Las posibilidades del odio

J Balvin o del reguetón pasteurizado

Hace algunos años conversaba con un ingeniero de origen tunecino que estaba casado con una mujer caribeña. Al calor de las copas, èl iba poniendo diversos ritmos del otrora mal llamado “continente negro” (cuando la diversidad racial es evidente); así que saltábamos del high-life y el afrobet al soukous y otros derivados. Su intención era identificar mi debilidad, por un lado, y mostrarme además que en el Magreb existía una versión en español de “Mi historia entre tus dedos” de Gianluca Grignani.

Después me contó la maravillosa experiencia de asistir a una fiesta popular en una isla y haber bailado con las lugareñas bien pegados y al separarse sentir la parte frontal del cuerpo absolutamente empapada. Si alguien hace una fiesta, el pueblo entero puede asistir y sumarse así a un festejo de la sensualidad y el flirteo.

Aquel amigo lo que quería era subrayar la gran carnalidad que priva en aquellas celebraciones, en las que durante su transcurso acusaban diferentes ritmos. Del reggae al rock steady y hasta algo que a él le sonó como una variante de soukous tropical. En todas y cada una de esas variantes se da un proceso de seducción espontánea y natural; el baile es ese puente hacia el encuentro de los cuerpos y el intercambio de mensajes cifrados.

Todos los viajeros que ha pasado por Cuba han podido comprobar durante muchos años la magia que desatan las descargas de música afroantillana. Hombres y mujeres caribeñas despliegan la hermosura de sus cuerpos a través de bailes que detonan al máximo las endorfinas. Ahí también hay mucha sensualidad… carnalidad.

Y así podríamos ir saltando de isla en isla, de país en país, y encontraremos expresiones semejantes. En algún momento incluso la  bachata dominicana dejó su faceta de crónica de nota roja (que durante muchos años la caracterizó) para ocuparse de los asuntos del deseo y la coquetería (más gran parte de historias amorosas más cursis).

Es así como saltamos a Puerto Rico y tenemos que tocar por necesidad al reguetón. No son pocos los especialistas que apuntan hacia un vínculo entre la situación socio-política de ese país, tristemente apegado a Estados Unidos, con el surgimiento del tal subgénero o forma de expresión. Se explica que la gente se encuentra sumida en una grave depresión debida a los problemas económicos, a la falta de expectativas de desarrollo y futuro y la descarada sumisión hacía la potencia mundial. ¿Cuál ha sido la alternativa? Abocarse al baile y buscar una catarsis y momentos de olvido mediante el gozo de los cuerpos y la seducción.

No es difícil partir de que sus creadores comenzaron por distorsionar el reggae jamaiquino, sumar influencias de otros ritmos caribeños y tomar notorios elementos del hip hop. Para hacer reguetón, la base es una primitiva secuencia rítmica programada con una caja y al final se rapea con ciertas adaptaciones culturales e idiomáticas propias de la región. No es extraño que hayan tomado recursos propios de la música afroamericana estadounidense con la cual mantienen importantes vínculos e influencia mutua.

Es importante toda la exposición previa para apreciar la naturaleza original del reguetón; nació callejero, guarro, promiscuo, altamente sexoso y sumamente precario. La mejor crítica especializada de los últimos años señala lo esencial del contexto a propósito de la música. Coincido, lo contextual y la circunstancia nos ayudan a tener en claro la naturaleza de las cosas. Pero claro, la industria comercial siempre pretende las ventas millonarias y para ello traza sus planes de marketing (distorsionándolo todo).

Durante largo tiempo han buscado acorralarme al respecto de si odio el reguetón. Y no lo odio (queda por escrito). El asunto es que lo que hace el colombiano J Balvin me parece un cínico y descarado proceso para pasteurizar al reguetón, para limarle las asperezas, para quitarle la suciedad. Lo han convertido en un producto para consumo familiar; manso, inocuo, trivial y socialmente correcto.

Y no es que me ponga purista y busque que tenga un nivel letrístico elevado; ya se sabe que el lenguaje tiene que ser coloquial y marcadamente simple. Ese no es un problema de base. Recordemos ese himno de liberación juvenil rocanrolera que fue “Tutti frutti” de Little Richard (cuya provocación se sostenía en una onomatopeya desbocada) o los mensajes directos del punk. El asunto con el colombiano Balvin es la manera en que ha traicionado la naturaleza original de este tipo de música… se le ha adecentado hasta el aburrimiento. Y claro, las grandes masas siempre preferirán lo que se consume fácilmente, lo que no molesta, lo que entra con una simplicidad pasmosa. J Balvin mañosamente toma elementos de la actualidad (como las redes sociales) para dar con letras que, hay que decirlo, apenas dan cuenta de que habla español. En su descarga habría que mencionar que siempre habrá alguien con letras peores: Pitbull.

Dejémoslo claro, en modo alguno Balvin representa a vanguardia alguna como lo quiere hacer pasar algunos periodistas millennials (que lo han llevado incluso a listas en revistas de tendencias). El tipo de reguetón que oferta carece de creatividad e innovación; se apoya en gran despliegue de producción y recursos técnicos y nada más –un león rasurado-.

Aquello de que una mentira repetida miles o millones de veces termina convertida en una verdad es un sofisma que nos quieren vender los publicistas. Seguirá siendo una mentira. El reguetón de J Balvin le hace gracia hasta a las Asociaciones de Padres de Familia, a las monjas y gente del Yunque. Es por eso que se puede presentar en verbenas masivas en pueblos y ciudades. Contribuye a aquello de “pan y circo”. (¿Imaginan que apareciera Tego Calderon prendiendo un porro en algún acto cívico?)

Muy poco falta para ver a Balvin en alguna telenovela, dado que los programas de concurso de Televisa le han sentado muy bien. Desde México ha ido conquistando a los consumidores internacionales más complacientes, nada demandantes y acostumbrados a los productos basura y la comida rápida. Las masas aman lo mediocre.

Ya no tarda en emerger una andanada de artistas que hagan visible al reguetón del futuro y expliciten sus vínculos con una real experimentación. J Balvin podrá ser una celebrité mediática y volverse millonario, pero no trasciende musicalmente. Este hombre le ha limado los colmillos a un animal salvaje. Seguro los millennials cambiaran de moda temporal en un santiamén y se darán cuenta de cuan equivocados estaban al promover a un impostor, a una figura artificiosa diseñada para engañar a bobos y extraños. No señores, el verdadero reguetón no es este. No se engañen.

circozonico@hotmail.com