Las posibilidades del odio

Loquillo, un creyente del rock and roll

Siempre quise ir a L. A., dejar un día está ciudad, cruzar el mar, en tu compañía” Y 20 años después –meses más, meses menos- se escuchó en la ciudad de México “Cadillac solitario”, uno de los verdaderos himnos de la historia del rock en español; una pieza dedicada al outsider que decide escapar, mantenerse al margen de la sociedad, aferrarse a sus convicciones y alimentar esa añoranza de un viejo amor que decidió conseguirse una “vida normal”.

José María Sanz –Loquillo- estuvo de regreso y tocó en el Lunario del Auditorio Nacional –tal vez la mejor sala de conciertos de la actualidad-; por fin se saldó el anhelo de varias generaciones de seguidores de un cantante que desborda personalidad y magnetismo. La aparición de un nuevo disco en vivo titulado “El creyente” fue el pretexto ideal para concretar una visita y dejar atrás las malas pasadas del destino.

Una sombra que parecía perseguir también esta historia. Durante la semana perseguí al artista para entrevistarlo y ciertos problemillas lo impidieron. Esperé hasta después de un concierto intenso y magnífico para acercarme y retomar una añeja anécdota. Por allí de 1994 esperaba para entrevistarlo con Marco Patiño y Benjamín Acosta (Producciones Antiestáticas) en un sitio llamado el Club X en las inmediaciones del metro Insurgentes. La prueba de sonido comenzaba y de repente entró una especie de comando policial a interrumpirlo todo. Los agentes –ametralladoras en mano- nos desalojaron explicando que buscaban al dueño del local.

Tras ese capítulo impactante, caminamos hasta su hotel –apenas a unas cuadras, en la zona rosa-; subieron a pasarse el miedo y a la postre Loquillo bajó para sacar adelante la charla. Al otro día tenía programado junto a su banda –todavía Los Trogloditas- una presentación en Los Reyes-La paz, Estado de México. En aquello tiempos sin GPS y Google Maps pasamos horas buscando tal población; cuando al final llegamos, con tremendos esfuerzos, el concierto –que era una plaza de toros- se había suspendido. Loquillo recordó ahora sonriendo esos momentos agobiados por la mala suerte. Pero en la breve conversación pudimos al menos precisar que tan sólo una presentación se llevó a cabo. La primera de aquella gira, en el legendario Rock Stock de Reforma y Niza, del que era propietario Luis Gerardo Salas, el hombre detrás de “Rock 101” y “Espacio 59”. Muchos años después se anunció que vendría para un Vive Latino y esa cita tampoco se logró.

Dos décadas pasaron y fue gracias a la coordinación entre Francisco Serrano (Lunario) y Juan de Dios Balbi (Terrícolas imbéciles y manager de Café Tacuba) que pudimos tener a ese hombre altísimo, vestido completamente de negro –como acostumbra-, acompañado de la mejor banda que ha tenido (que incluye 3 guitarristas), desparramado un rock and roll que se alimenta de muchísima épica e instinto libertario.

Loquillo es un músico lleno de ideas, de férreos principios, y de una ética combativa; ante todo deja en claro que escucharlo representa una manera de entender las cosas y una forma de vivir. Si el rock hace las veces de una religión laica, este barcelonés es uno de los sumos sacerdotes en español. Siempre evocando los buenos momentos del pasado, a una juventud rebelde e idealizada y tocando –según aquella frase de Salas-: puro, total y absoluto rock and roll. Ese ritmo que transcurre en un 4 x 4 y sobre el que inserta llamados hacia la disidencia y ganas de alcanzar la libertad más plena.

Se trata de un hábil histrión, de un crooner de la vieja guardia, que ejerce total poder de seducción a través de canciones llenas de heroicidad y una poesía espontánea y callejera. Es un hombre culto que también conoce a detalle lo que ocurre en los bajos fondos y la forma en que transcurre la vida de los solitarios. Lo suyo es hacer de la música una estrategia para pelear a la contra.

Y es que además posee una larguísima discografía (en España en un gran vendedor de discos) que rebosa de canciones memorables a las que interpreta con un charmé incomparable. Su repertorio desborda de historias que gozan de la total complicidad de sus seguidores. En México, “La mátaré” se convirtió en una joya de culto, pero podemos seguirnos con una lista muy larga –y que sonó en el concierto del pasado viernes-; de “El rompeolas” a “Memoria de jóvenes airados”, de “Rock and roll star” a “Cruzando el paraíso”. Restallaron las tremendas acometidas filosas de “Carne para Linda”, “Rock and roll actitud” y una inesperada “Rock suave”.

No faltó el homenaje a Jhonny Cash en “El hombre de negro”, una insólita y sorpresiva versión de “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?” –un original ochentero de Burning-. Sonó la belleza contemplativa de “Sol” y esa reinvención del momento en que empiezas a abrirte a la vida que se llama “Cuando fuimos los mejores”.

20 años no han hecho mella alguna; Loquillo está en un punto muy alto de su carrera, en plenitud. Una vez más dejó en claro que su arte musical siempre ofrece una ruta de escape y una vía para vencer a la fatalidad.

 

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