Sin coincidencias

Incredulidad, desconfianza e insinuación

Lo de Aristegui puede ser anecdótico. También, de fondo, podría ser un botón de muestra. El gobierno no ha podido establecer una agenda política que ponga en el centro de la opinión pública las decisiones del Estado y de los grandes problemas nacionales.

Hoy el tema es que una locutora dice que no regresa a trabajar porque el poder obligó a su empresa a echarla. Sin pruebas, pero verosímil, que no veraz. Es distinto. En medio, la Convención Bancaria en un momento crítico para el bienestar de los mexicanos y en un horizonte de no más de dos o tres años para la estabilidad política del país.

Comunicar es acto de buen gobierno. No son sinónimos. Gobernar supone comunicar. Comunicar o dejar de hacerlo no reemplaza a gobernar. No entender eso es la razón que tiene a Aristegui en el ojo del huracán mientras encarece el valor de su contrato con su próximo empleador. Esa es la paradoja de la libertad de este régimen que ella dice defender.

La agenda gubernamental de inicio era una sólida construcción. Sin violencia discursiva daba por sentado la petrificación de un proyecto conservador y retrógrado, obstáculo para el crecimiento y la desigualdad de la sociedad mexicana. Era educación, empleo, inversión, productividad, competitividad. Eran valores y principios de transparencia y probidad en el ejercicio de la función pública. Era un mundo de mercado con trabajadores formales y creciente universo de consumidores. Era un México diferente, radicalmente distinto y mejor al discurso de predecesores sexenios priistas y panistas. Y surgieron faltas evidentes de gobernabilidad,  las biografías confusas y aún no suficientemente explicadas de personas y fortunas y la agenda nacional se fue al demonio. En pleno éxito reformista del presidente Peña Nieto, el primero de julio de 2014, para cualquier persona con dos dedos de frente, el discurso del México no violento e impune se vino abajo con el comunicado de prensa de la Secretaría de la Defensa encubriendo como enfrentamiento lo que fue un ajusticiamiento en Tlatlaya. Lo que hizo Esquire después fue confirmar el descubrimiento del agua tibia. Lo demás, como diría Obregón, son consecuencias.

Han dicho el presidente Peña y el secretario de Hacienda que hay incredulidad y desconfianza. Es parcialmente cierto. Es parcial. No es un fenómeno de opinión pública pasajero y volátil. La incredulidad y la desconfianza del mexicano promedio tienen sus cimientos en siglos de hispanidad y criollismo en sus facetas abyectas de corrupción y engaño. En esos cimientos se erigen las expresiones contemporáneas de insinuación, sin prueba plena, como sinónimo de verdad, como la Aristegui, que abusa de verbos como suponer, parecer, creer. Ante eso, el mexicano promedio prefiere el cinismo que pasar por ingenuo.

El gobierno ha sido incapaz, no de realizaciones, sino de sembrar convicciones. Sin principios ni convicciones es imposible erradicar una cultura política arraigada y no solo una opinión pública pasajera de incredulidad y desconfianza. Eso está en las bases. Y no se está haciendo nada. Pregunto qué hacen en sus cargos un secretario de Educación incompetente para aplicar su propia reforma o el secretario de Comunicaciones y Transportes que defendió a capa y espada una licitación que por instrucciones verbales revocó.

La credibilidad y la confianza de la cultura política mexicana se construyen a partir de los cimientos.

 

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