Sin coincidencias

Una más del PRD

Esta vez la pretensión es frenar la discusión y entrada en vigor de un conjunto de leyes secundarias que harían realidad reformas constitucionales de las que no quieren tomar conciencia que ya fueron aprobadas en ambas cámaras con mayorías calificadas.

A la hora de escribir estas líneas el PRD había anunciado que se retiraba de la discusión de la reforma energética por un enésimo pretexto procedimental. Hasta en eso están equivocados, porque uno no se puede levantar de un sitio en el que nunca ha estado. Esa es la historia del Partido de la Revolución Democrática desde su fundación en todos aquellos temas a los que ellos mismos se refieren como de trascendencia nacional. Andan por la vida bajo protesta.

Esta vez la pretensión es frenar la discusión y entrada en vigor de un conjunto de leyes secundarias que harían realidad reformas constitucionales de las que no quieren tomar conciencia que ya fueron aprobadas en ambas cámaras con mayorías calificadas. Es entendible y respetable que no estén de acuerdo. Es su privilegio y el ejercicio de su libertad. Lo que no es válido es obstruir el curso legal que manda la Constitución en términos de los plazos y contenidos de su aplicación.

El PRD se quejaba todavía hace poco de que, según su interpretación, las iniciativas secundarias en telecomunicaciones eran contrarias a las reformas constitucionales en el tema. Eso es exactamente lo que están tratado de hacer en el caso de las de energía; usar las leyes secundarias para anular de facto las reformas aprobadas el pasado diciembre.

Cabe recordar que quienes ahora declaran que el debate en torno a la materia ha sido insuficiente, en la discusión de las reformas constitucionales de los artículos 25, 27, 28 y 21 transitorios se abstuvieron explícitamente de participar en el debate. Para ellos el tema ni siquiera se discute; ni se menciona. Es ahistórico, como algunos de ellos. Votaron en contra, en todo su derecho y a pesar de ello, más de dos tercios de la representación nacional decidió que debería ser norma constitucional la apertura energética sin privatización de activos propiedad de la nación y que en un corto plazo, sustanciadas esas modificaciones en leyes ordinarias, modificaran un eje fundamental del rumbo del país. Eso es lo que decidió la representación nacional.

Nada le excluye a esa representación de un error, pero existen cauces, procedimientos y plazos legales para que las naciones democráticas rectifiquen; en las izquierdas mexicanas eso no es regla ni parte de su cultura cívica. Así como López Obrador tomó como rehén a la ciudad durante dos meses postelectorales en 2006, las izquierdas tienen por reflejo intentar tomar cautivas a instituciones en las que son minoría y a la opacidad cuando son autoridad, como es el caso de la Ciudad de México.

El PRD se ha apropiado históricamente de una sana cultura liberal de izquierda y la ha pervertido al convertirla en una oligarquía de tribus y de políticos con una verdadera vocación de cleptócratas. Basta ver el tamaño del rubí del anillo de Dolores Padierna. Con razón Diego Fernández de Cevallos se preguntaba por el destino del dinero de las ligas.

¿Cuál es la prisa? Al parecer no es mayor cosa medio millón de empleos formales hacia 2018 y dos y medio millones más hacia 2023. Como la tasa de crecimiento económico está en auge no se requeriría un punto y medio adicional al crecimiento inercial anualmente derivado de la apertura del sector energético. Es insignificante el hecho de que sin reforma el país será dependiente de todas sus energías primarias dentro de tres años. Que Pemex haya disminuido su producción en un millón diario de barriles en los últimos diez años en opinión de algunos se podría compensar con otras exportaciones. Vaya uno a saber cuáles.

No se puede hacer política desde el resentimiento hacia la política y a los políticos. El futuro inmediato del país no puede seguir preso de quienes lo están mentalmente del pasado. La automarginación casuística y de contentillo en temas relevantes y de extraordinaria complejidad si no se acata lo que una minoría pretende imponer desvirtúa un sistema por esencia pluripartidista, reflejo de un país plural, heterogéneo, terriblemente desigual. Sin embargo, con frecuencia las izquierdas organizadas dan la impresión de querer arraigar en la conciencia pública, por default, la necesidad colectiva de que México avance hacia el bipartidismo. Los números electorales caminan en esa dirección y vuelven prescindibles a las izquierdas en el proceso político institucional.

No cabe duda de que la izquierda mexicana como voluntad política pero silenciosa es mejor que sus líderes, dirigentes y organizaciones.

 valencia.juangabriel@gmail.com