Las posibilidades del odio

Nick Cave y la vida hecha escritura

Hay artistas cuya carrera está fraguada a sangre y fuego y ello los coloca más allá del bien y del mal. El halo que acompaña a Nick Cave lo envuelve de malditud y de gracia… de jerarquía y de aspereza; pocos como él a la hora de concebir canciones llenas de referencias teológicas y mitológicas que incluyen la fuerza de mil demonios cabalgando sueltos.

Y uno esperaría que su vida fuera un desastre, que le faltara orden y concierto, pero no es sí; se trata de un hombre muy riguroso en sus maneras de ser que está convencido que el secreto del arte consiste en 99% transpiración y 1% de inspiración. No deja que esos supuestos bloqueos creativos se le acerquen y obstaculicen su trabajo. Simplemente, no se detiene y una y otra vez se concentra en reimaginar un universo entero, primero a través de canciones, luego mediante documentos audiovisuales y a la postre a través de textos que resultan profundos y contundentes.

Nick Cave (Warracknabeal, 1957) posee un energía cargada de misticismo y nocturnidad; nadie se lo imaginaria como una persona disciplinada que después de dejar a sus hijos en el colegio camina hasta una oficina para concentrarse en desarrollar una obra plagada de metáforas religiosas y tormentos existenciales. Una y otra vez se pone delante de sus demonios.

No le ha sido fácil terminar publicando sus reflexiones más íntimas. ¿Con qué otra cosa puede un hombre labrar una bitácora que a la vez funcione como un libro de poemas? Pudiendo tenerlo todo, como puede constatarse por los hoteles en los que se hospeda, acá un artista se desnuda para exhibirse frágil y ansioso.

Durante los momentos en los que los nervios podrían dominarlo y sumirlo en un mar de incertidumbre, prefiere acudir a las azafatas y ponerse a redactar una especie de confesionario encima de esos receptáculos que han sido dispuestos para los pasajeros que sean sacudidos por los movimientos inquietos de una maquinaria aérea.

En algún momento tenía una pluma en la mano y el costado de un paquete vacío destinado a contener el vómito. Pero no se vertieron residuos estomacales, sino una catarata de palabras y visiones de una gran estrella recorriendo más de una veintena de ciudades norteamericanas y canadienses. Se trata de un músico que se da a la tarea de aislarse y escribir encima de un producto que el resto del mundo considera ínfimo e irrelevante.

Sobre el escenario parece un inconmensurable histrión con un poder  inmenso para calar hasta lo más hondo, pero delante de esa superficie de papel se torna vulnerable y hasta temeroso. A estas alturas de la historia, unos interminables llamados lo separan de una esposa que no contesta y lo devasta ante la incertidumbre.

Desde hace años sabemos de sus grandes dotes como narrador; al menos nos ha entregado dos novelas igual de implacables que lo son sus composiciones musicales… llenas de drama y de tensión.  Nos hace ver que si el arte no se alimenta de la tragedia pudiera quedarse siendo mera decoración.

Nick Cave se embarcó durante 2014 en una larga gira por Norteamérica y en un momento de tensión terminó por escribir en uno de los costados de esos artilugios para pasajeros enfermizos.  Ahora tenemos “La canción de la bolsa para el mareo”, editada por Sexto Piso, que se convierte en una maravilla no sólo para sus fans, cualquiera que la lea encontrará imágenes fascinantes plasmadas por una estrella de rock a la que le gusta ser solitario y huraño, que extraña a su mujer y es capaz de flirtear con una mujer fantasma e incluso recoger a un pequeño dragón moribundo –esa bestia mítica que a todos nos fustiga-.

Se logra hacer espacios apartados de sus Bad Seeds para dejarse llevar por las imágenes de una geografía casi mística y llena de poesía silvestre y enigmática. Se fascina con los puentes, los ríos y la arquitectura de los hoteles. Se embriaga de naturaleza y esos instantes en los que respira y se reinventa. Para la periodista Inés Martín: “Lo que empezó como unas anotaciones, sueltas e imprecisas, para una canción (larga, según precisó después el propio Cave), termino convertido en una especie de poema, febril y épico, en el que el artista habla de la inspiración, del amor y del sentido de la vida (entre otras muchas cosas) mientras recorre veintidós ciudades de Estados Unidos y Canadá. -Estás en un avión, necesitas un trozo de papel y pides una bolsa para el mareo. Creo que todos lo hacemos, ¿no?-. Así describía Nick Cave, hace unas semanas en una entrevista con The New York Times, ese momento de inspiración que tuvo el 13 de junio de 2014 en un avión que le llevaba desde Nashville a Tennessee. Una explicación simple sobre cómo concibe el arte uno de los mayores genios musicales contemporáneos”.

En términos de feligresía musical, sorprende cuando se da tiempo para reverenciar a Leonard Cohen y Bob Dylan; aquí un apóstol en vías de santificación reconoce a los grandes maestros. Estamos delante de unos de esos libros que dejan huella profunda y que no se olvidan nunca. Nick Cave nos invita a acompañarlo en el viaje… De Portland a Seattle; de Vancouver a Denver; de Minneapolis a Calgary... de ahí a la eternidad, la distancia es corta.

 

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