Las posibilidades del odio

Secretos de los Hoteles de paso

Siempre me han atraído los hoteles; son lugares enigmáticos, magnéticos, en los que uno se supone protegido y a la vez no lo está. La gente acude porque se encuentra en tránsito y en ese sentido siempre son de paso –nadie espera quedarse a vivir eternamente en uno de ellos-. Otros muchos pretenden ocultar su intimidad sabiendo que de alguna manera la depositan en un espacio colectivo. Brindan seguridad e incertidumbre a partes iguales.

No puedo sino caer en el influjo de los hoteles memorables. Por supuesto que acudí al mítico Chelsea Hotel a buscar la estela de Dylan, Gingsberg, Patti Smith, Sid Vicious, Dylan Thomas y tantos otros huéspedes ilustres. Siempre con Leonard Cohen en primerísimo lugar, topándose en el elevador con una ebria Janis Joplin y arropado por el prodigio del ligue instantáneo. De ese fugaz encuentro surgió una canción inolvidable: “Te recuerdo bien en el Hotel Chelsea/ eras famosa, tu corazón era una leyenda/ Me dijiste de nuevo que preferías los hombres guapos/ pero que por mí harías una excepción”.

“Chelsea Hotel No. 2” es una lección más de un músico que ha vivido mucho. El mundo real como fuente inagotable de arte. Ya lo dijo Charly García: “Un amor real, es cómo dormir y estar despierto/ Un amor real es como vivir en aeropuertos”. En “Pasajera en trance” el argentino cuenta su devoción por las salas de abordar, pero uno también es fan de los sitios de alojamiento.

Pienso en ello cuando me han invitado a presentar “Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos”, una colección de 12 cuentos, preparada por el editor y poeta Juan Manuel Gómez para la editorial Cal y Arena, que ya nos tiene acostumbrados a estas afortunadas pesquisas grupales a propósito de un tema (destacando “Y sin embargo yo te amaba”, volumen dedicado a José José).

El libro abre, nada menos, que con un escritor de culto. Barry Gifford (Chicago, Illinois, 1946), que aporta su conocimiento del lado oscuro del camino a través de una historia criminal en la que un asesino mata a una monja y le corta el brazo. El asunto es analizado por un niño que viaja con su padre y al interior de la habitación replantean los móviles del crimen y la personalidad de la religiosa exterminada.

También encontramos a Guillermo Fadanelli  mostrando a una pareja que recorre las calles de la Colonia Roma para encontrar un hotelucho en que serán videograbados sus escarceos amorosos. La protagonista –una española- estará más preocupada por cumplir perfectamente con su papel de una Maja pintada por Goya.

Toda compilación trae consigo nuevos descubrimientos, y es que uno ya sabe que esperar cuando se incluyen textos de Alberto Ruy Sánchez –con su prosa poética y erotismo light- e Ignacio Trejo Fuentes y su profundo conocimiento de la ciudad de México y sus bajos fondos; se trata de un hábil cronista de la vieja escuela clavado con otro añejo hotel de la Roma. Aquí entrega un relato que también implica a otras figuras del mundillo literario. Pero la verdadera sorpresa vino con “Espacios estelares”: “El Enterprise aterriza en Calder II. Bones, El Capitán Kirk y Spock se preparan. Naty escucha un gemido, supone que es un ruido estelar”.

Miriam Mabel Martínez (Ciudad de México, 1971) no regala con un cuento inundado por las series de televisión que llenaban los setenta: Viaje a las estrellas –por supuesto-, Perdidos en el espacio, El túnel del tiempo y Dimensión desconocida.

Se trata de la historia de una puberta que acompaña a su hermana cada semana a la Universidad para que se cuiden entre sí. La mayor queda de verse con el novio para ir a un hotel. El galán paga siempre dos habitaciones –una para la pasión y otra para que la cuñada vea la tele-. Resulta que la hermanita irá entreverando su despertar sexual con la temática de los programas que la acompañan por las tardes.

De ahora en Adelante recordaré a “Hoteles de paso” por contener este cuento, que se sumará a “La limpiadora”, en el que el peruano Alonso Cueto establece una breve pero significativa relación con una recamarera con intereses escriturales.

Siempre será recomendable una recopilación como esta, que detone otras evocaciones. No sólo recordé “Barton Fink” (1991), la gran película de los Hermanos Coen sino que me permitió remontarme a “Jesus, etc.”, una de las mejores canciones del “Yankee Hotel Foxtrot”, ese tremendo disco de Wilco. Me encanta la manera en que evocan a este tipo de No-lugares, espacios donde depositamos nuestros anhelos y las más ardientes pasiones: “Edificios altos que se tambalean/ voces que escapan cantando tristes, tristes canciones/ al son de notas encordadas en tus mejillas/ amargas melodías dando vueltas alrededor de tu orbita”.

 

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