Sin coincidencias

Democratizar el desprestigio

En eso está inmerso el país, en democratizar el desprestigio, la mala reputación; en unificar a la ciudadanía a través del hastío que es este, no cualquier otro, este proceso electoral (mucha suerte para el gobierno federal que coincida con el asunto OHL, junto al cual lo de las casas es un juego de niños).

Para el Congreso federal, Congresos locales y Asamblea del Distrito Federal, antes que nada habría que preguntarles para qué quieren ser electos, para hacer qué. No saben ni tienen la menor idea de que al convertirse en diputados o asambleístas no son representantes del distrito que los eligió. La votación distrital es solo un método, como podría haber muchos otros, para elegir al representante de un conjunto territorial y poblacional más amplio que el propio distrito. Por eso, y no lo digo yo, por eso los diputados —y los senadores también, aunque les pese— son representantes de la Nación, de acuerdo a la Constitución. Por eso no hay propuestas; no puede haberlas. Buscan ser integrantes de un ente colectivo, multipartidario, que sujeta las convicciones y objetivos individuales de sus miembros al vector prevaleciente dentro de su grupo parlamentario y a la resultante decisoria y mayoritaria de la decisión plural que al final de un proceso legislativo adopte su Congreso.

El desprestigio no solo alcanza a los políticos que no saben qué quieren con tal de ser electos. El proceso tampoco habla bien de votantes que en su mayoría tampoco saben para qué votan, qué esperan de sus elegidos, con apego a sus atribuciones legales y mucho menos entienden que contraen un compromiso y una responsabilidad por los actos de aquél o aquellos por quienes votaron con la legitimidad y el acuerdo con el mecanismo al que recurren, la elección, y con el veredicto mayoritario que de él surja.

Los cargos ejecutivos sujetos a elección popular no escapan a la desconfianza social. Promesas falsas y descabelladas; caras vemos y biografías a detalle no sabemos; contrastación de verdades ominosas y calumnias. Incomprensión tanto de los propios candidatos como de los electores de que hay un sinfín de lealtades cruzadas de los presuntos gobernantes locales como para entender que no es lo mejor de una sociedad quienes se encuentran en la competencia, sino que es lo que hay, en función de la interrelación concreta y temporalmente específica de partidos, candidatos y ciudadanía. Y si nos vamos a los independientes peor. Por más que Castañeda defienda en abstracto las candidaturas independientes, no es lo mismo Jorge Castañeda que Jaime Rodríguez, El Bronco, quien no quiere gobernar Nuevo León; quiere ser gobernador de ese estado, que es distinto.

De los consejeros del INE ni hablar; su desprestigio intelectual y moral es progresivo y exponencial. No deja de ser bueno, sin embargo, que no dejan pasar oportunidad de ponerse en evidencia, con ignorancia y cinismo como es el caso Ebrard y su disputa, a largo plazo perdida, con quienes sí tienen capacidad jurisdiccional, los integrantes del Tribunal Electoral, y no los burócratas de angora del INE.

Desprestigio para una ley federal que aplica para este proceso y que es un canon de estupideces sujetas a interpretación y de hipocresías coyunturalmente aprobadas por partidos políticos que pensaron, mal, que en coyuntura podrían beneficiarlos.

Qué bueno que aflore todo para que no haya desencanto ni falsas ilusiones.

 

valencia.juangabriel@gmail.com