Las posibilidades del odio

Los Planetas, una leyenda del indie hispanoamericano llega a Pachuca

Sencillamente, el rock y la épica se entrecruzan en muchos momentos, y la historia del grupo de Granada está íntimamente ligada a un gesta de perseverancia y aferre a desarrollar una personalidad sonora y hacer las cosas según lo dicta el instinto, lo que conlleva a saberse reponer de cualquier traspiés que se comenta.

Los planetas, hoy por hoy, son un estandarte del indie más insumiso, guitarrero y chirriante; cuando muchos miembros de su generación se pusieron a cantar en inglés, ellos se aferraron a las letras en español; eso sí, a veces las encerraban en medio de la maraña eléctrica que despedían. Proceden del corazón de Andalucía –tierra flamenca por excelencia- y tenían la certeza que tarde o temprano las raíces terminarían por aflorar en su propuesta. La apuesta fue la de labrarse un nombre, allanar el camino y sudar sangre y fuego hasta conseguir ser aceptados por un sector más amplio del público que suele privilegiar lo que llega de fuera –en España no son tan distintas las cosas que en México-.

En sus comienzos fueron unos mozalbetes dispuestos a hacer crujir al escenario y a hacer del feedback y la distorsión una forma de arte. No requerían de ser virtuosos, había que tener una actitud inquebrantable de ir a contracorriente y luchar ante todo lo que lastrara al rock español. Y para ello tenían letras directas, compuestas de mortal a mortal, para crear complicidad y mostrar que era viable imponerse al conservadurismo que volvió a enmohecer a la Península Ibérica una vez que la Movida madrileña se convirtió en cosa predecible y programas de televisión acartonados.

La historia de Los Planetas es un capítulo de un tiempo en que una vez más había todo por hacer; “matar al padre y violar a la madre” de las influencias primigenias y tirar de un rock tozudo, directo y terrenal que vivía del y para el low cost. Había que ser honesto y valiente por partes iguales; así que brotaron canciones como “Pesadilla en el parque de atracciones”, en la que no reparaban en soltar: “Quiero que sepas que me he acostumbrado/ A tus putas escenas de “ahora me largo”/ Lárgate ya de verdad que sería una suerte”.

Jota (Juan Rodríguez) y Florent Muñoz –los fundadores- estudiaban Sociología y derecho, respectivamente, y lo dejaron para volcarse en la odisea de reimaginar un indie rock desde la provincia española. Comenzaron por conquistar el oficio, domesticar la técnica y luego salieron a la carretera a bancarse una vida y un prestigio. Los Planetas comenzaron en 1993; el grunge hacía tiempo había conquistado al mundo y ellos preferían acercarse a las marañas de Mercury Rev y otros extravagantes.

Porque precisamente la extravagancia es uno de los sabores de la casa –como los mejores vinos raros, que no se parecen a nada más-. Se daban tiempo para incluir referencias a la imaginería del catolicismo, como en: “Santos que yo te pinte, demonios se tienen que volver”, para también saciar la sed de tantos que como ellos se enfrentaban a las amarguras de la derrota amorosa: “¿Qué puedo hacer?/ si después de tanto tiempo me dejas de querer”.

Escasa parafernalia, huraños con los medios de comunicación, asequibles para la gente que, como ellos, elige marginarse de las buenas costumbres y la vida burguesa –y es que la economía no da para tanto-. Marcharon desde los márgenes hasta encamararse en la industria y decidir que no pretendían ser artistas fáciles de manejar y en repetidas ocasiones quisieron cuestionar y replicar a las discográficas.

Para entender a Los Planetas hay que apreciar ese talento innato para desarrollar melodías y, dado el caso, camuflarlas entre una base rítmica demoledora, chispeantes guitarrazos y algunas capas de teclado que agregan textura y una sensación espacial en los pasajes indicados.  En los últimos tiempos les ha dado por regodearse incluso en temas de largos desarrollos instrumentales –vamos, que los chavales de antaño han consumado la profesión-.

Lograron concebir un auténtico himno generacional con “Un buen día”, una poderosa píldora pop que lo mismo alude a Spider Man que a un día entero de cervezas y rayas, mientras Gaizka Mendieta anota un gol prácticamente increíble. Ahora el jugador goza de un sitio de culto entre la cultura indie. Pero no se conformaron con ejercer el magisterio con lo ya conocido, tenían que emprender nuevos retos que, ahora sí, dejaran salir todo ese flamenquismo que llevan dentro.

Con una discografía que rebasa la decena, en los últimos años han demostrado cuanto aman a gigantes del cante jondo como Camarón de la Isla y Enrique Morente al tiempo que los entrecruzan con fragmentos de kraut-rock y otras partículas cósmicas. En etapa de plena madurez, Los planetas han llegado a la cumbre del flamenco rock. Hurgan en la gitanería que brota del pasado y la catapultan rockeando al infinito; cobijados por “el duende” sueltan poesía silvestre: “Mira el viento y la deshoja/ ya está la rosa perdida/ una rosa en un rosal/ gasta mucha fantasía” (“Soy un pobre granaíno”).

Durante años, México rompió vínculos musicales con España, justo mientras la generación de Los planetas se desarrollaba y pasaron muchos años en que seguirle la huella a agrupaciones de verdadera leyenda era cosa de melómanos irredentos. Luego las cosas cambiaron, se abrieron las fronteras mentales y ese distanciamiento se ha ido diluyendo. Nos hemos ido congraciando.


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