Las posibilidades del odio

Eso no es una Feria del libro

Este año Hidalgo fue el estado invitado a la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería y presentó un programa muy vasto, además de que las instalaciones quedaron muy bien montadas y funcionales. Para ser una entidad pequeña y no precisamente una potencia cultural, el resultado fue óptimo y más que decoroso. Aun así se echó de menos al menos a 3 escritores muy destacados (Yuri Herrera, Agustín Cadena y Karla Olvera), debido a que residen en el extranjero y no asistieron.

Por otro lado, este mismo mes se llevó a cabo la Feria del Libro de Buenos Aires y la Ciudad de México fue la protagonista. Dimes y diretes aparte, el resultado fue positivo. Ya ni siquiera pensemos en la magnitud impresionante de la FIL de Guadalajara; el evento más importante y grande del imaginario hispanoparlante.

Pese a todo, las comparaciones son inevitables. Al consumidor de cultura promedio le interesa encontrar iniciativas serias. Y no que un simple tianguis de libros le coloquen el calificativo de Feria. Al evento que organiza el Instituto Politécnico Nacional en la Plaza Juárez de Pachuca le faltan muchísimas cosas para que se le tome en serio.

Se trata de la tercera edición que toca la ciudad de Pachuca y su calidad parece que va aparatosamente en picada. La parte central de su crítica se centra en que está ocasión es la vez que menos editoriales asisten. ¡En una supuesta Feria del libro lo importante deben ser los libros, las editoriales y los lectores! Acá brillan casi por su ausencia. La oferta es muy escasa y se recurrió a la estrategia de llenar el espacio sobrante con puestos de chucherías, golosinas, ropa folklórica y pocas cosas más.

El foro para presentaciones también fue dispuesto de manera que abarcara más espacio y esas grandes instalaciones no se vieran vacías y desangeladas. Al parecer no hubo el correcto cuidado en que las casas editoras más importantes nos visitaran. En Pachuca no tenemos una gran cantidad de librerías y siempre será digno de mención que se dé la oportunidad de encontrar títulos que de otra forma no serían accesibles.

Desafortunadamente, lo que allí se ofrece se parece más a un remate de libros de segunda mano. Su montaje es muy poco atractivo y amable para atraer público. Ya se sabe que no hay una gran costumbre lectora, es por ello, que se tendría que poner mayor empeño, más allá que la orientación mayoritaria de sus materiales sea académica o técnica. En modo alguno pudiera decirse que representa a una institución de prestigio y trascendencia internacional como el IPN.

¿Sabrán las altas autoridades de la calidad de este evento itinerante y que representa a este fundamental centro educativo del país?  ¿O cierta inercia propia de la burocracia mexicana se reproduce en algunas iniciativas?  No se nota esmero, cuidado… ganas de hacerlo vamos.

De tal suerte, que uno se pregunta: ¿cuánto debe de costar el alquiler de una carpa de dimensiones tan impresionantes como la que se instala? ¿Acaso no se le debiera sacar el mejor rédito al dinero que se invierte?

No está de más recordar el acierto de la Universidad Autónoma de Hidalgo al trasladar su feria del libro de los céntricos portales al Polideportivo Carlos Martínez Balmori. Cierto es que tomó su tiempo que el público se acostumbrara –los cambios nunca son fáciles-. Al día de hoy es patente que la FERILU ha crecido y es patente un sentido mucho más profesional y ambicioso en cuanto a su logística.

La reflexión iría encaminada en el sentido de: ¿cuál es el objetivo que cumple en cuánto a los programas del IPN ésta que traen año con año?

Si tomamos como ejemplo la de Jalapa –a cargo de la Universidad Veracruzana- o la de Editoriales Independientes, que se realiza en la Ciudad de México, encontraremos dos ejemplos distintos que han buscado garantizar una dinámica de crecimiento que redunda en un mayor impacto entre cada comunidad en específico.

Es fundamental cuidar la calidad de la oferta, poner creatividad a la parte de las instalaciones y ser arriesgado e inteligente en cuánto a los espectáculos que atraen gente. Al sumar estos elementos, y a lo largo del tiempo, cada evento va obteniendo arraigo entre la gente. Se trata de ir mejorando cada vez y en ningún caso en ir decayendo de manera ostensible.

Por lo mismo, se necesita que las estrategias de difusión sean propositivas y que arranquen con un tiempo oportuno. Recabando voces entre la gente que por ahí circula y algunos escritores y lectores, tal parece que muy pocos se dan por enterados y tal pareciera que surge de forma inesperada y a todos los toma por sorpresa.

Apenas este fin de semana se lleva a cabo la Feria del Libro en Español de Los Ángeles, que en esta edición su imagen gráfica recurre a luchadores; todo un acierto para atraer a compatriotas que radiquen en la ciudad querube. Pero tampoco podemos olvidarnos de la Feria del libro de Oaxaca, que a través del tremendo empeño de la Editorial Almadia ha ido evolucionando a pasos agigantados. Los cárteles que Alejandro Magallanes diseña para ellos se convierten en material de auténtica colección.

No son pocos los casos que se pueden analizar de iniciativas exitosas, pero en todos ellos lo que destaca es el compromiso y voluntad de los involucrados para producir acontecimientos culturales de gran nivel e imaginación. Para ello es necesario tirar por delante al empeño y al deseo. Las ganas de triunfar son indispensables y eso muchas veces en las grandes instituciones es difícil de conservar. Es necesario romper con inercias y el escaso entusiasmo.

 

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