Las posibilidades del odio

¿Quién quiere ser 'snob'? ¡Todos queremos!

Esta semana Hugo García Michel –director de la legendaria revista La Mosca- increpó a los políticamente correctos y bien pensantes colocando en su muro de facebook una cita de la investigadora y académica Camille Paglia –archienemiga de las feministas-. La autora de Vamps & Tramps respondía a la pregunta ¿No le gustan las feministas?, de la siguiente forma: “Hubo un momento en el que el feminismo y yo estábamos de acuerdo. ¡Pero era en 1960 y yo tenía 13 años! Es una posición inmadura. ¡Vamos, chicas, ya pasaron cuarenta años! ¿Cómo puede ser que la sigan sosteniendo ahora? El feminismo tiene unos 200 años…  esto de echarles la culpa de todos los males del universo a los hombres blancos imperialistas es bastante elemental. No hay humor, todo son sermones, y en el feminismo intelectual lo que se ve es una actitud absolutamente dictatorial”.

Participé mostrando mi admiración por esta autora provocadora de polémicas, y una activista peatonal conocida de ambos retomó otro texto de Paglia en el que aborda el tema de la violación y en el que ella quiere ver que todos los hombres somos unos violadores –más que potenciales- y me preguntó si yo había sido uno como para que aplaudiera las ideas de la profesora. Respondí que era necesario ir más allá de la literalidad, pero que el asunto de ser violador se relaciona con la violencia y que convenía preguntarnos si esta no es inherente a la humanidad entera. ¿Será que somos una especie violenta? Probablemente si, y por extensión, uno puede ser de más de una forma un violador. Todos somos violentos.

En mayor o menor grado, cada uno maneja su violencia; algunos la exteriorizan y otros la reprimen. Traigo esto a colación dado que me piden en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México abordar el tema de snobismo y su relación con el ámbito musical. Y entonces es que, grosso modo, parece que la gran mayoría tenemos el deseo –expresado o no- de ser un snob, a partir del sentido básico del concepto, que parte de un anglicismo para perfilar a las personas que imitan las maneras y opiniones de aquellos a quienes considera distinguidos o de clase social alta para aparentar ser igual que ellos.

Será entonces que tendríamos que hablar de envidia, de conflictos de clase y de ambicionar posibilidades –económicas y de posición-. En el orden monárquico, un snob era aquel que aparecía en los censos calificado como “sin nobleza” –según lo explicó bien Ortega y Gasset-.

Pero estamos en pleno siglo XXI y en otro estadio del capitalismo tardío; la sociedad de consumo plantea micro-sociedades bien definidas y en las que permean enormes principios básicos. ¿En qué medida somos snobs? Ahí tenemos el ejemplo de las ventas disparadas de las camisas del Chapo Guzmán para ser imitado. ¿Acaso en la banda sinaloense no existe lo snob? ¿Cuánta gente quiere ser Julión Álvarez? Muchísimos más que los que desean ser como Tom Yorke, Joe Strummer, Robert Smith o Brian Eno.

Existen unos senderos del snobismo que conducen hasta escenas en las que no lo hubiéramos pensado. Y es que el consumo mismo fija buena parte de nuestra personalidad. Ya lo plantean autores como los canadienses Joseph Heath y Andrew Potter; Rebelarse vende y es evidente un negocio hasta en lo se llamó contracultura –que no existe más-.

¿Para qué quiere un dark conseguir un costosísima edición japonesa de un disco? ¿Cuánto de sus ingresos invierte un metalero en un álbum casi inconseguible traído desde Noruega? Durante años subrayamos decir que el melómano es fetichista, pero en la era de lo digital, los milennials casi que presumen de cosas intangibles –lo que ocurre en la red, música sólo en streaming-, pero ¿qué pasa? Que ambos buscan diferenciarse, construir una individualidad al tiempo que desean complicidad.

A estas alturas es imposible una idea de construcción social de la música cuando la mayoría de la estructuras se han fragmentado, dejan de privar las mega colectividades y se consolida algo que podríamos llamar nano-colectividades o nano-escenas. ¿Qué otras cosa podría ser el consumo y desarrollo del  pop japonés de parte de mexicanos? Vamos, que hay segmentos especializados hasta en pop coreano.

Es importante apuntar que no podemos aferrarnos y seguir atados a esquemas del pasado. Hace no mucho le preguntaron al gran periodista Greil Marcus acerca si el  el rock todavía puede producir figuras relevantes a lo que respondió: “Hay una línea que va de Lady Gaga a Pussy Riot y viceversa. A lo largo de esa línea encontrarás un montón de artistas intentando hacerse escuchar, eso es todo lo que en realidad podemos pedir. Pero la relevancia cultural tiene más que ver con el impacto que un artista tiene en la vida de alguien, no con los medios de comunicación”. Ese halo aspiracional y snob no es otra cosa que masaje para el alma o la autoestima.

Suelo alimentar el tema citando un fragmento de uno de los primeros temas de Soda Estéreo; en “Vitaminas”, Gustavo Cerati soltaba: “Lo que para los de arriba es excéntrico, para los de abajo es ridiculez”. ¡Cuánto han cambiado y rápido las cosas! A mediados de los ochenta se evidenciaba esa idea de niveles de cultura y esa dicotomía entre Apocalípticos e integrados. Hoy no va más porque la cultura ha eclosionado y existe una maraña en la que no hay arriba ni abajo. Y en la que esa búsqueda de “excentricidad”  fluye entre personas y cada vez menos a través de los medios.  Lo snob existe por doquier, pero, ¿cuántos desean presumir su carnet de socios premier?