Sin coincidencias

Se acaba el tiempo

No sé si cuando Enrique Peña Nieto tomó posesión entendió que se hacía cargo del futuro de México por 12 años. Los seis años de su mandato, los seis años de su sucesor.

Puso en manos de la Secretaría de Gobernación no solo las relaciones políticas entre poderes, sino la seguridad interior y nacional, un conjunto de funciones que de facto y disputas limítrofes administrativas habían correspondido a otras responsabilidades y competencias, muchas de ellas, necias. En la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, delegó la reforma financiera del país y la concepción de otras reformas cruciales como la energética y telecomunicaciones.

La seguridad interior, en términos cualitativos, no mejoró. Las cifras en comparación con el pasado eran decrecientes en cuanto a incidentes y víctimas. Para una opinión pública avara e ilusoria constituían el mismo estado de cosas del pasado. En el caso de Hacienda y Crédito Público, las tasas de crecimiento nacional, superiores a todas las de América Latina y de los países emergentes en el mundo, no alcanzaban las expectativas que el propio equipo de Peña creó durante la campaña y el tiempo de transición.

A tres años cinco meses de administración, México es un país políticamente estable, más seguro, distinto y mejor en términos de oportunidad de inversión privada, con un sistema educativo distinto y en proceso de movilización, con una agricultura productiva y competitiva, con una de las más sobresalientes industrias manufactureras del mundo.

México no cumple con las expectativas de los mexicanos. Eso es un hecho. El país está harto de la historia inercial de un país abundante y discapacitado, por producción, por ausencia de talento de la élite gobernante, localismos, un pasado de siglos donde el mañana lo marca la oportunidad de ahora y la nefasta experiencia de un pasado objeto de engrandecimiento del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y de las izquierdas nacionalistas de una nación que nunca ha existido, de un socialismo incipiente de una sociedad como unidad de análisis inexistente y de una democracia en la que la conformidad legal es solo fachada del despotismo individual y colectivo más flagrante.

El 2018 ya empezó. El gobierno lo niega, en observancia de grillas antiguas que no convienen a los tiempos del futuro y de la derrota eventual, de esa estabilidad y gobernabilidad en las que el cálculo racional de la subversión del orden establecido se vuelve confuso en cuanto a las pérdidas y ganancias del cambio de las circunstancias y de las condiciones imperantes. El PRI está firme en su segmento duro, aunque el periodismo que se cubre las espaldas pronostique que López Obrador es el ganador de la elección presidencial. No se sostiene analítica ni históricamente. A menos que Enrique Peña renuncie a sus 12 años de mandato real, el suyo, y el del que lo suceda.

Peña Nieto ya no tiene compromisos que cumplimentar. Es su tiempo. Ya no debe nada a nadie. La cadena de negocios ya resolvió en números las deudas del pasado. Es la hora de afirmar, reafirmar, inventar o hacer una candidatura en la que México, esa palabra demagógica y hasta odiosa, corresponda al diseño intelectual de un Presidente de la República que se asuma como tal ante la historia. Cambiar al partido, criticarse a sí mismo y asumirse en sus limitaciones y miserias es la tarea de EPN por tres años. Para ser exactos dos o menos.

valencia.juangabriel@gmail.com