Las posibilidades del odio

Era Juan Rulfo o había mucha neblina o humo o no sé qué

El escritor jalisciense jamás ha dejado de provocar fascinación; él es su propio paradigma. Un escritor con una obra limitada en cantidad pero de una repercusión inconmensurable. Propios y extraños quedan atrapados entre la bruma y la duermevela de sus historias. Un hombre callado y taciturno logró darle un brusco viraje de timón no sólo a la literatura mexicana; su impacto ha sido notable también en otras tradiciones.

Llega el año del centenario de su natalicio y ciertamente hay que dudar de los homenajes oficiales. La institucionalidad no suele interpretar acertadamente tales acontecimientos y los convierte en ceremonias de una retórica burocrática que provoca pereza y repulsión. Así lo han entendido los encargados de manejar su legado. La polémica no se pudo evitar. Por fortuna, Juan Rulfo le pertenece a sus lectores, a la gente que se acerca a sus libros sin altas pretensiones. “El llano en llamas” y “Pedro Páramo” siguen en progresión a través de la notable cantidad de nuevos adeptos que van forjando.

Es por eso que me parece loable la aparición de un libro tan ambicioso como el que ha entregado la tamaulipeca Cristina Rivera Garza. Ella no conoció a Rulfo; no se ha acercado a la familia; no ha construido otro clase de vínculo que el de una lectora atentísima y luego el de una investigadora perseverante. Nadie le pidió que siguiera la sombra de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno en archivos, libros, bibliotecas y sobre la geografía del país. Se trató de un deseo estrictamente personal.

A la postre confeccionó “Había mucha neblina o humo o no sé qué” –editado por Random House- como un libro híbrido, como un rara avis que puede cargar con casi todo y aun así levantar el vuelo. ¿De qué manera se planteó la iniciativa? Para ello redactó un texto introductorio del que comparto un fragmento significativo: “La lectura es imaginación, ciertamente, o no es. O no será. Éste es, luego entonces y sin duda, un Rulfo mío de mí. ¿Con qué derecho lo hago mío? Me lo he preguntado tantas veces en relación con todo lo que vivo y leo y escribo. Y me lo respondo ahora, apropiada o inapropiadamente, con las palabras de otro: con el derecho que me da el cuidado que he puesto en y por su mundo”.

Y es qué más que un acto de amor, aquí tenemos una cruzada de pasión consumada. De otra manera no se entenderían tantos viajes, tanto esfuerzo, trabajo de investigación y al final de creación y organización desbordada. Rivera Garza encontró la manera de incluir crónica, ficción, ensayo, documentación, poesía y fotografías relevantes. Armó un mecanismo personalísimo que sólo alguien tan entregado como ella podía hacer funcionar.

Depositó muchísimos de sus hallazgos tras hurgar en archivos, recorrer carreteras polvosas, realizar múltiples lecturas, subir altas montañas y experimentar en carne propia lugares, situaciones y ambientes que conservan los ecos de Rulfo. Muchos detalles mencionados con precisión –como la parte laboral- y otros abordados desde la libertad de la ficción. Una excelente manera de re y de construir a un autor poliédrico y un profesionista que enfrentó las complicaciones y contradicciones de su tiempo.

Rivera Garza arma su propio Rulfo y exhibe todo lo que encontró y enfrentó durante un largo periplo. Se trata pues de resaltar todo lo que le es peculiar y relevante de un hombre que pasó grandes dificultades para mantener a su familia. Sorprende, por ejemplo, que al momento es que le preguntaban acerca de las condiciones en que desarrollaba su escritura, él se concretaba a responder: pues es que yo trabajo; en el sentido de que tenía que atender a un empleo de tiempo completo en áreas distantes a la literatura.

“Había mucha neblina o humo o no sé qué” va develando a un Rulfo a lo Rivera Garza. Animado por tal clase de incursión me di a la tarea de buscar una tremenda anécdota en la que el inmenso cantaor Enrique Morente daba cuenta de la forma en que conoció un escritor impresionante que solía ser un hombre reservado; dicha remembranza, que me impactó mucho apareció, en la revista catalana Rockdelux en su número de febrero del 2010 a través de una entrevista de Luis Troquel: “Mi estancia en México, a principios de los setenta, para mí fue decisiva; tomé conciencia de muchas cosas y conocí a intelectuales de altísima categoría... Recuerdo que había un escritor, Paco Ignacio Taibo, que nos invitaba a diario a comer en la Casa de Asturias, que los asturianos son muy generosos... Nos decía: “Venid cuando queráis”. Y todos los días aparecíamos unos cuantos caraduras a comer. Todos en una mesa muy larga... Había uno que casi no hablaba pero que se reía mucho con las tonterías que decíamos el guitarrista y yo... Y al cabo de unos años me cultivo un poco más, cojo algo de cultura, y un amigo me regala un libro que se llama Pedro Páramo, veo la fotografía del autor y digo: “¡Pero si este es Juanito!”.

¿¡Juan Rulfo!? Si, el que estaba allí todos los días “enbocatao”, comiendo en la misma mesa. ¡Tenía más hambre que nosotros!”.

Morente nos pone delante del Rulfo de carne y hueso; al igual que lo hace Rivera Garza (1964) que huye de los salones oficiales, de la figura canónica y de todo lo que represente la marca “Rulfo” –tan presumida por muchos lados-. Lo que hay es un libro huidizo, demandante, complejo e incluso barroco. Me parece que no podía resultar de otra manera.

En la parte final incluye una parte del material traducido al mixe, pueblo con el que convivio quien también fuera un fotógrafo excepcional. Rivera Garza agradece de esta manera a las personas que la introdujeron en aquella geografía rulfiana y que le mostraron sus costumbres. Esta parte convive con el “Angelus Novus” de Paul Klee, dibujo que el pensador Walter Benjamin explicaba como un ángel modernizador que anticipa la llegada del progreso y que muestra al pasado devastado. Rulfo tuvo que promover las iniciativas institucionales, aunque sabía que afectarían a muchos indígenas. Tales son las paradojas de la vida.

He aquí una manera de conmemorar un centenario mediante una experiencia relevante: la lectura de una obra renuente a las clasificaciones y muy heterodoxa. Rulfo aparece en distintas facetas, se multiplica sin dejar de ser él mismo. Es el alpinista infatigable, el redactor de cuadernos, el fotógrafo profesional, el recabador de historias populares. Todos en uno sólo que cada día camina a nuestro lado por las calles airosas. Tal vez repitiendo uno de los poemas de Cristina Rivera: “Una bandada de cuervos, pasó cruzando el cielo, vacío, haciendo cuar, cuar”.

circozonico@hotmail.com