Las posibilidades del odio

El apasionante Premio Mercury del 2015

Desde su origen mismo, la industria discográfica ha desplegado muchísimas estrategias para conseguir su objetivo fundamental: vender discos. Los formatos han variado, se les agregan elementos o características que los hacen coleccionables y una y otra vez apelan a la voracidad y feligresía de los fanáticos.

Con el paso del tiempo, también se pensó en la creación de galardones que brindaran prestigio a ciertos artistas y sus producciones. Un punto importante de estas iniciativas se concentra en la gala para la entrega de los premios. El imperio del espectáculo da prioridad al evento, antes que al contenido mismo de los álbumes. Para la crítica esto no pasa desapercibido y con insistencia se subraya el manoseo de las candidaturas y el trasfondo que las acompaña.

Tampoco es que exista un mismo nivel de exigencia de parte del público, que suele ser conformista y poco ambicioso. En distintas partes del mundo la andanada de la vertiente más comercial termina por arrasarlo todo –como una avalancha-. Se entiende que en el llamado mainstream sea donde más se concentran las ganancias y el poder económico. Sería difícil pensar que la propia industria pudiera poner por delante los valores artísticos antes que las prioridades de comercialización y ventas.

Incluso uno de los hitos de la cultura juvenil en la materia: los MTV Video Music Awards han caído en total descredito y las últimas ediciones únicamente arrastran el prestigio que fueron labrando desde mediados de la década de los ochenta. De tal suerte que su trascendencia es ya muy limitada. A nivel masivo, la atención mediática se concentra en los Grammys –tanto en versión norteamericana como latina-, aunque también es una flagrante evidencia que los premios son manipulados y condicionados por los cínicos intereses de los grandes corporativos.

Sorprende, que siendo establecido en 1992 y dedicados a reconocer al mejor álbum del Reino Unido, además de ser creado por  la Asociación Británica de Discográficas, el Mercury se maneje con tanta independencia debido a la respetable idea de que las decisiones sean tomadas a través de un comité que goza de total autonomía y libertad de juicio. Tanto las nominaciones como el veredicto son tomados por un grupo multidisciplinario del que forman parte periodistas, músicos y otras figuras de la industria musical británica, como productores e ingenieros de sonido.

Una vez más el conjunto de nominados rebosa en calidad; sin duda, varios de los 12 nominados en la edición 2015 lo merecen con sobrados argumentos, pero en lo personal prefiero a los candidatos menos conocidos, dado que para ellos representa un punto de inflexión importante en sus carreras. Siempre es emocionante que el Mercury promueva a un artista emergente.

Esto último se refleja al menos en dos de los candidatos al premio que se dará a conocer el 20 de noviembre. Allí está Aphex Twin con “Syro”; se trata de un genio loco de la electrónica más psicodélica y cuyo terrorismo musical-tecnológico-político lo involucra con la experimentación más extrema y la Deep web. Es una figura de leyenda con un peso específico en la historia de la música electrónica. Todo el respeto y los elogios para Richard D. James; si gana tan sólo sería una raya más para el tigre.

Por su parte, a Florence and the Machine con “How big, how blue, how beautiful” le llega la mención cuando ocupa la parte alta de los elencos de los festivales más importantes del mundo. Hay muchos seguidores para su indie-pop basado en el poder de su canto y personalidad. Ella saca el máximo rédito a su poder vocal y desplantes dramáticos. Goza de gran fama, el premio no le hace tanta falta.

Con Jamie XX pasa algo muy raro; posee un inmenso talento precoz para engrandecer a la electrónica con R&B y otros ritmos procedentes de la negritud.  Se encuentra en un punto climático tanto como solista como con su grupo, The XX. “In colour” va a estar en la mayoría de listas a lo mejor del año, sin duda. Tampoco requiere del premio, pero sería un reconocimiento a su generación.

De entre la docena del 2015 ya he señalado a 3 que méritos no les faltan, pero a los que no les pasa nada sin el premio; en cambio, a mis favoritos si los podría catapultar al siguiente nivel. No me cabe la menor duda de que Benjamin Clementine se podría convertir en una rutilante figura que haría las delicias de los fans de Anthony and the Johnsons. Posee una biografía interesante –el vagabundo que alcanza el éxito- y un vozarrón impresionante que deja sobrecogido al escucha. “At least for now” es un discazo.

También recomiendo mucho al “Shedding skin” de Ghostpoet; un músico de raíces africanas que comenzó cerca del hip hop futurista pero que ahora se acerca al rock para alimentar a un propuesta muy cercana a la poesía y al spoken word. Uno de los trabajos de mayor calado entre el conjunto, pero que tal vez no tenga tantas posibilidades.

Tampoco estaría nada mal que ganará SOAK, una chicuela irlandesa armada básicamente con su guitarra acústica. En “Before we forgot how to dream” se deja ir con canciones biográficas en las que mezcla la ternura de la juventud con un alegato en pos de la libertad sexual y los derechos homosexuales.

Si tomamos en cuenta al “Hairlees toys” de la ex Moloko, Róisin Murphy –que es encantadora- ya habremos resaltado a 7 de la docena concursante. Lo dicho el Mercury siempre es atractivo e interesante; conserva su buena fama ganada a pulso por su buen criterio y ética – ojalá que otros muchos tomaran su ejemplo-.


circozonico@hotmail.com