Sin coincidencias

Enérgicos mítines

Por ahí se pueden ver bardas y mantas que rezan “Si el petróleo es de todos, que nos pregunten a todos”. Firma el PRD. Tiene toda la razón en su exigencia; es extemporánea. El cuestionario junto con la pregunta circuló a toda la ciudadanía, toda, el primer domingo de julio de 2012. Unos optaron por no responder. 40 por ciento del total del padrón optó porque otros decidieran el contenido y el rumbo del interés nacional. Eran y son libres de hacerlo. Fue su decisión. El 60 por ciento restante respondió y determinó la integración y composición del Congreso, facultado entre otras cosas para mantener o cambiar principios fundamentales del Estado mexicano, de su quehacer diario, de sus tareas operativas directas o de sus funciones solo regulatorias de las actividades de los particulares y de sus debidas garantías a ellos.

Era muy claro en la campaña electoral de 2012 que la plataforma del PRI era la de una opción aperturista en todos los sentidos e incrementalista en materia de crecimiento económico, lo que el PAN y sus dos presidencias no podían presumir con alguna credibilidad. Hecho gobierno, el PRI confirmó esa tendencia. Por eso, desde marzo, durante su Asamblea Nacional, eliminó de su Programa de Acción todos los obstáculos estatutarios para la apertura del sector energético y para que Pemex pasara a ser una empresa pública, lo que no es en el presente, ente signado por una estructural incapacidad financiera, técnica, ineficiente y deficitaria en transparencia y probidad. No se trataba entonces ni ahora de privatizar y mucho menos aniquilar lo que debería ser una empresa pública —que, insisto, no lo es ni jurídica ni económicamente en el presente—, sino que se transformara en una empresa, pública por su origen y por decisión actual del Estado mexicano, capaz de competir con ventaja en lo que hace y sabe hacer. Se ha dicho hasta el cansancio con pruebas documentales y datos duros, pero hay que repetirlo: Pemex no puede solo ni puede todo, al igual que cualquier empresa petrolera del mundo.

Uno de los problemas históricos del PRD es el desprecio de sus legisladores a la representación política, a su función y a sí mismos. Es muy sencillo: si no son factor decisorio y fiel de la balanza de una situación, —varias veces lo han sido sin darse cuenta—, denuncian la ausencia de condiciones para llegar a acuerdos, apelan a la movilización social y se suman a “su pueblo”, el mismo que los eligió para que fueran legisladores y no organizadores de mítines, calumniadores, profesionales de la difamación, falsarios.

Respecto de la reforma energética afirman que no hay condiciones para debatirla, entendiendo la ausencia de condiciones desde hace 20 años y en los próximos 20 más en que no estén de acuerdo. Rechazan la privatización de Pemex. No han leído las iniciativas. La llave de la viabilidad de Pemex como empresa pública y mexicana está, por igual, en las iniciativas de reforma del PRI y del PAN. ¿Se pierde la rectoría del Estado en este terreno? Al contrario, se fortalece con el aumento de atribuciones, funciones y recursos de los órganos regulatorios. Para un discurso hueco y circular nunca habrá condiciones para que prevalezca algo distinto a la ideología, que es el ámbito de la creencia. En ese ámbito, cualquier discusión entre un creyente que esgrime sus creencias frente a un ser racional que presente un argumento, invariablemente el derrotado en la discusión será el de la línea argumentativa. La creencia en sí misma, así sea la resurrección de los muertos, es contraria a la razón y remite a otras esferas cognoscitivas.

En defensa de sus supuestas razones, el hijo del general, dando por descontada su derrota en la arena legislativa, le llama el voto de la ignominia y llama a la consulta para revocar la reforma constitucional en 2015. ¿Nacionalismo? El general no nacionalizó nada. El petróleo y los recursos del subsuelo eran dominio originario de la nación y seguirán siéndolo desde la Constitución de 1917. En 1938 se expropiaron unos fierros, se asumió una enorme deuda para el Estado mexicano y se pusieron las bases de un monopolio cuyas posibilidades productivas, en esas condiciones, están condenadas al agotamiento a corto plazo.

La consulta por la que estarán mañana reuniéndose en el Zócalo de la Ciudad no tiene el menor destino. Necesitarían 28 millones de votos de participación en 2015. Una cifra imposible de alcanzar y si llegaran a ella, requerirían 15 millones en contra de las reformas. Es, en jerga mexicana, el petate del muerto.