Sin coincidencias

Comunicación social de Estado

Repetir el éxito es necedad, negación de la realidad, carencia de autocrítica, vocación de fracaso. Desde el gobierno del Estado de México existían los elementos locales y las condiciones políticas nacionales para lograr una candidatura presidencial exitosa. Eran muchos los recursos. Dinero, un Presidente de la República, panista, que comunicacionalmente regalaba a diario miles de muertos; una esposa que aportaba ratings hasta en china, una generación de gobernadores priistas creada desde el Estado de México que garantizaba el apoyo del PRI nacional, una trama de intereses empresariales que, además de lucrar con el estado más importante de la República, se parapetaba en Peña del riesgo más grave para el país, que era López Obrador. Una clase media cada vez más frágil, nostálgica de un sistema político priista relativamente benefactor. Un esquema de medios de comunicación, hiperconcentrado, que advertía garantías y continuidades en medio de expectativas anárquicas e insurreccionales al sistema político y social. No fue solo la cartera. Fue el talento para usarla, de acuerdo a las circunstancias prevalecientes. Fue un fenómeno comunicacional extraordinariamente ideado y planteado. Eso es política. Las circunstancias han cambiado y, por tanto, aquello a comunicar debe ser diferente.

Han transcurrido cinco meses, casi seis del desastre comunicacional. En ese lapso han fallado desde la construcción del mensaje, pasando por la perniciosa y obscena “operación de medios” por parte del gobierno hasta la presentación del mensaje y la imagen gubernamental a la opinión pública. En este caso sí “fue el Estado” el que gastó miles de millones en retrasos de respuesta, en construcción de mensaje, en operación mediática, en presentación de imagen. Fue el Estado, ignorante de que en 2015 del siglo XXI, todo el proceso de comunicación es parte del acto de gobierno y, por supuesto, de su eficacia.

Ya se fue ayer de la administración pública David López, el “operador de medios”. Se queda el vocero, Eduardo Sánchez. No hay operador de medios, el vocero no es más que un personaje telegénico carente de estructura intelectual y argumento. No hay mensaje porque no hay constructores del mismo; no hay transmisores permanentes o extraordinarios que anticipen la pertinencia, importancia y relevancia del acto de gobierno. Los días recientes lo demuestran.

No hubo fuente gubernamental que adelantara y preparara a la opinión pública para la excepcionalidad de la visita de Estado de Peña Nieto a Reino Unido; el Presidente de la República tardó dos días en reaccionar a la captura del Z42; el Presidente de México, lo primero que hace a su regreso al país es irse a un acto a Metepec, Estado de México, a un evento populista, electorero y roñoso de agricultura.

El ex gobernador del Estado de México no entendió que es Presidente de la República y que la comunicación es un acto de Estado, no parroquial ni electorero. Los cambios en comunicación social de la Presidencia de la República son sustituciones de primer nivel, de Estado. Desde la construcción del mensaje hasta su presentación a la opinión pública. Si en materia sustantiva de políticas públicas ya no son capaces de relanzar algo creíble, hagan algo, por lo menos, en materia de comunicación social que le cubra las espaldas, no solo a ellos, sino a un destino cada vez más arriesgado, al país.

 

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