Sin coincidencias

Inconducente

Las condiciones que presenta el siglo XXI mexicano son las de que más temprano que tarde habrá severos castigos administrativos y penales a la delincuencia pública y a la estupidez administrativa. El país no puede escapar a su entorno internacional que así funciona. De ahí lo preocupante de la secuencia previa y las decisiones adoptadas a lo largo de esta semana.

No se trata de dilucidar si hubo conflicto de intereses en la adquisición de bienes inmuebles de la familia presidencial y de uno de sus más cercanos colaboradores. El derecho público vigente no da para sanciones mayores. Menos aún contra una señora que ni siquiera ha sido ni es servidora pública. En torno al nombramiento de Virgilio Andrade se ha creado un falso debate sobre si investigará y después inculpará o exonerará a los funcionarios y a la señora que el presidente de la República le instruyó a su subordinado investigar, incluido el primer mandatario. Si los exonera, los mediócratas, adversarios y enemigos se celebrarán con el “se los dije”. In extremis, si los inculpa, no hay consecuencia legal. No puede haberla.

Si Peña Nieto en vez de Virgilio Andrade hubiera nombrado a Gandhi o a un ex fiscal de Núremberg, la reacción habría sido la misma. Eso es lo preocupante de las decisiones del Presidente, que trata de resolver mediáticamente, en función de imagen, lo que políticamente depende no de su imagen, sino de sus resultados y de su gobierno.

El tema de la pérdida de legitimidad, confianza, credibilidad en torno a las casas es irreparable. Y si no tiene reparación, tampoco tiene solución y por tanto no es problema. Piensen antes de actuar como políticos mexiquenses. México es una potencia mundial, no es Toluca. El tema de las casa para efectos de opinión pública, con muchas variantes, es cosa juzgada.

Lo preocupante es de fondo. El proceso de toma de decisiones en la Presidencia de la República. Y no hablo del Presidente en lo personal. Ningún presidente actúa solo. Siempre hay quienes les hablan, les escriben, son consultados, les aconsejan de motu proprio, les acercan información, les hacen ver costos-beneficios de tal o cual decisión, les recuerdan favores y agravios del pasado, les intentan hacer ver cuál es el mejor interés nacional. Eso del solitario de Palacio es un mito, no genial sino bastante imbécil.

Por eso preocupa la toma de decisiones de los últimos cinco meses. La tardía intervención y políticamente insuficiente del caso Iguala, el fallido encubrimiento de Tlatlaya, la adjudicación y revocación del Tren México-Querétaro, la aparición en YouTube de la primera dama en un fracasado intento de explicación (fracaso no atribuible a ella, sino a la elección de la persona, de la línea argumentativa, del medio, de la producción del propio mensaje, del fondo del tema que era la legitimidad de la Presidencia y no de la legal propiedad de una casa de su esposa. No entendieron nada en su confusión de lo público y de lo privado). Y síganle. Ahora, reviven a una institución muerta para investigar algo cuya conclusión va a dejar a todos, seguidores y adversarios, más insatisfechos que ahora.

¿Quién diablos o quiénes han aconsejado este curso decisorio? No quiero volver a ver al Presidente de México, en televisión, acomodando la Bandera y el mobiliario en un templete.

 

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