Las posibilidades del odio

“El periódico es la droga dura de este escritor blando”

Vaya frase genial, concebida por un periodista filoso, lucido y polémico por igual; Paco Umbral (Lavapiés, Madrid; 1932-2007) debe seguir siendo un ejemplo para quienes nos dedicamos a alimentar diarios y revistas. Combativo hasta las cachas, irónico y mordaz, refinado en sus maneras y poseedor de una cultura amplísima (autodidacta), destacó sobre todo por ser un atento observador y analista de un vasto espectro de temas que sacudieron a la sociedad de su tiempo.

El miércoles pasado su legado fue revisado y celebrado en el Madrid de sus amores a través de la presentación de El Tiempo reversible (Ed. Círculo de Tiza), una recopilación de sus crónicas para los periódicos “El mundo” y “El país”. Se trata de un libro que permite acercarnos al hombre de ideas y al periodista irreductible. En el prólogo Antonio Lucas plasma con precisión la personalidad de quien fuera Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1996: “Umbral toma Madrid, une el lirismo con la mordacidad, inflama el idioma, profundiza con el adjetivo, dispensa una ironía fuerte para denunciar, anunciar, rematar, alumbrar o desafiar y, de paso, da con la fórmula mágica del articulista: entregarse en un espectacular sacrificio, menesteroso pero libre, abalanzándose a la calle desde el voladizo de la Olivetti”.

Denunciar… anunciar… alumbrar… tareas ineludibles del oficio y que deben ir siempre emparejadas de información fidedigna y comprobable. El periodista requiere de saber mostrar y orientar la opinión de los lectores. Si algo he admirado desde siempre de Paco Umbral –como gustaba que le llamaran- es su enorme visión periférica y la sapiencia para abordar en igualdad de condiciones asuntos variopintos. Lo mismo dedicaba una entrega a la escena punk o la movida madrileña que a las estiradas costumbres de los asiduos a los grandes salones. De la exquisitez de la alta cultura al tufo aguardentoso del arrabal y los bajos fondos. Sin distinciones, con la misma acidez.

Daba la impresión  de que estaba en todos lados (en eso se parecía a Monsiváis) y así conseguía una amplitud de miras con que alimentaba sus disertaciones. Umbral seguirá siendo un grande y sus seguidores debemos asimilar sus enseñanzas con dedicación. De tal manera que logremos conservar espacios vivos de reflexión que sean incómodos e irreverentes, pero que hagan eco de las inquietudes de quienes nos regalan su valioso tiempo, los lectores.

Es por ello que procuro alimentar “Las posibilidades del odio” a partir de una gran diversidad de contenidos. Lo mismo si hay que insistir en la muy mala calidad de las obras que se realizaron en la calle de Guerrero, que esta semana una vez más fue intervenida en varias partes. En Pachuca no conocemos aquella sentencia de “haz las cosas bien y a la primera”. Las explicaciones ofrecidas por los responsables es que estos nuevos trabajos están dentro del mismo presupuesto. Tal vez sea cierto y no cuesten extra, pero de que se hicieron a partir de la fodonguez ni duda cabe.

Por otra parte, tal vez habrá quien defienda al desfile del primero de Mayo, pero también es cierto que a mucha gente le parece una costumbre anacrónica y carente de sentido. Aparenta cierta tendencia crítica, pero a la postre es un reclamo muy pasteurizado y de relativo impacto.  Los acuerdos son concertados en otros espacios y los contingentes se presentan para cubrir con el requisito. Ahí no existe una auténtica combatividad; más que otra cosa es un simulacro.

Mientras tanto, se pinta por enésima vez de amarillo el filo de las banquetas del primer cuadro con la intención –suponemos- de que su utilidad sea pronta. La ciudad espera por iniciativas que impacten de inmediato en el acontecer diario de la comunidad.

En este oficio hay que desarrollar la perspectiva y una óptica propia. Ya lo recuerda Antonio Lucas de Don Francisco Umbral: “Él era ese periodista que llevaba en la sangre la capacidad de observación y el que sabía lanzar las palabras más lejos que la vida, gracias al excesivo capricho con el que miraba el mundo”.

Uno lo que debe hacer es aprender de un novelista prolífico, poeta y biógrafo y autor, entre tantas obras, de “Diario de un snob” (1973), “Spleen de Madrid” (1973), “Mis placeres y mis días” (1994) e “Historias de amor y viagra” (1998); poner empeño en pulir la capacidad de análisis y luego compartirla, tal como lo hacía un animador insustituible de las tertulias del madrileño Café Gijón.

Durante la velada de presentación en el Círculo de Bellas Artes, Casimiro García-Abadillo, director de “El Mundo”, apuntó: “Era un personaje abierto, por eso pudo lograr todo lo que hizo, porque le gustaba ver y escuchar absolutamente todo. Pienso que en su obra periodística hay dos etapas: la que abarca hasta los primeros años de Felipe González y, al final, los años de la desilusión. Lo importante es que Umbral creía profundamente en los periódicos y los defendía aporreando su vieja máquina de escribir todos los días”.

En Pachuca seguiremos anhelando días en los que se perciba una energía callera, a una ciudad que transpire vitalidad. Llevamos mucho tiempo muriéndonos de nada y esperando por un subidón emocionante. ¿Será que no tendrá lugar? ¿Qué nos tendrá el destino designado? ¿Llegará una nueva generación para dar la batalla?

Mientras esperamos, el periodista continúa con su causa en busca “del zarpazo elegante y la reflexión punki” y reverenciado con sinceridad a Umbral, dado que: “vino a desguazar el oficio con toda naturalidad, no como quien presume sino como quien propone una beneficiosa revolución con prisa”.

 

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