Sin coincidencias

Guerra interna

El encuadre discursivo de los acontecimientos históricos por parte de los voceros oficiales facilita o, en su caso, dificulta ponerlos en la justa perspectiva de la opinión pública. La descripción de los hechos está en los medios; su explicación se encuentra e intenta encontrarse para la ciudadanía y para la propia autoridad, que a su vez busca una explicación en lo que presuntamente está explicando, en su discurso oficial. En ocasiones las versiones gubernamentales logran la dominancia mediática. En otras, no lo consiguen y las guerras se pierden no solo en el discurso, sino en el terreno. Lo anterior es particularmente cierto respecto de lo sucedido la madrugada del 30 de septiembre a la entrada de Culiacán.

Diecisiete militares trasladaban a un delincuente herido en un enfrentamiento momentos antes en Badiraguato. A la entrada de la capital del estado fueron emboscados. Murieron cinco de los 17, ocho resultaron heridos. Dos Hummers blindadas del Ejército, totalmente destruidas. No hay reporte de bajas en el bando agresor.

A principio de los años 70 comenzó la Operación Cóndor, precisamente en Badiraguato. Durante cuatro décadas el Ejército ha acumulado experiencia sobre operaciones en la zona. Cambian los nombres de los actores, el objeto sigue siendo el mismo. La emboscada del viernes 30 no es un hecho aislado. El calificativo de cobarde o no cobarde es impertinente para el juicio de un ataque de fuerzas de facto insurgentes enfrentadas históricamente a las Fuerzas Armadas. La solidaridad con las bajas militares no excluye ni cancela la posibilidad del juicio crítico y el reconocimiento de que el Ejército sufrió una derrota ante la superioridad táctica, estratégica, armamentística, territorial, comunicacional y de capacidad de liderazgo en el terreno. No se trató de un episodio delincuencial aislado ajeno a un proceso de más de 40 años.

Ha habido quejas justificadas en relación a la escasa solidaridad mostrada por la opinión pública con las víctimas militares del ataque. Es cierto. Desde los años 70 por lo menos, para un amplio número de la población, las acciones de las Fuerzas Armadas, en el mejor de los casos, son un mal necesario y no un motivo de reconocimiento y prestigio personal y social. Ese enfoque se agudizó a partir de 1968, la guerra sucia en Guerrero, la Operación Cóndor en el noroeste del país. Ese enfoque, repito, tampoco puede corregirse si los mandos civiles y militares insisten en sembrar la idea de que los hechos de violencia en contra de la Fuerzas Armadas son situaciones esporádicas de delincuentes desquiciados y no son parte de un proceso histórico de contrainsurgencia realizado por el Estado mexicano en defensa de sus instituciones, de sus leyes, de la estabilidad política y de la seguridad colectiva y personal. En diversas regiones de México se ha vivido durante décadas una guerra interna oficialmente negada.

Ser solidarios con la tropa implica ser exigentes y críticos con sus mandos, con su inteligencia y capacidad operativa. Ojalá que el Ejército no se dé por satisfecho con su propio discurso.

valencia.juangabriel@gmail.com