Las posibilidades del odio

William S. Burroughs, 100 años

En una de las últimas entradas de su diario, el escritor que abriera las puertas hacia una dimensión oscura e integrante conocida como La interzona escribió: “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor”.

Al poco tiempo murió sin hacer tanto aspaviento, no lo necesitaba. Ya había esparcido por doquier la idea de que el lenguaje es un virus, que el arte plástico se podía producir a escopetazos y que a través de la literatura se podía conducir hacia regiones de una libertad alógica –no ilógica-, cuyos principios estuvieran en un movilidad perpetua; el arte como una dinámica del caos.

En 1987 –año de su fallecimiento- William S. Burroughs ya se encontraba casi literalmente más allá del bien y del mal. Propagó todo lo que le fue posible su revuelta escritural y era un sobreviviente de un consumo brutal de todo tipo de drogas. Había publicado uno de los corpus literarios más beligerantes, rasposos e innovadores de la historia. Cañoneó casi hasta derrumbar el gran canon de las letras occidentales y no se inmutaba; le costó más trabajo sobreponerse a sus adicciones y a una condición tardía de homosexual que siempre le provocaron ser visto como una de las figuras norteamericanas más absolutamente incorrectas.

Este año se cumple el primer centenario de su natalicio y antes que cualquier protocolo académico o contracultural, lo que debemos celebrar es que sus libros se siguen vendiendo y que sus ideas siguen tan atractivas e iracundas como cuando se vertieron por vez primera. He aquí un autor al que le acomoda como a muy pocos el calificativo de irreverente.

Libros como “El almuerzo desnudo”, “Queer”, “Nova Express” y “Yonqui” le permitieron liberar a la creación de los amarres del pensamiento y pugnar por un espacio polimorfo en el que privara lo delirante. Entrevió la revolución tecnológica, la acometida de una música rabiosa y combatió con fiereza a los conservadores y su orden histérico.

No se trata de una figura que vaya a acaparar las preocupaciones de las instituciones y los homenajes pomposos; lo que no obsta para que en su memoria vayan apareciendo novedades que prolongan su estela y difunden un legado rabioso y personalísimo.

Entre los materiales que podemos anotar para engrandecer al nativo de Kansas y gurú de la mejor contracultura posible es el libro “Nada es verdad, todo está permitido” de Servando Rocha (editado por Alpha Decay), que da cuenta del encuentro del escritor, nada menos, que con Kurt Cobain, ya que el líder de Nirvana era un confesor seguidor de un hombre cuya leyenda incluye el pasaje donde a los 37 años mata a su mujer con un disparo fallido mientras jugaban a Guillermo Tell en la ciudad de México.

El músico incluso había grabado algunos temas en los que tocaba la guitarra mientras la voz grave de este profeta toxicómano se desgajaba lentamente. El texto se remonta a un encuentro austero en octubre de 1993, pocos meses antes de que el autor de “Nevermind” se suicidara.

Burroughs fue muy influyente para diversas generaciones; de libros suyos surgieron los nombres para grupos emblemáticos como Soft Machine, Steely Dan y Clem Snide. Para 1989 se estrena la película “Drugstore cowboy” (1989) de Gus van Sant en la que aparece haciendo de un sacerdote adicto que ayuda a la pandilla de consumidores de pastillas en la que se centra la historia. Ya era todo un santón para la generación grunge.

También este año aparece “William S. Burroughs in Dub, conduced by Spencer & Trance Hill”, un disco en el que se usan pasajes del que fuera habitante distinguido de Tánger sobre fondos de electrónica crepitante y muchos efectos de ese estilo jamaiquino que se hace con una cámara de eco. Es un logrado ejercicio de spoken word donde aparece el discurso en contra de los sistemas de control, el gobierno y las instituciones.

Realizó diversos collages representando su alucinante estética y desde distintas disciplinas se convierte en un tipo seguido por artistas como Lou Reed, David Bowie, Jimmy Page e Ian Curtis de Joy Division, así como muchos otros hasta la fecha.

En México no se ha hecho mucho  eco, pero si podemos señalar un reciente concierto en homenaje que se llevó a cabo en El péndulo de la Colonia Roma a cargo de un grupo de músicos encabezados por Alejandro Otaola.

El estallido de Burroughs se sigue expandiendo como una pandemia que busca contagiar a los más insumisos y arriesgados. No deje de leerlo.

 

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