Las posibilidades del odio

Perreo, dale perreo… pero a un libro

“Muévelo, muévelo… pasa de página; Muévelo, muévelo… como un escarabajo. Samsa dame perreo y arrástrate por el suelo. Kafka dame perreo… sacude tu mente encima de un cuaderno… dame tu tomo grande y sabroso que acá tengo tu lomo”.

En un instante se puede juguetear con la jerga del reguetón; y no sería particularmente difícil. No es que su vocabulario sea muy amplio –trata acerca de muy pocas cosas-. Esa mezcla entre canto y rapeo que lo caracteriza permite tocar cualquier tópico con mayor o menor fortuna: “Oye Francisco llévame a tu castillo… que quiero metamorfosearte en lo oscurito.

En los tiempos que corren –con el hervidero de las redes sociales- uno podría pasarla sumándose al escándalo de cada día. La campaña “Perrea un libro” de tan deschavetada e hilarante es un terreno fértil, pues polariza las posturas entre apocalípticos e integrados. Ni siquiera Franz Kafka estaría exento de ser bachateado o traído al barrio, pero antes de seguir contoneándonos con dicha polémica, vale la pena acotar que el pasado jueves también celebramos el centenario de la primera publicación de “La metamorfosis”, cuyo memorable comienzo fue citado por los Libros del zorro rojo: 

“Una mañana, al despertar de un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se encontró en la cama transformado en un insecto monstruoso. Estaba acostado sobre la espalda, que era dura, como acorazada, y levantando un poco la cabeza pudo ver su vientre convexo, color pardo, dividido por unos arcos rígidos; la manta había resbalado sobre esa superficie y solo una punta lo cubría todavía. Sus patas numerosas, de una delgadez lamentable en relación con el volumen del cuerpo, se agitaban frente a sus ojos”.

“Que quiero sobarte ese vientre convexo… quiero follar contigo como un insecto” (y dale con la reguetoneada barata, cosa de hacerle al compositor improvisado). Lo que pasa es que los defensores de la ilustrísima República de las letras montaron en furia al conocerse la composición encargada por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM para la mentada campaña “Perrea un libro”. ¡Válgame Proust, un género tan prosaico para difundir nuestros sacrosantos libros! ¡Líbranos Flaubert de quedar en manos de tan chairos promotores!

Y la mediática y digital cólera de Aquiles se regó por doquier. No faltan los que piden fusilamiento en una biblioteca para acabar con los irreverentes, pero tampoco los que piden que los acartonados y rancios intelectuales se den un baño de pueblo. ¿Quién hubiera pensado que tal material en video levantara tan enconada polémica? (que el jueves mismo fue retirado de internet). Vamos, que ni los flemáticos de “Letras Libres” se mantuvieron al margen; eso sí, con un interesante planteamiento del escritor regiomontano Antonio Ramos Revillas expuesto en el portal de la revista y del que cito un fragmento: “Las críticas han pasado de la mofa al horror, y muchos han demostrado ser fervientes defensores del acto del “buen leer”. La mayoría centró sus ataques al discurso del proyecto, pero ¿alguien puede decir que está mal poner unos poemas en una canción de reggaeton y al final decir que eso salió de un libro? Parece, en el fondo, más una discriminación por promover la lectura con elementos de cultura popular del tipo: “si esos jóvenes perrean entonces no tienen derecho a leer”, “si es reggaetón no puede ser vehículo para conducir la poesía”, como si eso solo fuera exclusivo del canto nuevo, Caíto o los Spoken Word”.

Perrea un libro nos dio unos días de rabiosas dentelladas risueñas y de cadenciosos ratos de cotilleo de Facebook. Unos rasgando sus finas vestiduras y otros soltado caliche por doquier. Un ida y vuelta bien sincopado como los ritmos afroantillanos, el reguetón –que se escribe de varios modos- entre ellos, que de por si irrita a los talibanes de la música (ese es material para otra buena polémica aún vigente, que arrastran grupos como Calle 13).

Pero siguiendo con el dichoso perreo, también me parece oportuno traer a colación al periodista Javier Moro Hernández: “No deja de ser interesante las reacciones que ha generado la campaña de Perrea un libro. Me parece que, como bien dice Antonio Ramos Revillas en su texto, a veces confundimos la lectura con “La Gran Literatura” y creemos que nada que no sea eso es digno de leerse. Yo he escuchado a muchos autores hablar de la importancia de los cómics (el Libro Vaquero incluido) en su formación y en su acercamiento a la lectura. Pero llama la atención las reacciones de rechazo que genera una canción de reguetón basada en un libro y que forma parte de una campaña de promoción de la lectura”.

A la postre creo que quedará como una curiosidad folklórica, una humorada culturosa. Con todo respeto para los filólogos encargados, el problema es que les falta barrio… lo desconocen. No basta con encargar un jingle supuestamente cachondillo y ocurrente, pues difícilmente se colará hasta las verdaderas escenas populares. El musicólogo Simon Frith insiste en la importancia del contexto y creo que en este caso existe un problema con los espacios por los que ha comenzado a circular este contenido. ¿Cuánta gente sabía de lo que ocurre en lugares como el Lobombo de no ser por el incendio? Siguen existiendo muchísimos y hasta masivos de reggaetón. Si la campaña se hubiera insertado en tales nichos ni nos hubiéramos enterado.

 

circozonico@hotmail.com