Sin coincidencias

Oficial: Ciudad de México

Se proclama la existencia formal de la Ciudad de México. Desaparece el Distrito Federal tal y como lo conocimos en la etapa postrevolucionaria. Como fenómeno sociológico fue todo, desde caja de resonancia de los grandes problemas nacionales hasta motivo de envidias y resentimientos provincianos, pasando por una ciudadanía originaria con arraigo y formación propia ninguneada por el arribismo y el oportunismo de la migración interna, rural y urbana.

Hubieron de pasar más de 50 años para que la Ciudad de México fuera gobernada por un nacido en el Distrito Federal. Esa fue la historia del ingeniero Pani hasta Manuel Camacho. Y no es hasta el siglo XXI cuando se tiene a dos defeños consecutivos al frente del Gobierno de la Capital: Marcelo Ebrard y Miguel Mancera. Es muy fácil decir ahora que el ex DF, hoy Ciudad de México, era y es la capital de todos los mexicanos. Nada más falso. El ánimo provincial de reparto del botín federal y el rencor hacia el "chilango" van de la mano del localismo panista a partir de los años 70, época a partir de la cual, por cierto, la capital del país empieza a convertirse en una ciudad de campesinos, válvula de escape a la incapacidad y a la invalidez de muchos estados de la Federación, especialmente los más atrasados.

Aun así, a pesar del empobrecimiento relativo de la Ciudad de México en las últimas cuatro décadas, los mejores indicadores siguen estando en esta ciudad: nivel de escolaridad, ingreso per cápita, conectividad, opciones de entretenimiento.

Lo que sigue es un misterio, dependerá en mucho de cómo se asuman a sí mismos los constituyentes que habrán de ser electos para formular la Carta Fundamental. Esa encomienda poco tiene que ver con ejercicios semejantes realizados en el pasado para las otras 31 entidades federativas del país. Se asemeja más a las interrogantes y contradicciones que supuso el Constituyente nacional de 1917: ¿proyecto social? ¿Programa de gobierno? ¿Cristalización de una transición política, violenta en 1917, pacífica en 2016? ¿Catálogo aspiracional, manual de funcionamiento de un Estado geográficamente circunscrito y dependiente? ¿Hoja de ruta y plan de vuelo? ¿Inventario de derechos de una ciudadanía singular en la historia y el futuro? ¿Una definición de vocación de ser e identidad, en términos productivos y marca de diferencia con las demás entidades?

Cien habrán de decir qué sí y qué no en respuesta a esas y otras preguntas.

El presidente Peña elegirá a seis de los 100 integrantes de ese Constituyente. Mancera, otros seis. La Cámara de Senadores a 14 más y la Cámara de Diputados hará lo propio. Sesenta serán electos por listas a propuestas de los partidos políticos. Desde su postulación se podrá perfilar el tipo de Constitución local que los capitalinos habrán de darse. No faltarán quienes desearían ver en ese Constituyente el espejo del crisol rico y a veces aberrante de una nación que moral y políticamente no acaba de despegar. Otros querrán el sello de la vanguardia de lo que sí puede ser mejor en México, país.

Han transcurrido siglos de discusión sobre el estatus desde Tenochtitlán hasta la Ciudad de México. El tema no está suficientemente discutido y lo que ese Constituyente debe reflejar es la visión propia que tengan de sí mismos y de su futuro los habitantes de la capital. Que de la visión nacional se ocupen los que ni siquiera a sí mismos se saben representantes de la nación.

valencia.juangabriel@gmail.com