Las posibilidades del odio

Rockabilly en Pachuca (en viernes 13)

Esta es una historia sobre los placeres culpables y un concierto. Porque todos tenemos esos gustos inexplicables que nos hacen deleitar cosas que no deberíamos. En muchas ocasiones no me canso de repetir: que él único pasado posible es pasado mañana; Hay demasiada gente atada a lo que vivió en su juventud y que desconoce cualquier cosa del presente y mucho menos de los sonidos que se emparentan a la vanguardia.

La nostalgia vende muchísimo. Ahí está la legendaria estación de radio con su eslogan: música ligada  su recuerdo. Pero lo que pasa es que el recuerdo que se explota en la radio y la televisión no es tan lejano. No hace demasiado de los ochenta –explotados hasta la saciedad- y ahora los noventa parecen ser el siguiente botín. El Síndrome de Peter Pan se ha vuelto crónico y casi todos queremos ser niños eternamente.

Todo ello me da vueltas cuando una y otra vez encuentro programas de tv, emisiones de radio y espacios en la prensa que se alimentan vorazmente del pasado reciente. Ahí están las Pangordas, Flans y toda la estela de “Estrellas de los ochenta” dejando jugosos dividendos –los mercenarios son implacables-. ¿Quién hubiera dicho lo inmensamente rentable de la fórmula Emmanuel y Mijares?

La mercadotecnia nos ata al pasado. Desea que estemos ahí compre y compre cápsulas de juventud. Y la estrategia funciona. Muchos me odiaran y con la hiel derramada preguntarán: ¿Acaso es que tiene algo de malo?

Por supuesto que me gusta la música del pasado. Una y otra vez en mis labores periodistícas he acusado a las nuevas generaciones de rockeros de poco estudiosos, de desconocer la historia del género y despreciarla. Apuestan todo a que su genialidad los saque adelante y los ponga en romance con las musas. No les seduce conocer la tradición y de dónde es que vienen.

El asunto es que se establece una relación tirante, de amor-odio –como tantas que ahí en la actualidad-. ¿Pueden convivir gozosamente el pasado y el presente? La música pudiera ser ese vehículo de reconciliación. Pero –y no es algo menor- muchos se preguntan si todas las ideas en cuanto a originalidad ya se pusieron sobre la mesa. ¿Hay una severa crisis a la hora de proponer algo nuevo?

Tan es así que uno de los más influyentes críticos musicales de hoy día ha titulado a uno de sus libros “Retromanía” y del que se dice: “Vivimos los años re: reediciones, retrospectivas, remakes, revivals. Para el crítico musical Simon Reynolds, la más reciente cultura pop se ha vuelto adicta a lo retro. La música del siglo XXI suena como si hubiera sido compuesta hace treinta o cuarenta años. Suena bien pero ¿no es raro que así sea? En “Retromanía”, Reynolds indaga en estas recientes tendencias que, alimentadas por las nuevas tecnologías, sirven en bandeja el pasado en el presente”.

El ensayista británico no se anda por las ramas: “Si el pulso del AHORA se sentía más débil con cada año que pasaba, es porque en los 2000 el presente del pop fue paulatinamente invadido por el pasado, ya sea en forma de recuerdos archivados del ayer o de viejos estilos pirateados por el retro-rock. En lugar de ser lo que eran, los 2000 se limitaron a reproducir muchas de las décadas anteriores al unísono: una simultaneidad temporal del pop que termina por abolir la historia e impide que el presente se perciba a sí mismo como una época dotada de identidad y sensibilidad propias y distintivas”.

Pienso en ello porque estoy muy seguro que disfrutaré como enano en el concierto de Rockabilly que el próximo viernes 13 de febrero se dará en el Retro 58, un sitio de nueva creación en Pachuca, y que evoca con gran atingencia arquitectónica y de diseño “aquellos años locos del rock and roll”.

Si en nuestro ilustre pasado cinematográfico nos quisieron hacer pasar a Agustín Lara y Pedro Vargas como rocanroleros de prosapia, ¿qué tendría de malo si uno saca los zapatos de ante azul, las chamarras de cuero, las crinolinas y los peinados altos de ellas y ellos? El Rockabilly es ese subgénero que nos catapulta en el tiempo hasta el momento en que aparecían Bill Halley y sus cometas; en que Elvis –El rey criollo- hacía que las adolescentes perdieran su virginidad con un grito. Este acontecimiento citadino será más que disfrutable por el mero hecho de que exista un lugar que apuesta por está estética musical y sonora. Lo siento simbólico porque recientemente murió uno de los miembros de Los Hermanos Carrión. Y festivo, porque da alegría que sigan existiendo los grupos nacionales que recreen ese tipo de música.

Siguiendo con el dilema que plantea Reynols y lo que representa disfrutar de esos placeres culposos, mi análisis me conduce a señalar que el Rockabilly es interesante por la gran brecha que existe con aquel ritmo aparecido a mediados de los años cincuenta. Esa bendita distancia histórica evita cualquier tipo de incomodidad al entrar en contacto con esta forma de expresión musical.

Me apoyo en el periodista argentino Fernando de Leonardis, cuando apunta al concluir la lectura de “Retromanía”: “Pero esto va más allá del desempeño profesional. Como fan de la música, soy tan adicto a la retrospección como cualquiera: merodeo por las tiendas de discos de segunda mano, estudio minuciosamente los libros de rock, vivo pegado a VH1 Classic y YouTube, devoro documentales de rock. Añoro el futuro que nos ha DEJADO ATRAS, pero también siento la atracción del pasado”.

No puedo sentir sino identificación total para lo planteado por el colaborador de “Los inrockutibles”; cantidad de veces hago del arqueólogo musical de las varias revistas en las que colaboro. Casi siempre formo parte del ala veterana de las mesas de redacción -¡como pasa el tiempo!-.

El próximo viernes voy a rockabilear con Los gatos; ordenaré bien cargada mi malteada de chocolate con doble popote. Me pondré loco cuando toquen “Inadaptado”, su peculiar versión de “Creep” de Radiohead. Ya los repetíamos con algunos viejos amigos: hay ocasiones especiales para seguir golpeando a la nostalgia.