Las posibilidades del odio

El invierno con mi generación (una entrañable e iniciática novela)

Además de por un sano y agradecible pesimismo, el escritor y pensador rumano –asentado en París- Emile Cioran (1911-1995) es conocido por su lucidez, que vertió en un caudal de libros en los que soltaba frases breves y llenas de filo. Siempre recordaré una que pertenece a Silogismos de la amargura: “Sólo intimamos con la vida cuando decimos, de todo corazón, una banalidad”.

Es por ello que resulta muy interesante cuando un artista logra filtrar asuntos y cuestionamientos trascendentes e importantes dentro de un contexto, discurso o escena que aparenta no serlo. Esa ligereza calviniana que nos lleva a creer que el flujo artístico no tiene que convertirse en un fardo pesadísimo. Vaya, que en aras de una sobre intelectualización nos han vendido muchísimos plomos insufribles. Ligereza –que no liviandad-, dinamismo y autenticidad abren brecha hacia expresiones vitalistas de arte a las que podemos sentir tan propias y cercanas.

Estoy convencido que un atributo muy favorable en un libro es cuando permite que establezcamos con él un vínculo de proximidad de manera natural. Tal como ocurre con la segunda novela del argentino Mauro Libertella. El invierno con mi generación” –publicada por Random House para Sudamérica  a mediados del año pasado-, que se centra en la vida de un chico que se encuentra en ese periodo que va del final de la secundaria, la preparatoria y el ingreso a la universidad. Y cuando muchas de este tipo de historias tienden al tremendismo, esta se destaca por la naturalidad con la que se enfrenta dicho periodo, incluyendo la temporada  en que el protagonista establece con sus amigos más cercanos una cofradía ritualista en torno a fumar marihuana.

En ese sentido es que también acude a mi memoria otro apunte; ahora de parte del novelista poblano Jaime Mesa –admirador extremo de Don Delillo- y quien con buen tino señala que grandes autores, aun en medio de arriesgados proyectos narrativos, en ningún momento dejan de lado ir desarrollando la historia y contándola. No son pocas las ocasiones en las que el delirio escritural extravía a determinados autores; nos tiran encima un alud de palabras que nos dicen poco o nada y no nos llevan hacia algún lado en particular –pura palabrería, pues-.

Precisamente por ello, me parece entrañable “El invierno con mi generación”; una novela a la que tal vez habrá quien encuentre sencilla y exenta de grandes complicaciones. Y es que Libertella no niega los nexos autobiográficos y es sincero cuando explicita que la mayoría de los personajes que la habitan pertenecen a la clase media argentina. El autor cuenta acerca de lo que conoce muy de cerca y se remonta a parajes, rumbos y lugares que lo acompañaron mientras iba creciendo en una Buenos Aires cuando menos amable, bien portada, y algo distante a aquella definición que la hacía ver como “la ciudad de la furia”; “Esa era nuestra Buenos Aires, una ciudad hecha de cuatro o cinco lugares que se repetían obsesivamente, como un estribillo”.

En el transcurso del libro se encuentra el cambio de siglo y de milenio; un momento que llenó de expectativas al planeta, pero que pronto traería para la Argentina graves complicaciones económicas que terminaron también por repercutir en la cultura –especialmente la emergente-. Libertella cedió un fragmento de la novela para que fuera publicado por Letras Libres y que es antecedido por un texto que establece con precisión dicho momento: “En diciembre del año 2001 –ha señalado Patricio Pron– una serie de acontecimientos hizo pensar que el país que habitualmente llamamos Argentina llegaba a su fin.” Una aguda crisis económica devino crisis política y el descontento social parecía incontenible. En un ambiente de represión, inestabilidad y caos, la actividad literaria estaba condenada a estancarse. En los años posteriores, sucedió lo impensable: la literatura se revitalizó, las pequeñas editoriales ganaron presencia una vez que los grandes sellos dejaron de interesarse en autores locales y una nueva camada de escritores hizo su irrupción en el panorama. Estos autores demostraron no ser solo producto de una circunstancia específica sino parte de una de las tradiciones más ricas de la literatura de aquel país”.

Mauro Libertella, nacido en 1983, nos entrega una novela sincera en la que, no sin cierta melancolía, se cuenta el momento en que ese grupo relativamente tranquilo de amigos, nada pendenciero, y muy fumador de Cannabis  descubre el “Confort y música para volar” de Soda Stéreo y quedan perplejos. Nos remonta  a un tiempo que a los más jóvenes les parecerá casi “cuaternario” y que los cuarentones sentiremos que apenas ocurrió antier. No había teléfonos celulares, redes sociales; se grababan cassets para compartir música nueva o bien para seducir a una posible conquista. ¡El fin de la era análoga!

Para redondear una novela que se inserta en esa afable tradición de lo iniciático (“El invierno con mi generación es eso también, aunque es un libro que cuenta todas las iniciaciones: la del sexo, las drogas, la literatura, el descubrimiento de la amistad, de los discos, de la adultez”), por supuesto que la llena de rock; con lo que mi conquista fue completa. Los personajes van alimentando su cultura musical y saltan de un descubrimiento a otro. Hay pasión, hay feligresía, y por ello llegan a mandamientos igual de románticos que inapelables, pero que comparto a ultranza: “Nunca usarás una remera de una banda de la que no seas fanático”.

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