Sin coincidencias

"Hit" y error

Un rasgo admirable de la cultura política de los Estados Unidos de América es que su deporte nacional, el más popular, sea el beisbol. Dije de la cultura política. Contabiliza el resultado final, los aciertos y los errores. No es solo quién ganó, sino también cuántos hits hubo y cuántos errores. En menor medida, pero en esa misma línea, está el futbol americano y la avalancha estadística que gira en torno de ese deporte. No es solo quién ganó. También cuentan el número de balones sueltos, pases interceptados, faltas en la línea que significaron pérdidas de yardas. Todo cuantificable. Con responsables, en menor grado de responsabilidad, sin excusa de quiénes los alinearon. No se trata solo de aciertos del adversario, sino de impericia personal,  falta de cálculo y de reflexión a todos los niveles de quienes dirigen y organizan un equipo. A los americanos les gusta hacer el recuento de sus equivocaciones. Es difícil saber si eso influye en que sean la primera potencia del mundo, militar, política, económica, intelectual. Tal vez eso influya en la naturaleza de su entretenimiento, como es el béisbol y el futbol americano. Una opinión pública exigente y empresas beisboleras y futboleras que rinden cuentas y que con autocrítica se mantienen  en el negocio, no únicamente del entretenimiento, sino al frente del gobierno del país que marca el rumbo del destino del planeta.

Sería bueno que en México se fomentara la afición al beisbol, más en estos días de confusión, frío y bruma.

Termina —quiero pensar que termina— uno de los trimestres más sombríos de los últimos 20 años. Deplorable, porque en términos políticos este trimestre estuvo precedido de los 18 meses más creativos y lúcidos de los últimos 50 o 75 años de la historia de México. De ese tamaño es la grandeza y es el desperdicio y el tiradero. Iguala, la casa, la otra casa, la revocación del tren, el ataque a Palacio Nacional, el desgobierno en Guerrero, el habituarnos al bloqueo de autopistas federales sin que la autoridad intervenga, a batallas entre grupos de fuerzas rurales con el saldo de 11 muertos sin que sus líderes, conocidos y confesos estén presos.

Se nos receta en el curso de esta semana el mensaje de que hay actores resistentes a la pérdida de privilegios ante las reformas. Ese es un discurso para Díaz Ordaz o Luis Echeverría. Han pasado dos generaciones, no se pueden hacer discursos de ese tipo, cuando a todo discurso, en su forma y contenido, corresponde una conducta. Denunciar al adversario, sin nombrarlo, es la lógica política de hace 50 años. No se puede abusar de los usos y costumbres de una clase política congelada en el tiempo. Es inadmisible.

Lo que ha pasado en este trimestre horrible es resultado de muchos, muchos errores. Y no se sientan aludidos en lo personal. La política no es personal, es colectiva y estos provincianos de ahora no lo han entendido. Y no es sexenal, es ancestral. Ayotzinapa es una anomalía histórica. Hay que leer un poco. Si el sistema, en su conjunto, hubiera sido eficaz, Abarca y su cónyuge criminal no habrían ocupado la presidencia municipal de Iguala, ni las componendas políticas de coyuntura hubieran permitido que un caso patológico como el de Ángel Aguirre, ocupara la gubernatura de Guerrero; ni que algún genio de la Presidencia de la República se le ocurriera que Angélica Rivera explicara o quisiera tratar de explicar lo que era una imputación directa contra el gobierno y no contra la primera dama. O que la licitación, adjudicación y revocación de un contrato por 5 mil millones de dólares quedara sin explicación porque la opinión pública mexicana vale madres. Si hubo errores en ese proceso, reconózcanlos. Si no hubo errores, peor. México vive en una locura de arbitrariedad y el responsable, Gerardo Ruiz Esparza, sigue enriqueciéndose de nuestros impuestos, desde Alfredo del Mazo hasta nuestros días.

Si no hay conciencia de que los adversarios son poderosos y que se han cometido errores, los adversarios serán más poderosos.

Se pusieron a jugar un deporte que no reconoce estadísticamente ni aciertos ni errores. Ahí se va y recurramos a la riqueza y al olvido. Falta mucho tiempo. Desde el provincialismo que aparentemente es el lenguaje y el contenido, ojalá la llegada del Niño Jesús y el Padre Nuestro les ayude a pensar en un firme propósito de enmienda, independientemente de la resistencia de los privilegiados a las reformas, el gran acierto de este y de muchos sexenios. Pero contabilicemos errores.  

valencia.juangabriel@gmail.com