Sin coincidencias

Celebrar el 18 de marzo

La escena no podría ser más ilustrativa: el PRD en la Cámara de Diputados decora la tribuna del recinto con flores y moños negros y el rostro del general Cárdenas como si se tratara de su entierro.

No podría ser más ilustrativa de que no solo no entienden el presente mexicano, sino de que tampoco comprendieron ni se informaron de la historia.

El despliegue de su pantomima viene a concluir la discusión de los dictámenes legislativos relacionados con la reforma energética. La apertura del mercado mexicano del petróleo y el fin de los monopolios en los ramos de los que se ocupan Pemex y CFE.

El cierre del mercado energético mexicano a la inversión privada, nacional o extranjera —para el caso—, fue una decisión inercial, emergente, sin diseño en la materia. No basta que sea obvio y sabido para dejar de insistir en la esencia de la decisión del 18 de marzo de 1938: en un México soberano rige y seguirá rigiendo el derecho mexicano. Ésa es una idea mucho más heroica que las falsedades atávicas de nuestras izquierdas.

El desacato al laudo laboral de la Suprema Corte de Justicia de la Nación por parte de las empresas petroleras fue el detonador de una decisión que en términos adjetivos derivó en la expropiación de algunas empresas, que no del petróleo, propiedad de la nación desde la Constitución de 1917.

Lo importante del 18 de marzo de 1938, lo sustantivo, fue hacer valer la resolución de la Corte, última instancia judicial de aquel y de este Estado Soberano. Lo adjetivo eran los fierros de Shell o Standard Oil. Lo fácil fue asumir una línea de conducción en política petrolera montados en la Segunda Guerra Mundial y convertir al monopolio en un hecho consumado, nunca un modelo de desarrollo energético a largo plazo, nunca una decisión visionaria. Fue un arreglo institucional de un Estado comodino, resistente a hacer, desde entonces hasta ahora, una reforma fiscal en serio.

La reforma energética de ahora no significa un cambio de modelo sino la implantación de uno, en ausencia durante 76 años de otro. De ese tamaño es la diferencia y la importancia de lo que hoy está en curso.

No se entiende a nuestras izquierdas. Sostienen que el gobierno pretende desaparecer a Pemex y a CFE y, al mismo tiempo, objetan que el gobierno federal convierta en deuda soberana hasta 30 por ciento del pasivo laboral de las ya por norma constitucional empresas productivas del Estado. ¿Para qué demonios habrían de sanearse financieramente a ambas entidades, lo que las fortalece y hace más viables, si lo que se quiere es aniquilarlas? Si, como algunos han afirmado, de lo que se trata es de construir el camino de su bursatilización, pues tanto mejor para el propietario en aumentar el capital de su empresa. Y el propietario, en el marco de la reforma actual, es el gobierno mexicano. No se entiende que berreen en la tribuna que Pemex es del pueblo mexicano y al mismo tiempo se censure la decisión de absorber parte de su pasivo. ¿En qué quedamos? ¿Es del pueblo mexicano, menos su pasivo laboral? ¡Qué cómodo!

En su remembranza de un cardenismo malentendido, nostálgico de un Estado corporativo, paternalista y autoritario, justificado para esa época, mas no siete décadas después, personajes como Amalia García le llama a Lázaro Cárdenas el último padre de la Patria y se pone a cantar el Himno Nacional, bastante desafinado. Conmovedora escena, pero no por emoción nacionalista, sino por la miseria intelectual de la protagonista de la escena.

México ya no requiere ni quiere “Padres de la Patria”, sino posibilidades de productividad, competitividad, crecimiento económico, distribución del ingreso, seguridad en todos los sentidos frente a un mundo lleno de desafíos y amenazas, pero también repleto de oportunidades. Si la diputada García requiere de padres para andar por la vida, que los busque en otro país, porque en nuestra historia contemporánea no caben más padres ni iluminados. Apelar a liderazgos propios de periodo postrrevolucionario inmediato a un movimiento social como lo fue la Revolución mexicana es un llamado a la anulación democrática, que significa, como a las izquierdas se les suele llenar la boca con la expresión, traición a la patria.

Dejen en paz a Lázaro Cárdenas. En todo caso váyanse con su hijo. El 18 de marzo es y seguirá siendo memorable. Porque el Estado de derecho en México está vigente, se cambia y evoluciona en función del interés nacional y a través de los mecanismos representativos de su mayoría.

 

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