Sin coincidencias

Maestros: resistencia al cambio social

Resultado de su vasto conocimiento internacional e histórico, decía Daniel Patrick Moynihan que “la verdad conservadora fundamental es que es la cultura, no la política la que determina el éxito de una sociedad. La verdad liberal fundamental es que es la política la que puede cambiar la cultura y salvarla de sí misma”. Como anillo al dedo para el conflicto magisterial y para la actuación que debería seguir del gobierno mexicano.

Puesto de otra forma. Si el día de mañana, por arte de magia o un inesperado arranque de sensatez las secciones disidentes del magisterio aceptaran la realización de las pruebas de evaluación docente, el control del escalafón y de la vigilancia educativos por parte de la autoridad y, en general, las previsiones contempladas en la reforma educativa, ¿el conflicto habría llegado a su fin? Claro que no. La reforma educativa aprobada en diciembre de 2012 no es más que una causa adicional a un conflicto cultural de resistencia al cambio social que a velocidades y ubicación geográfica ha experimentado el país en los últimos 50 años. No había ningún planteamiento de reforma educativa como la actual cuando en 1979 ya había nacido la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en Chiapas y poco después en Guerrero, Michoacán y en forma destacada en Oaxaca, intersección de conjuntos sociales de rechazo al sindicalismo nacional, guerrillas de los años 70 y culturas comunitarias, nunca originarias por imposibilidades históricas, pero erigidas sobre estructuras, principios y valores superpuestos que entrelazan imaginarios pasados perennes con herramientas e instrumentos propios de la modernidad. Así, las autollamadas autoridad y sabiduría ancestrales se apropiaron ilegalmente de poderes y privilegios ilegítimos, pero legales de organizaciones emanadas y funcionales a un país corporativo que no existe más o que por decisión del Estado moderno está en la cárcel, en la persona y en la metáfora de ese mundo en vías de extinción que es Elba Esther Gordillo.

No son herramientas educativas ni la mala retórica reyesheroliana del secretario de Educación las que habrán de resolver la reanudación de la educación en Oaxaca y la normalidad de su impartición. Después de dos años de secretario de Gobernación, Chuayffet no aprendió. Los conflictos reales de una sociedad no se resuelven,  se encauzan y ese cauce no necesariamente se tiene que dar dentro de las coordenadas y en el ámbito concreto de la parte que desafía al Estado.

La respuesta al conflicto educativo de hoy implica mucho más que echar mano del andamiaje jurídico de la reforma. Supone hacer uso de la política en su espectro amplio de recursos: contener y reprimir de manera prolongada y concertada, en un proceso de baja intensidad, la resistencia comunal al cambio social y los particularismos que prevalecen entre sus liderazgos y seguidores, que en número son los menos, si las políticas del Estado mexicano de atención a la pobreza, de seguridad social, de agricultura, de salud, de infraestructura y de seguridad pública se aplican en forma coordinada y sostenida, con un diseño que no le tiemble la mano. Ante el conflicto, es hora de la política y del cambio cultural en sentido amplio, no de la SEP y sus dudas jurídicas.

 

valencia.juangabriel@gmail.com