Las posibilidades del odio

Ha muerto Leopoldo María Panero, poeta

No suelen gustarme los artistas sólo porque tengan el epíteto de malditos sino principalmente por la calidad y fuerza de su obra; esta semana estaba por escribir acerca de Ana María Moix (1947-2014) –recientemente fallecida- y ella nada tenía que ver con los excesos y el lado salvaje de la vida, pero produjo una obra extraordinaria.  En ello estaba, cuando la noche del miércoles me llama Daniel Fragoso para comunicarme la triste noticia: se murió Panero.

Y es que este poeta arrebatado buscó en lugares y temas desdeñados por la alta cultura; es un antecedente de lo afterpop –antes que el término fuera pensable-, descendió a los infiernos para lidiar con los vicios y la locura; e incluso cuando los controló, su trabajo jamás perdió fiereza e iluminación. Panero conocía y respetaba la tradición y disfrutaba haciéndola trizas; se sumergió en la cultura francesa y en un sesgo sorpresivo su poética estaba más cerca del imaginario norteamericano.

En estos días retomaba la idea de hacerme un último tatuaje –este de una frase- y escogí un verso de Leopoldo María (nacido en 1948) que me gusta tanto que así titule un libro que realice junto a Enrique Garnica. Con su partida regreso al poema “A Francisco” y su belleza me inunda, tal como la primera vez que lo leí:

 

“Suave como el peligro”

atravesaste un día

con tu mano imposible

la frágil medianoche

y tu mano valía mi vida,

y muchas vidas

y tus labios casi mudos decían

lo que era el pensamiento…

 

Lo incluyó en un libro cuyo título podía ser el de un disco de los Stones o Wilco: “Last River Together” (1980). Siempre me interesó, además, que procediera de una familia acomodada y autoritaria (además de artística) que en sus entrañas fue sacudida por el franquismo. De esos férreos círculos tradicionalistas surgieron liberales desatados cuyo único credo era la libertad. Su hermano Michi es un artista sin obra corpórea al que Nacho Vegas le dedicó la canción “El hombre que casi conoció a Michi Panero”. Basta con ver el documental “El desencanto” (1976) para empaparse de la historia de una familia que fue reflejo de los contrastes de la España de su tiempo.

A la mañana siguiente me levanto con un post que el escritor Enrique Olmos me ha compartido en Facebook:

 

“Mueren los malditos, es decir, los necesarios. Ya está confirmada la muerte Panero. Este 2014 será terrible para las letras en lengua castellana. Para mí, el poeta español más interesante, más complejo, más ausente de erudición superflua, lleno de temperamentos hasta él inexistentes en nuestro canon, del cual siempre se desmarcó, guiñando el ojo a otras tradiciones. Uno tiene derecho a los héroes intelectuales; Panero lo fue para mí, después de que mi amigo Juan Carlos Hidalgo me lo recomendó: “Debes leer poetas malditos, deja el pinche Siglo de Oro ya, chingaaa,” (quienes lo conocemos lo escuchamos ahora mismo, con esa voz tan contundente). Leí obsesivamente a Panero desde la adolescencia, incluso lo fui a buscar sin éxito al psiquiátrico donde estaba recluido, antes me dejaron visitar su ex hospital en Mondragón, Guipuzkoa; como todo fan tomé fotos he hice preguntas a los lugareños. ¿Alguna vez vieron pasar a Panero por aquí? En el bar de al lado: ¿Qué le gustaba beber? A las señoras de limpieza: ¿Era amable o altanero? Mis tiernos 22 años. Después propuse hacer una obra de teatro sobre sus textos y especialmente a partir de su biografía como enfermo mental, se llamaría Éramos tan felices, que no pudo llevarse a cabo. Hoy más que nunca repito esta sentencia: “El error de escribir y el error de vivir, porque la vida es una mano torpe que se arrastra sobre el verso; la vida es una torpeza y una borrachera, y vivir es un crimen y un pecado”.

 

Pese a largos periodos de tratamientos médicos y a sus años de encierro voluntario en un manicomio, fue un autor prolífico del que apenas puedo elegir algunos libros fundamentales: “Así se fundó Carnaby Street” (1970), “Contra España y otros poemas de no amor” (1990), “Agujero llamado Nevermore” (Selección poética, 1968–1992), “Outsider, un arte interior” (Versos esquizofrénicos) (2007) y “Mi lengua mata” (2008). Todavía me conmueve lo que otro gran poeta, Pere Gimferrer, dijo de su obra: “el tema de su poesía no es la destrucción de la adolescencia: es su triunfo, y con él la destrucción y la disgregación de la conciencia adulta”.

Vivió 65 años, pasó más de 30 en clínicas; su obra no nos dejará nunca, como “Canción para una discoteca”:

 

“No tenemos fe

al otro lado de esta vida

sólo espera el rock and roll

lo dice la calavera

que hay entre mis manos…

 

la muerte es la cuna

del rock and roll…

baila hasta que la muerte te llame

y diga suavemente entra

entra en el reino del rock and roll”.

 

circozonico@hotmail.com