Las posibilidades del odio

Salinger, entre la realidad y la ficción

En un tiempo relativamente corto para los procesos literarios usuales tuve que detallar mi primer libro de cuentos –“Satán rechazó mi alma”- que comienza a circular a través de Nitro Press por las librerías nacionales y meter el acelerador para terminar el siguiente –“Trátame suavemente”-, que deberá estar impreso a principio de octubre. Junto a las novelas de Paul Medrano y Arturo J. Flores habrá de prolongar la estela de la colección “Rock para leer” de la revista Marvin –que celebra su XV aniversario-.

En su obra hay una cantidad importante de datos y situaciones que parten estrictamente de la realidad y la historia pero que se yuxtaponen con aspectos concebidos enteramente por el autor –y que jamás ocurrieron-. Tal entreveramiento hace grandes a libros como “Bartleby”, “El mal de Montano” y “París no se acaba nunca”.

También en sus entregas periodísticas Vila Matas va trazando un mapa intelectual y sentimental con distintos autores. Nos hace ver cuán importante resultan en el arte tanto las complicidades como la interacción entre disciplinas. Tan es así que sus últimos trabajos abrevan mayormente del mundo de las artes plásticas.

Por mi parte, trabajaba en un texto en el que el protagonista es el espléndido músico conocido como Gepe. En la historia toca por última vez las canciones de unos de sus discos –cerrando un ciclo- y hasta ahí me remontó a un concierto que si se dio, pero luego lo llevó de una tarde placentera en su barrio a una noche de pesadilla en el centro de Santiago –ciudad en la que sólo he estado en el aeropuerto-.

Y de repente aparece Fréderic Beigbeder y acomete con “Oona y Salinger”, editado por Anagrama, un libro tremendo en el que desde el comienzo me sacude profundamente por su concepto de la “facción”. A propósito de su obra, Fréderic Beigbeder refiere: “Éste es un libro de pura facción. Todo en él es rigurosamente exacto: los personajes son reales, los lugares existen (o han existido), los hechos son auténticos… Lo demás es imaginario, y por este sacrilegio ruego a los hijos, nietos y bisnietos de mis protagonistas que disculpen mi intrusión”.

Hasta donde sé, Gepe sólo tiene hijos, pero no hay nada en mi cuento que puede afectarles; tampoco al cantante de “En la naturaleza”, quienes quedarían mal parados en mi relato serían la policía secreta chilena y el personal de un hotel –que si existe en el centro de la capital andina-. Pero el también autor de “13.99 Euros” si tiene a gente importante a la que advertir que gran parte de su trabajo es inventar cosas, y es que eligió a gente famosa en verdad; comenzando por el inmenso autor de “El guardián entre el centeno”, que es una figura de culto de dimensiones desproporcionadas, pues no sólo ha inspirado positivamente a millones de lectores (se dice que ha vendido más de 120 millones de ejemplares desde su publicación en 1951), el asesino de John Lennon llevaba una copia en su periplo letal y el propio Charles Manson se ha declarado fan.

En “Oona y Salinger” nos instalamos en el Nueva York previo a la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, donde los jovencísimos protagonistas se dedican a la bohemia y realizar sus primeros bocetos artísticos. Oona es hija del célebre dramaturgo Eugene O`Neill –que abandonó a su familia- y Salinger es un escritor principiante que no quiere laborar en el negocio de importación de quesos de su padre. Oona tiene amigas de las altas esferas y se la pasan en los bares de lujo y salones de fiesta, bebiendo lujosamente con Truman Capote.

Frédéric contaría que el proyecto detonó al llevar a un equipo de televisión hasta la granja donde vivía el célebre ermitaño y arrepentirse una vez en el porche. Maltratado por sus acompañantes y durante un almuerzo se topó con una impresionante foto de Oona. Colgado de su belleza, no tardaría en enterarse de que se trató de un apasionado amor juvenil de J. D. Salinger –entonces nada más Jerry- al que dejó para irse a vivir a Los Angeles y terminar casada, nada menos, que con Chaplin, quien le llevaba 36 años de edad.

Al autor le negaron el acceso al archivo que contiene las cartas que Salinger le escribió a Oona una vez que se incorporó al ejército, hasta terminar enviado al frente europeo. Así que se dio a la tarea de imaginarlas y escribirlas. Acerca de su labor nos refiere: “Prefiero hablar de “facción”, ya que la palabra existe en nuestra lengua. Sugiere la idea –excitante en tiempos de paz- de que el autor de este relato sería una especie de soldado de guardia o el jefe de una sedición”.

En la novela, Salinger tiene veintipocos años, beberá con Hemingway en el “Ritz” de París y volverá maltrecho y traumado (intento suicidarse en 1945) para escribir una de las novelas iniciáticas más importantes de la historia y una de las más influyentes en la segunda mitad del siglo XX. Luego decide ocultarse a piedra y lodo y llevar una vida en el anonimato –lo que acrecentó su leyenda-.

Frédéric da cuenta también de cuando con 15 años cayó encima de Oona y Capote y les tiró las copas por culpa de sus gamberros amigos. Luego sabría sobre quienes aterrizó, al tiempo que agrega fragmentos de su romance con su actual esposa (25 años menor), detalles del proceso de escritura y juicios al pasado utilizando símiles del presente. Se trata de un narrador que irrumpe en lo contado y explicita su presencia.  No en vano cita a Diana Vreeland, editora de “Harper’s Bazaar” y “Vogue”. Cuando le preguntaban si sus recuerdos más extravagantes eran factuales o ficticios. Ella respondía: “It’s faction”.

circozonico@hotmail.com