Sin coincidencias

Dios lo hace y…

Una cínica sonrisita al inicio de una conferencia de prensa deja inconcluso el término de un episodio vergonzoso y de oprobio para este gobierno. Porque no es del personaje; es del gobierno.

La trama del caso David Korenfeld es la quintaesencia de los problemas de la administración de Enrique Peña Nieto desde noviembre del año pasado. Es la muestra ejemplar del ways and means of the mexiquenses rich and famous.

En todos los países del mundo los atributos que valora la población gobernada no tienen la misma jerarquía que aquellos por los que se evalúan a sí mismos los integrantes de la clase gobernante. Eso no se ha entendido en este gobierno, inmerso no solo en una transición democrática firme, sino también en una transformación demográfica y cultural, a pesar de altibajos. Ya no es el tiempo de aquellos mexicanos, mejores o peores que nosotros, del alemanismo, por ejemplo, que hablaban de que habían robado mucho, pero habían hecho mucho. Era la justipreciación de la eficacia colectiva, a cualquier precio. No es así ahora, son dos generaciones después. La palabra ética en la historia de México empieza a cobrar sentido.

El contenido del mensaje de renuncia de David Korenfeld a la Conagua no tiene desperdicio. Si Nikito Nipongo viviera, en vez de un artículo de sus “Perlas Japonesas”, transcribiría simplemente los cuatro minutos y medio en los que Korenfeld nos perdonó la vida a todos los mexicanos al hacer el anuncio de su renuncia.

Abrió presumiendo su amistad con el Presidente, su gratitud a la República y al país. En ese orden. En medio del escándalo público que ocasionó su renuncia, le restregó a la opinión pública la que según él es su amistad con el presidente Peña. Eso no es amistad, eso es traición. Tiene un componente de verdad, sin embargo, porque sin Enrique Peña Nieto, Korenfeld simplemente no existe.

En su mensaje se asume como hombre de Estado con todo y el desvío de recursos públicos y la presunción de delito. Habla de su legado (sic). Reconoce sus equivocaciones sin entender que implica violaciones a la Ley de Responsabilidades de los Servidores Públicos. Se elogia por su valentía en reconocer esas equivocaciones, cuando el reconocimiento de ellas emergió de la divulgación de sus faltas y que solo entonces dieron lugar a que intentara armar una mentira, verdadera patraña para engañar a millones, suponiendo lo que la clase política mexiquense piensa, que los mexicanos, que no es lo mismo, somos unos imbéciles.

Tardaron 10 días en saber qué hacer. Diez días de gobierno en tiempos aciagos de los que no se puede responsabilizar directamente a los funcionarios del gobierno, pero que obligan a sobriedad, austeridad y firmeza y que no hacen aconsejable llegar en ocho minutos al Aeropuerto de la Ciudad de México, en vez de perder una hora de Huixquilucan a ese punto; porque time is money; me duele la rodilla; hacer el trayecto por el Periférico y el Viaducto, por tierra, como, dirían en su círculo, es de proles.

Pensar es difícil y toma tiempo. Pero el actual gobierno tiene que pensar e identificar cómo hacer suyos los problemas de la gente común y comunicarlo. Su imagen, discurso y actuación no acreditan que estén pensando, hasta por el beneficio propio. Si Korenfeld no acaba con una sanción administrativa o penal ejemplar, es síntoma de que no han entendido nada de los tiempos actuales, de México y del mundo.

P.D.

¿Y Ruiz Esparza?

 

valencia.juangabriel@gmail.com