más de la mitad de esos recursos en infraestructura energética. La opinión pública fue informada debidamente de cuánto, dónde, cómo, cuándo y para qué. La nota se murió al día siguiente.

Después, insisto, en orden ascendente de importancia, se enviaron las iniciativas de leyes secundarias de la reforma energética. Ocho leyes nuevas y 13 para reformarse. Son 647 páginas, quitando las hojas de firmas, del dominio público, puestas en la red para lectura de todos los mexicanos. Corolario informativo, en sus exposiciones de motivos, y legislativo, ante las necesidades del país, que remata una discusión que no duró 76 horas sino 76 años, mención necesaria para quienes no siguieron el debate de cerca ni  la historia.

Después se ubican los desfiguros de la reforma político-electoral. Como hipótesis de trabajo para su elaboración: ¿cómo desmadrar un sistema electoral desde sus cimientos construido con afanes democráticos legítimos para que los opositores de una coyuntura histórica tengan condiciones favorables desiguales de manera que puedan ganar sus partidos más poder y sus dirigentes más dinero?

Y por último, en la cima, 10 preguntas del ciudadano Alfonso Cuarón al presidente Enrique Peña Nieto. And the winner is Alfonso Cuarón, sin importar las respuestas. El solo planteamiento cerró el debate si es que había la genuina intención de entablarlo.

Pero para bailar tango se necesitan dos. Cuarón afirma que el proceso legislativo de las reformas en materia de energía fue “pobre y careció de una discusión profunda, y la difusión de sus contenidos se dio en el contexto de una campaña propagandística que evadió el debate público”. Uno puede entender que ganar un Oscar implica chamba de tiempo completo. No basta el talento. Se requiere método, disciplina, dedicación. Una verdadera determinación personal muy celebrable y celebrada. Y recompensada. El problema es que en esa búsqueda personal al señor Cuarón le pasaron de noche décadas de debate público sobre la evolución legal y económica del sector energético de México. Un recuento imposible de hacer para analistas energéticos de ocasión o tuiteros. Específicamente, la reforma aprobada en diciembre se discutió, en vivo, por el Canal del Congreso, que son los medios que más aprecia el señor Cuarón, más que los impresos, y tuvieron acceso a ese debate quienes quisieron. El PRD no asistió porque no quiso y su actitud la convirtió mediáticamente en que no hubo debate. Quienes compran esa idea solo generan “desinformación”, como se lo dijo abiertamente el presidente Enrique Peña Nieto a León Krauze. El hecho es que en la página de la Presidencia ya le contestaron sus diez preguntitas a Cuarón, formuladas más desde la ingravidez de la irrealidad que desde la terrenalidad y universalidad de Gravity.

Lo mencioné líneas arriba: para bailar tango se necesitan dos. El señor Cuarón amaneció en uno de sus días y mandó su desplegado. Sin embargo, para contestarle e incorporar esa respuesta en la presentación misma de unas iniciativas que van a cambiar el perfil completo del país, los estrategas de Comunicación Social del gobierno deberían haber tenido dos dedos de frente. Es una vergüenza la manera como algunos funcionarios —por fortuna, no todos— sujetan acciones y decisiones a lo que las percepciones públicas les están dictando. Es una obscenidad y una irresponsabilidad.

Entiendo que no es sencillo, a partir de las tres reformas de artículos constitucionales y 21 artículos transitorios más las 21 iniciativas de leyes secundarias, concluir cuál es, por ejemplo, el punto temporal óptimo de cruce de las curvas de maximización de renta de las empresas con la de maximización de ingresos del Estado. Es complicado. Tan complicado y lastimosamente menos vistoso que hacer una película. Pero hay cosas que hacer para la historia, la gran historia, en la que el señor Alfonso Cuarón no estará en el índice de nombres y México sí. Algunos funcionarios del gobierno, agachones con famas coyunturales, deberían ser más conscientes de eso.

valencia.juangabriel@gmail.com