Las posibilidades del odio

Queremos acelerarlo todo

Un domingo de los primeros días de noviembre te levantas y en la puerta de casa encuentras los típicos folletos de los grandes supermercados que anuncian las ofertas. Esta vez son más gruesos que de costumbre. Al hojearlos te das cuenta de que incluyen un apartado que domina el fascículo acerca de la llegada de una inmensa gama de productos navideños. De todos tipos, de muchos colores… más allá del típico rojo y blanco. La mercadotecnia ha adaptado la paleta de colores tradicional de la temporada a otras gamas para que se ajusten a la decoración de las casas.

¡Pero si apenas arranca noviembre! Todavía ni siquiera termina la celebración de los muertos y los encargados de las ventas quieren que las masas piensen en otra cosa –que dirijan su anhelo al siguiente porvenir-.  Insisto, aun están los altares y las flores adornan muchas instalaciones. Igual y estamos rodeados por las almas de los ya fallecidos, y los desgraciados responsables de ventas nos manipulan para encauzar nuestro gasto hacia el panzón de abrigo rojo (antes que a las costumbres cristianas y su nacimiento, pesebre, etc, que es el otro marco imperante).

Desde hace mucho vengo sosteniendo un alegato en contra de esa forma capitalista de tener que acelerarlo todo, de precipitar los tiempos y las formas. Existe un gran problema con la velocidad, cuando deberíamos de elogiar a la lentitud. En fin, que me incomodo y difundo mi molestia por doquier. Tan sólo para encontrarme con distintas voces que dicen que mi percepción va lenta, que muchos encontraron chacharas navideñas en las grandes tiendas desde la segunda quincena de septiembre (¡Vaya, ni el partrioterismo los contuvo).

El mercado lo condiciona todo. Deciden que se debe prolongar la época del año en la que la gente es –supuestamente- más feliz y eso porque es cuando tiene más dinero y gasta sin medida. Aunque al final el lapso real en que las personas conservan ese extra de capital dura muy poco. Bastan 3 dedos de frente para saber que es más importante venderles la idea de lo bien que se lo pasan preparando las cosas que los días que duran con un poco más de poder adquisitivo.

Mi coraje se potencia cuando escuchó los anuncios radiofónicos del centro comercial más grande de Pachuca en los que se invita al público a sumarse a la encendida de su árbol de Navidad. ¡Apenas en un 9 de noviembre! Antes cada celebración tenía detrás alguna vieja fecha religiosa o del imaginario popular. Hoy día la publicidad y el mercadeo decretan como se maneja el calendario simbólico.

Desde hace muchos años que este tipo de aceleres me remite a una canción del grupo irlandés U2 que resultó eficientemente profética. Bono cantaba: Even better than the real thing. El mundo en que vivimos se basa en la virtualidad –eso es un hecho-. Lo importante es como imaginamos que son las cosas, el tiempo que pasamos pensando en ellas, en su posible realización. Lo de menos es lo que dure la verdadera experiencia. Todo es mucho mejor que la cosa real.

Es como si viviéramos enamorados de la precocidad. De alguna manera nos erigimos como una sociedad pedófila. A la cacería de lo juvenil o el genio infantil. Y luego nos extraña que aparezcan niños sicarios que a su corta edad cargan con decenas de misiones cumplidas. A los medios les encantan esas historias del tipo de la niña mexicana con el coeficiente intelectual de Steve Jobs. Lástima que luego sea eliminada en un concurso a las primeras de cambio.

A raíz del ejemplo de Mark Zuckenberg y tantos otros se privilegia el talento cada vez más temprano. Existe un libro de Juan Pablo Meneses, periodista chileno, acerca de la manera en que el mercado de niños futbolistas se maneja con una ética funesta y es un autentico tráfico de piernas infantiles.

Suelo repetir que aquel mantra del marketing usado tantas veces que dice que un X número altísimo de personas no pueden estar equivocadas es una falsedad. Millones de personas pueden estar en el error o vivir en la estupidez. A propósito de esta descarada manera de acelerarlo todo traigo a colación una de las frases más conocida del filósofo alemán Martin Heidegger (1889–1976), cuya obra El ser y el tiempo es fundamental. Aquel provocador pensador decía: Quien piensa a lo grande tiene que equivocarse a lo grande”.

Hoy días las pretensiones son elevadísimas. La treintena es considerada el comienzo de la vejez. Los modelos sociales pueden equivocarse; no podemos dejar que las corporaciones controlen nuestras expectativas de vida. La actual fórmula consiste en que sólo el dinero trae la felicidad y que se expresa a plenitud al momento de comprar. “Compro luego existo”, “Sin dinero eres nadie”.

Les dejo otro apunte de Heidegger para repensar: “No basta afirmar simplemente que lo que la experiencia cotidiana nos muestra de las cosas es lo verdadero”.

circozonico@hotmail.com