Las posibilidades del odio

Rafael Pérez Gay y el Premio Mazatlán

Existe una larga relación entre la  Ciudad de México y sus restaurantes y bares con respecto a los escritores que los frecuentan o frecuentaron. No son pocas las historias que vinculan a personajes como Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Juan Rulfo y otras tantas figuras con los sitios en donde solían comer y tomar sus tragos.Durante muchos años Sergio González Rodríguez alimentaba su columna semanal en un suplemento del Diario Reforma.

Traigo este asunto a colación dado que Guillermo Fadanelli también ha trazado una larga y deliciosa ruta gastronómica. Comenzando por la cantina El León de oro de los rumbos de Tacubaya y terminando con el Salón Covadonga de la Colonia Roma. Han pasado los mejores días de El Centenario, localizado en el corazón de la Condesa, y en los últimos meses se da sus vueltas por Capote –taberna gourmet- de la que también es socio.

Tengo vivas imágenes de la ruta Fadanelli y muchas anécdotas. Precisamente durante una de aquellas jornadas, que se parecen a la visita de las siete casas, fue que conocí a Rafael Pérez Gay.  Su trayectoria ya era bien conocida. Se trata de una figura que suele alimentar el debate público; un hombre de ideas que no suele negarse a entablar una conversación. Me sorprendió su afabilidad, su trato gentil y generoso. Guillermo nos presentó una noche de viernes en el Covadonga.

Muy rápido descubrimos que teníamos en común nuestra apasionada relación con el futbol. Encontramos muy divertido pasar el tiempo rememorando a jugadores de antaño de los que muy poco se acuerdan o siquiera conocen las nuevas generaciones panboleras. Así brotaron las menciones a leyendas como “El bobo” Madrigal que bajaba de madrugada desde los cabarets de la zona de tolerancia de Pachuca para jugar todavía “en vivo” y acompañado de unas damas en los partidos del estadio Revolución Mexicana.

Nombres como el de Italo Estupiñan “El gato salvaje”, Ricardo Chavarín “El astroboy”, Abel Verónico y Amaury Epaminondas pasaron tirando gambetas sobre una terreno de juego cantinero bien diseminado por cebadillas y otras bebidas espirituosas. El futbol es una pasión que también tiene su parte de memorabilia y recuperación de viejas hazañas y sus protagonistas.

Rafael me parece una persona que rompe con el cartabón del añejo intelectual. En él hay una inteligencia dispuesta a ser compartida con sus alternantes y nada de altanería o mamonería que suele brotar de aquellos que se sienten en cofraternidad con las musas e iluminados con verdades que no deben saber los vulgares.

Por eso no me sorprendió encontrarlo en la televisión haciendo un programa de promoción de novedades literarias teniendo como locación al Salón Bach, también en el maravilloso centro histórico del DF. En ese lugar –según me contó Fadanelli- asesinaron al cantante de boleros Guty Cárdenas. Así que entre meseros y el bartender, Pérez Gay nos recomienda buenas obras de reciente publicación.

Me dio mucho gusto que un autor de su calidad y un ser humano tan generoso fuera reconocido con el Premio Mazatlán de Literatura 2014 por su novela “El cerebro de mi hermano”. Un libro que no le debió resultar nada sencillo de escribir, ya que narra el proceso que vivió su familiar al padecer una enfermedad neurodegenerativa y que lo llevó a la muerte el año pasado.

Si bien el hombre fuerte de la editorial Cal y Arena ya había ganado un reconocimiento por su trabajo periodístico “No estamos para nadie”, un galardón como este servirá para se le preste mayor atención a sus aportaciones como narrador.  Se trata de un reconocimiento que trae consigo un ilustre pasado, pues figuras de la talla de José Gorostiza, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Octavio Paz, Ramón Xirau, Carlos Monsiváis, Vicente Leñero, Fernando del Paso y el recién fallecido José Emilio Pacheco lo han ganado.

El también autor de la novela “Esta vez para siempre”, publicada en 1990, y nacido en 1957 ha dejado bien claras las intenciones de su reciente incursión literaria:  “José María me enseñó a leer y aprendí muy joven a llegar a los libros y a ahondar en ellos, el libro habla sobre la llegada de su enfermedad, pero también es la historia de una hermandad, de una amistad y terapia que aguantó contra viento y marea; contiene una reflexión sobre la finitud, sobre la enfermedad y la muerte; es también un libro sobre la vida, sobre el desarrollo de una familia que contiene también instantáneas de la Ciudad de México”.

Es hora de acercarnos y leer con atención “El cerebro de mi hermano” no sólo para adentrarnos en una historia de vida sino para encontrarnos con una energía literaria que surge de un artista en completa plenitud.

circozonico@hotmail.com