Las posibilidades del odio

La fuerza y razón de la música (y la cultura)

El japonés Ryuichi Sakamoto (Tokio, 1952) es una de las figuras más preeminentes del panorama internacional de la música contemporánea. Creador del fondo para la ceremonia de Inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 y del soundtrack de la película Feliz Navidad, Mr. Lawrence (1983), entre otros muchos proyectos importantes, como la Yellow Magic Orchestra, se encontraba viviendo en Manhattan la mañana de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York.

Tras la caída de los rascacielos quedó muy impresionado y entró en una especie de pánico que le llevó a comprar un todo terreno, llenarlo de comida y agua e incluso 10 máscaras anti-gas que repartió entre sus familiares. En La música os hará libres (Ed. Altair), un libro en donde recoge sus memorias, cuenta que la ciudad, habitualmente mega ruidosa, se sumergió en un profundo silencio durante los días subsecuentes. Apunta que tuvo que pasar algo de tiempo para que la gente se resignara. Le llamaba la atención como llevaban velas y las encendían en diversos sitios como una forma de conmemoración. Y que fue durante estos actos cuando la música se volvió a hacer necesaria como parte de estos ritos de duelo. Reapareció como un elemento clave de las ceremonias religiosas. Sakamoto escribe: “Me dio la sensación de estar viendo las raíces del arte”.

Se trata de una referencia profunda y conmovedora. La música como acompañante de algunos de los sentimientos más profundos del hombre. ¿Acaso se nos había olvidado? Pudiera parecer que así es; sobre todo en un modelo social en el que impera el ruido y la saturación de información. Vivimos envueltos en una maraña sonora donde cada partícula musical pareciera tener un ínfimo significado. En aquella situación límite que la erradicó temporalmente es cuando apreciamos a cabalidad su grandeza.

Una figura tan influyente como Ryuichi volvió a encontrar sentido a su existencia a partir de la fuerza que le provee la música. Mucho conviene que no nos olvidemos de su poder. Menos aun cuando se avecina un mes tan nutrido en eventos al que se ha llegado a denominar Rocktubre. La agenda está a tope de opciones para asistir a conciertos (otra cosa es que la cartera aguante).

La anécdota de Sakamoto y pensar en los eventos por venir me llevan a regresar a ciertos cuestionamientos que se reiteran en este espacio: ¿Para qué sirve el arte? ¿Para qué necesitamos la cultura? Como siempre, la música del azar me pone delante de un espléndido texto del escritor español Vicente Verdú titulado El deseo de la cultura.

En la disertación realizada en su Blog, el autor de Días sin fumar y El capitalismo funeral plantea: “Antes del consumismo hubo una época en que la cultura se deseaba como bien superior. Ser culto o acceder a la cultura era tan estimable como para atribuirle buena parte de la felicidad o el mejor disfrute de este mundo. El ciudadano culto transmitía la impresión de que obtenía mayor placer paseando por una nueva ciudad, leyendo un nuevo libro o viendo un nuevo cine que quien no disponía de ese caudal. La cultura actuaba como alternativa al dinero y otros tópicos como un universo exquisito en donde hasta el bien y el mal se engalanaban y tanto el odio como el desprecio, la ternura o la amistad adquirían una superior densidad copulativa”.

¿Cuántos de los asistentes a los grandes Festivales son conscientes de que están desarrollando un ejercicio cultural? ¿Acuden simplemente a una concentración masiva simplemente a echar un desmadre carente de sentido? ¿Será que para dar coherencia a estos macro-eventos haga falta algo de inteligencia o todo se circunscribe a una exaltación del hedonismo?

Hoy día gozamos de Festivales que hace años eran inimaginables, pero tal parece que Verdú detecta que en el pasado había aspectos interesantes: “El deseo de cultura venía a ser, en fin, el deseo de poseer unos saberes y sabores especiales para degustar la vida pero incluso, los pensamientos sobre la muerte o el sufrimiento adquirían un plus de reflexión. Los incultos no sólo no sabían esto o aquello sino que, por decirlo exactamente, “ni se enteraban”. La traza de su paso por la existencia raramente abría caminos ni, por supuesto, se adornaba con los detalles que componían, en el lienzo o en el lecho, la joie de vivre. Pero esta demanda o aspiración de ser culto ha desaparecido con una facilidad y rapidez impensable”.

Cobremos conciencia de los fundamentos del arte y la cultura, así la espléndida etapa por la que atravesamos podrá ser vivida a tope y con alto grado de significación.