Las posibilidades del odio

La reinvención del cerro de Palmitas

Por supuesto de que el asunto central es disertar acerca de la obra monumental de arte público que el Colectivo Germen está llevando a cabo en el barrio de Palmitas y que me parece un gran acierto, pero una parte deliciosa de la escritura consiste en ir por los bordes antes de llegar al meollo del asunto. En términos de la literatura es fundamental la digresión, es decir, son tan importantes las ramas como el tronco.

Una y otra  vez miró los avances en cuanto a la pintura de las fachadas de las casas del perímetro elegido y me regodeo en ese juego de color intenso que me basta para considerarlo arte, ya que al final vaya a ser una escena de mar y peces resulta anecdótico. La ciudad cobra una inusitada nueva vida y se reinventa sorpresivamente, es por eso que siempre regreso a una gran frase del siempre recordado José  Agustín: “Si el aburrimiento matara… el mundo estaría lleno de tumbas”.

Desde hace muchísimos años que nos acostumbramos a que la ciudad se muera de nada, al aburrimiento más atroz que no sólo atañe al gobierno sino también a la falta de imaginación de la propia gente. Miramos hacia los barrios altos y siempre encontramos ese gris que aportan los blocks; nadie puede culpar a la población de no contar con los recursos para aplanado y pintura. Ellos hacen lo que más pueden y la economía no está para que toda la gente pueda detallar perfectamente su casa.

Pachuca es –en muchos sentidos- un pueblo viejo… lleno de conformismo, de nostalgia, de aburrimiento, de falta de imaginación. Es fácil decir de la llamada “Bella airosa” que es un lugar donde casi nunca pasa nada. Claro, es segura y confortable, pero aburrida y ñoña. Y cuando en un momento dado, pasa algo –gestado por personas de fuera-  no tardan las voces que ahora si opinan que no entienden lo que está sucediendo sobre las fachadas de las casas que conforman Palmitas.

Se trata de gente que solamente se limita a vegetar, que jamás hace nada, pero que a la menor oportunidad aprovecha las charlas colectivas para expresar su sorpresa y falta de herramientas para entender lo que está pasando y se limitan a una pregunta elemental: ¿Y eso qué es?

Sobran las personas que nunca hacen nada pero que son expertas para criticar la apuesta de los otros. Lo siento, pero no puedo dejar de pensar en una frase lapidaria: “la provincia es incurable”. Acá no nos distinguimos por contar con altos niveles de educación ni mucho menos de hacer gala de una amplia cultura general. Más bien tendemos a encontrarnos en los niveles más bajos de las estadísticas. Pachuca no es culta ni educada.

“Pueblo chico… chisme grande”. A una iniciativa que ya ha sucedido en otras ciudades –el mundo entero se pelea por un Banksy-, aquí le ponemos innumerable pegas y pretextos. No son pocos los que hubieran preferido que los cerros siguieran eternamente grises, que jamás se hubiera tomado la iniciativa de pintarlos y al mismo tiempo crear arte.

Claro que la jeringonza política e institucional colabora para que al trabajo se le considere un mural como tal. Esa anacrónica vuelta al supuesto muralismo y la sobrada maña de mal nombrar. ¡Y que venga el Neo-muralismo, el post-muralismo y sus etcéteras! No es un muro único sino bastantes casas.  Tal simplismo es lo que ha hecho que si una obra es realizada en el piso pues sencillamente sea nombrada pisal. Así las cosas, un muro o varios muros… pues mural.

El arte público no es una excepción sino una práctica común de la cultura contemporánea y ya nos debíamos ir acostumbrando. Porque además vale la pena destacar el acierto en sí mismo que representa poner de acuerdo a una colectividad, a un barrio o una colonia. Los mexicanos no somos muy dados al trabajo en equipo, a la concertación; y el equipo que propició la pieza, de entrada, consiguió el permiso de las personas que allí residen.

Para muchos de los involucrados en el arte actual el proceso de elaboración de una pieza es tan o igual de importante que el resultado final; de ahí que esta incursión valga la pena por todo lo que conlleva de diálogo público, de conversación, de punto de acuerdo. A la postre me preocupa el tiempo de conservación de la obra; al ser hecha con pinturas de línea no es posible pensar que dure más allá de 4 o 5 años. ¿Se habrá considerado su mantenimiento en el futuro? Esperemos que no se trate de una acción únicamente concebida para el corto plazo sino que también contemple su conservación.

Ignoro el nivel de involucramiento de la Administración Municipal –tan ávida de colgarse milagritos ajenos-, pero si en algo tuvo que ver con llevar a buen puerto este proyecto no debe existir objeción para brindarle nuestro sincero reconocimiento. Al menos al valorar una propuesta de arte público no se mostraron insensibles e ignorantes como suele ser la costumbre. El arte en el frente de las casas no hace sino aportar un valor agregado a la ciudad.

Lo menos importante es el manejo amañado en clave de record. ¡Que si es el más grande México! Y cosas por el estilo. Ya con el dislate megalómano del mosaico de Byron Gálvez tenemos.  ¿Qué necesidad de presumir en plan Guinnnes? Eso es el típico desplante de los políticos.

Es divertido, novedoso y reconfortante mirar hacia uno de nuestros cerros y encontrar una experiencia plástica multicolor. Una sincera obra de arte se agradece y los vecinos vivirán en un entorno más agradable.  Eso ya vale la pena, más allá de los quejosos que se conforman con su gris e insípida existencia.

 

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