Las posibilidades del odio

A quemar libros y escritores –la polémica-

Para cuando estas líneas se estén leyendo el que esto escribe se estará reponiendo de los festejos de la presentación de “La vida sexual de P. J. Harvey”, una novela a cuatro manos que escribí en compañía de Ilallalí Hernández. Siempre será motivo de celebración que un proyecto editorial vea la luz y que lo que comenzó siendo una entelequia que daba vueltas en la mente del autor haya fraguado. A fin de cuentas, se goza en demasía contando historias. En ningún momento podemos ocultar tampoco nuestra pasión y fetichismo por los libros.

A los escritores nos encantan y nos gusta coleccionarlos; pero en lo personal tampoco es que me provoquen una adicción irrefrenable, como la que tienen los compradores compulsivos y los amantes de ediciones raras e incunables. Hay quien se pierde por volúmenes autografiados, primeras ediciones y demás memorabilia libresca. Le tengo respeto a los fanáticos y siento profunda lastima por aquellos que pueden transitar por la vida sin tan valiosos objetos y sin practicar la lectura. A repetirlo hasta el hartazgo: el ejercicio de la inteligencia ayuda a hacerle frente a la barbarie.

También me doy cuenta de que los libros son muy caros y ello dificulta adquirirlos, aunque si hubiera mayor demanda los precios bajarían. El verdadero problema es que no existen las bases para que tal demanda se incremente. Tenemos pésimos hábitos de lectura. Llevamos largo tiempo con nuestro miserable libro por año en promedio por habitante, cuando en Israel, por poner un ejemplo, se leen 46 por cada ciudadano, y eso que la situación de conflicto militar los agobia.

Pero el caso es que en los días previos al evento de mi novela recién publicada, me entero de ciertas polémicas que los libros y la gente pueden provocar. En primera instancia no faltan los que quieren ver en la quema de la biblioteca del Congreso de Guerrero algo parecido a una verdadera infamia y no tuve opción más que incorporarme a los zipizapes de Facebook y hacerles ver a los tertulianos qu e allí no había libros ardiendo sino que en su mayoría eran documentos del poder legislativo a los que la verdad nadie echará de menos. Se puede polemizar sobre el significado del acto y su relación con el problema imperante, pero si mañosamente se busca subrayar la quema de libros, en tal acontecimiento no se perdió nada valioso. En nada se parece a la quema histórica que hicieran los nazis. En estos tiempos a la gente le da por comparar cada cosa. Los opinadores no se detienen.

Paralelamente, se dio otro escándalo que pasó de los periódicos europeos y alcanzó los debates de las redes sociales de por estos lares. Ahora lo explicó, pero también me da pie para señalar que ciertos escritores se quejaban amargamente por no saber quién es y de qué escribe el reciente premio Nobel, el francés Patrick Modiano. ¡A qué gente que cree que el mundo gira entorno a uno mismo! Se sienten el centro del Universo.

Pero no faltó tampoco quien quisiera linchar al escritor inglés Nick Hornby, y esto es el pretexto de esta disertación dominical, por haber animado a los escuchas de una charla suya en el  festival literario de Cheltenham, durante el pasado octubre, para que quemaran los libros que consideraran excesivamente complicados y especialmente aquellos que se leen más por pose y/o moda y que más bien torturan a la persona.

Aquel pronunciamiento –más simbólico que literal- fue leído a pie juntillas y más de un escritor pedía su cabeza por tan irracional petición. Lo que el autor de “Fiebre en las gradas” dijo específicamente fue, entre otras cosas, que: “Cada vez que seguimos leyendo sin ganas reforzamos la idea de que leer es una obligación y ver la tele es un placer”.

Hornby apuntó que nada perdernos al reconocer que hay obras que no resultan gratas ni accesibles y que sin pudor se pueden abandonar. Instó a poner por delante la parte hedonista de la lectura antes que a la actitud de hacerse pasar por alguien que acumula lecturas reputadas.

La ofensa se hizo más grande al momento que incluyó en ese tipo de libros a “El Quijote”, obras de Dostoyevski y León Tolstoi, además de alguna de Austen. ¿Qué pasó entonces? Que atentó en contra de la “GRAN LITERATURA”. Esa que hace feliz a académicos y tradicionalistas. En lugar de aquellas venerables obras, estos conservadores querían ver arder al británico.

Y lo peor fue que reaccionaron diciendo: ¿y este quién es?  Algún crítico de la revista para intelectuales por excelencia en México decía desconocer la obra de quien incluso ha sido llevado al cine. “Alta fidelidad”, es un elogio de la melomanía y goza de gran aceptación entre la clase “pop” de lectores; en “Todo por una chica” incluye a Tony Hawk, ídolo de la patineta; y su ensayo “31 canciones” es una obra de referencia por su manera de entender y valorar la música.

Se trata de un escritor sin grandes ínfulas que por supuestos ofendió a los santones; su provocación era fingida y ningún clásico se quemó, pero nuestros rancios literatos y opinadores sólo exhibieron sus limitaciones. Si ignoras algo, investiga y asunto resuelto.

 

circozonico@hotmail.com