Las posibilidades del odio

Festival Marvin, de lo emergente a la música de culto

Una buena manera de entender la grandeza de una ciudad pasa también por los tipos de festivales culturales con los que cuenta –especialmente de música- y hace tiempo que México D.F. se ha consolidado como un enclave de primer orden tanto para la industria del entretenimiento como para los circuitos del arte. Los grandes eventos no escasean, pero hay que considerar que muchos surgen de los corporativos que controlan estos mega conciertos en el mundo. Nadie les resta mérito, pero tienen un sabor especial los proyectos que parten de la independencia y van creciendo poco a poco.

Pienso en citas como Cosmopoética y Primera persona (en materia de literatura) y South by Southwest (en Austin) y All Tomorrow Parties (itinerante) en lo tocante a música. A estás alturas algo como el que hace el Pitchfork me parece que rebasa los límites de lo artesanal digamos. Pero recordemos también que la cita texana y su enorme pasarela de lugares fue cobrando notoriedad progresivamente –a fuego lento- mientras la esencia del Festival con título de una canción de Velvet Underground tiene el gran plus de ser curado por un músico de culto en cada edición. Eso los hace especiales.

En el mismo rumbo se mueve el Festival Marvin, que surge como un proyecto derivado de una revista de música y cultura que se ha mantenido en activo durante 13 años y no ha perdido un ápice de su ánimo de perseverancia y crecimiento. Ha trascendido la parte editorial y periodística para aventurarse en la organización de conciertos y la publicación de libros que apuestan por la literatura rock.

Son ya 4 años de un evento que está pensado para que los asistentes se muevan por distintos lugares del corredor Roma-Condesa, que se pueda caminar, y que se respire la idea de que está hecho por una suma de esfuerzos. Los lugares abren sus puertas, el espacio público se transforma y los asistentes pueden constatar que hay muchos voluntarios participando.

Antes que en los macro-conciertos, donde los nombres son reconocibles, lo esencial del Marvin es acudir para descubrir talento emergente. Lo que habla de mucha dedicación: sondear las propuestas frescas, contactarlas directamente, resolver la logística y dar a conocer su obra. La organización lanza el anzuelo para que un público conocedor se enganche.

Para la aparición de esta columna apenas hace muy poco que estará concluyendo la edición 2014, que se desarrolló durante el sábado 17 y las primeras horas del siguiente día. Este año, entre la oferta de 50 artistas, es importante destacar dos novedades canadienses: Phedre y Boogat; además de una expresión refrescante del folk a la mexicana: Belafonte sensacional (con buenas referencias literarias) y unos muy fogueados Frikstailers, argentinos radicados en México que han logrado una cumbia del futuro o una electrónica cumbianchera –como se le quiera ver-.

También hay que destacar a Mexican Dubwiser, Banda de turistas (Argentina), Los tres desde Chile y Los ezquizitos, celebrando sus 20 años de ruido y rock and roll.

Pero nada se compara con el momento estelar de este año; justo el punto donde la repesca de talento emergente abre paso a lo que se entiende como una figura de culto. Daniel Johnston (California, 1961) es un artista completo que lleva abriéndose camino desde los años ochenta.

Músico, dibujante, amante de los comics, saltó a la fama cuando una de sus camisetas fue mostrada por Kurt Cobain, quien dijo ser un fan total del guitarrista y compositor (también puso temas suyos en su lista de grandes favoritos). Ha grabado una gran cantidad de discos –con poco y gran presupuesto- y tiene una vida de leyenda debido a que padece un trastorno neurológico que lo ha llevado a hospitales y clínicas psiquiátricas.

Para tener una idea general de su vida existe el documental “El diablo y Daniel Johnston”, pero nada como presenciar su arte en directo. El Salón Covadonga fue el lugar elegido para atestiguar los haceres  de un artista del que Luis Arce apuntó en su texto “De la esquizofrenia de la imagen a la pureza de la diversión” (Marvin 121, ahora en circulación): “Basta únicamente con escuchar su voz. Es la forma más pulida y concreta de su música. En ella hay tensión, espasmos y cierto grado de espanto. Sin embargo, el tono y su manera de hablar no sacrifican la alegría; no por los temblores perdemos el radiante espíritu infantil que circunda cada momento de su obra”.

Nada que ver con la perfección, en Johnston coinciden ciertas pulsiones religiosas, un universo lleno de ciencia ficción e historietas y mucho amor frustrado. Todo eso se convierte en canciones quebradizas y llegadoras.

Gracias al Festival Marvin por hacer posible un encuentro directo con un artista incomparable y con un pátina indeleble a la hora de pensar en las posibilidades del low fi y el indie de verdad –ese que no conoce de poses ni modas-.

circozonico@hotmail.com