Las posibilidades del odio

En contra de todo fundamentalismo

Uno de los personajes concebidos por el escritor francés Michel Houellebecq suelta una frase que con el tiempo se convirtió en una bomba: “El Islam es la religión más idiota de la historia”. Y por supuesto que los fundamentalistas buscaron revivir el delito de blasfemia, pero fracasaron. Era años antes del atentado a Charlie Hebdo y la seguidilla de lamentables acontecimientos que día con día se apoderan de las primeras planas de los periódicos del mundo.

Apenas hace unos días se dio ese brutal tiroteo en Túnez del que salieron librados de milagro un puñado de turistas mexicanos. Me entero de que la creación del llamado Estado Islámico fue una reacción radical ante la invasión de los estadounidenses en Oriente Medio. Tanto odio acumulado más la dirección de fanáticos religiosos no puede conducir a nada bueno.

Recién hago memoria de la destrucción de los Budas gigantes de parte de los Talibanes y ardo de coraje. No puedo entender cómo se les puede ocurrir atentar en contra del patrimonio artístico y cultural de la humanidad. Destruir todo aquello que no proceda de su teología me parece verdaderamente de idiotas. ¿Será que el personaje de Houellebecq tenía razón?

Hace poco circularon muchas fotografías de esos bárbaros fanatizados por líderes oportunistas destruyendo piezas en la ciudad de Tikrit. Esos terroristas utilizaban herramientas occidentales para llevar a cabo su misión, llevaban puesto tenis de marca y su turbante histórico. ¡Vaya contradicciones!

Y luego resulta que sólo destruyeron las piezas que dado su peso y su volumen no podían ser llevadas consigo. A la postre sale a la luz que la destrucción no obedece solamente a esos pretextos de idolatría sino a una estrategia de negocio también. Eliminan esas piezas para que la existencia en el mercado sea más escasa. Pretenden utilizar todo lo robado para venderlo en el mercado negro global y conseguir así recursos para financiar su gobierno fanático, sus atentados e incursiones militares.

El Estado Islámico no distingue ni respeta; si así lo hiciera habría  comprendido al pueblo Tuareg que vive en una fracción del desierto del Sahara y son nómadas. Contra ellos también la ha emprendido y en aquella región de África ha buscado prohibir también la música. ¡Menuda estupidez!

De ello también nos hemos enterado a través del grupo Tinariwen (que se presentó en el pasado Festival Vive Latino). Ellos han sufrido persecuciones e incluso el secuestro de uno de sus miembros. Históricamente, jamás han encontrado momentos de paz; siempre han sido violentados por los pueblos vecinos. No les dejan vivir en la tierra que les pertenece desde tiempos inmemoriales. Los fundamentalistas imponen su ley a sangre y fuego… a través de las armas.

Pero desafortunadamente se suele creer que ese tipo de arranques sólo ocurren en tierras lejanas. El ejercicio de la violencia y la sinrazón se extiende por doquier. A veces no es por motivos religiosos sino por cuestiones de ideología política, por discriminación a los indígenas o por arremeter en contra de la disidencia social. El asunto es que el concepto de fundamentalismo tiene distintas caras.

¿Acaso no se parecerá a la iniciativa de los legisladores de Chihuahua para prohibir el narcocorrido y aplicar multas y hasta cárcel para quien lo toque? ¿Qué pasará por sus cabezas para votar y aprobar tan alucinada iniciativa? Sencillamente, les aplica esa conocida frase: “es como pretender curar la calvicie con decapitación”.

Esta misma semana tuve oportunidad de entrevistar a Rafael Acosta, un joven escritor mexicano que es académico en Estados Unidos y cuya novela Conquistador (Tierra Adentro) propone una invasión del narco mexicano para hacerse del negocio en España. Una interesante idea que plantea a una nueva generación de criminales con total voracidad.

La primera mitad se acompaña por epígrafes de narcocorridos y eso actualmente podría resultar peligroso; así que directamente hice la pregunta: ¿ahora que en Chihuahua se ha emitido una orden de prohibición para el narcocorrido; de entrada pienso en dos cosas: ¿crees que este fundamentalismo estúpido pudiera alcanzar a la literatura? Incluso tu novela sería perseguida. Y en segunda instancia,  ¿qué opinas de tan absurda iniciativa?

El nacido en Coahuila a comienzo de los ochenta contestó: “Ya he escrito sobre lo absurda que es esta política. Me parece que las autoridades están actuando como si no tuvieran la más mínima idea de lo que produce uno de esos bailes, en cuanto al monto de la multa. Por otro lado, los narcocorridos no inspirarían a nadie si el estado lograra inspirar al pueblo aunque fuera remotamente. Aunque no faltaría quien lo hiciera, difícilmente se podrían juntar los cientos de miles de personas involucradas en el narcotráfico si hubiera una política social que le permitiera alguna esperanza a la más de la mitad de México que se encuentra bajo la línea de pobreza.

Me parece que esta orden es producto de una desesperación muy simple y de una inteligencia muy cuestionable. El corrido ha sobrevivido a los Rangers de Texas, a don Porfirio, al PRI y seguirá sobreviviendo. Es una tradición muy compleja que requiere de mucho más atención que esto. En cuanto a la persecución de la literatura, me parece muy difícil en un país como México, donde nuestro presidente no parece saber ni qué es un libro y un candidato a una gubernatura como la de Nuevo León puede decir que su libro favorito es el Libro vaquero. Un escritor se debe sentir feliz si un libro como Conquistador llega a tres mil personas y ese es un alcance muy pequeño para ser significativo políticamente a comparación del alcance de Gerardo Ortiz o el Kommander”.

 

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