Las posibilidades del odio

Eleazar López Zamora –una evocación-

La imagen imborrable que tengo de Eleazar es sobre una mesa de la casa de Enrique Garnica, arengando a la multitud para que no dejara de bailar y siguiera exprimiendo del hedonismo toda su esencia a lo largo de una de esas fiestas que duraban una eternidad. Como era habitual se acompañaba de alguna hermosa damisela; una costumbre que debía de ser un elogio de los grandes para todo caballero que se respete. Corría la década de los noventa.

Se trataba de un hombre que rompía con el molde del intelectual orgánico. Él era afable, sencillo en su trato, directo siempre y sin imposturas. Jamás alardeaba de su conocimiento ni de su posición. Era una enciclopedia ambulante de la fotografía y su historia, pero no se quedaba con poses de erudito; una y otra vez compartía sus autores favoritos, sus puntos de vista acerca de las tendencias en boga. Lo que uno tenía que hacer era escucharlo con atención. Siempre comenté que tenía que darle total atención, pues tenía una pronunciación peculiar, por decir lo menos, que a veces dejaba ahogadas las palabras entre su tupido bigote.

Entonces estaba al frente de la Fototeca y logró establecer un ir y venir constante de talentos procedentes de Cuba. Así apuntaló un proyecto en pos de reflexionar y analizar la imagen. Siempre habré de recordarlo cercano a Alicia Ahumada y David Mawaad. Si es que en Pachuca existe cierta filia con la fotografía, en buena medida se le debe a él –perseverante, impetuoso-.

Orgulloso de ser nativo de Actopan –al igual que Arturo Herrera Cabañas- se mantenía en la vorágine permanente. Aun lo recuerdo al volante de su Volkswagen manejando cual beatnik para internarnos a la noche pasional y arribar al Astoria –el cabaret más viejo del estado de Hidalgo-. En el salón verde no dejaba de platicar con Adolfo Ledezma –su amigo del alma- y Garnica. Aquella noche el artista plástico Carlos Jaurena se convirtió en espontáneo vocalista de la orquesta de turno. Cuando no era el momento de la música en vivo, en aquel sitio ponían discos de vinyl en un viejo tornamesa. El after lo organizó en lo que era la parada de los autobuses foráneos; una vieja casona en la que vendían cerveza de madrugada.

Siempre coincidíamos en el cine-club para luego trasnochar en su casa del barrio de El arbolito –más allá del cinturón de seguridad-. Un enloquecido proyecto residencial que tenía la cama apenas a unos metros de la puerta principal y el resto de las habitaciones repartidas en descenso. Luego vendría algo de música tropical, un poco de rock y la degustación de quesos imposibles acompañados de un poco de vodka helado.

¿Quién imaginaría que un funcionario de principal importancia pudiera bajarse los pantalones en la inauguración de una muestra colectiva? Aun queda por revalorar aquella iniciativa llamada Como Pinches Perros, que consistía en un taller semanal dedicado a la fotografía erótica. Existen las tomas publicadas en los diarios en las que los miembros tenían bajados sus jeans para romper con los cánones de la decencia.

Permaneció al frente de la fototeca de 1982 a 1995 y luego se dedicó a distintos proyectos de investigación, pero siempre permaneció inserto en el debate público. No sabía permanecer quieto, muchas iniciativas museográficas y editoriales pasaron fueron impulsadas por su talento. Era un lector avezado y un muy buen corrector de textos –tarea que le salía de modo natural-.

Tengo bien presente que por sus iniciativas varias tuve oportunidad de conocer a Tayana Pimentel, Pedro Baltierra, Ulises Castellanos, Juan Antonio Molina, Ava Vargas y otros tantos especialistas, que la mala memoria no me deja traer a colación.

Juntos formamos parte de La Tribu –espacio alternativo para las artes- y picamos piedra en la promoción cultural desde la independencia. Sabía debatir, defender sus puntos de vista, y en lo poco en lo que no congeniábamos era en la elección de ciertas amistades. Siempre fue generoso a diestra y siniestra.

Nunca olvidaré que fue él quien me inició en artistas como Richard Avedon, Joel Peter Witkin y Joan Foncuberta, entre muchos otros. Además de ser un conocedor de diversos ritmos afroantillanos.  Jamás paraba la charla y había muchísimas noches para gastarlas en ello.

Recién se ha ido a los 66 años pero yo –como una balada añeja- yo lo recuerdo ahora. Una mínima evocación me asegura que no se ha ido, que todavía nos quedan largas sesiones para seguir debatiendo acerca de la utopía en turno.

circozonico@hotmail.com