Las posibilidades del odio

Dorian y 5 años de la Rata Roja

Apenas hace muy poco tiempo se le ha dado en México y Latinoamérica el justo valor a la crónica. Tal vez sea porque los acontecimientos la convierten en un género indispensable y urgente. En muchos países de nuestro continente nos dimos cuenta que prácticamente quedaba todo por contar acerca del presente y el pasado inmediato –esas lindes a las que la historia aun no alcanza-.

No puedo sino emocionarme por la aparición de “Tengo que morir todas las noches”, del periodista y editor Guillermo Osorno, que convierte al mítico bar El Nueve (en la calle de Londres; en el corazón de la zona rosa) en el verdadero protagonista de una historia de múltiples vertientes a propósito de lo que hemos llamado la contracultura mexicana de finales del siglo pasado.

Y luego pienso que en Pachuca también hace falta contar tantísimas cosas. Sobre todo las que tienen que ver con la parte cotidiana y especialmente con la vida nocturna y el esparcimiento –algo que es ninguneado por los grandes discursos y las academias-. Allí están los conciertos de Ray Charles y Billy Brag. La vez en que Los Caifanes pararon el tráfico en la Avenida Madero antes de su concierto en Borsalino, lugar donde también tocaron Neón y Maldita Vecindad. Durante nuestros ochenta, Fernando “El chino disco” Martínez conseguía mezclar a Peter Gabriel, Loquillo y los trogloditas, The Fixx, OMD y hasta Los churumbeles de España. El rock local se abría paso en El corral de la cabra y sitios improvisados como el Salón Zihuatanejo (donde tocaron Dinosaurios en reversa y El espejo de la abuela).

¿Por qué es importante recontar todo aquello? en “La cultura de la noche”, el argentino Mario Margulis reflexiona: “¿Por qué la nocturnidad? La ciudad es de los jóvenes mientras los adultos duermen; es otra ciudad. Hay un empleo del tiempo para conquistar el espacio. Al refugiarse en la noche, se resignifica la ciudad y parece alejarse el poder. Ilusión de independencia apelando al juego del tiempo; tiempo no colonizado en que parece resignar el control; tiempo no utilizado plenamente para la reproducción económica, para la industria o la banca. Si todos los espacios están colonizados queda la noche como refugio. Hay ciertos destinos en el mundo, a los que uno va a sacar fotos de los paisajes, o comer como los dioses; otros son elegidos para sacarse las ganas de bailar hasta el amanecer, conocer gente nueva y dormir poco y nada”.

Pienso en que muchas veces el atractivo de una ciudad se mide por la calidad y la importancia de su escena nocturna,  el brillo de la noche.  Y Pachuca no contaba con demasiadas alternativas. Hasta que hace 5 años apareció en la Zona Plateada un pub al estilo británico llamado La rata roja.

Un sitio dedicado exclusivamente a tocar rock –y un poco de electrónica- y nada de baladas ni tropicalismos. Además de enaltecer la degustación de cervezas del mundo. A este lugar, del que es propietario Manolo Camacho, hay que agradecerle el jamás haber traicionado su proyecto original y su estética –arquitectónica y musical-. Ninguna concesión para norteñas o rancheras. La rata roja tiene su propia onda y ha conseguido hacerse de una plantilla de seguidores incondicionales.

Esos mismos a los que se les agradecerá su fidelidad el próximo jueves 3 de julio con un concierto de aquellos que pintan para memorables. Desde Barcelona llegará a Pachuca una banda de rock electrónico de muy alta calidad: Dorian (que también abrió para Zoe el pasado 28).

Se trata de un proyecto lleno de fuerza guitarrera, de secuencias sofisticadas y de una alta energía que recurre a unas letras llenas de referencias literarias y musicales. Para no ir más lejos, en su último álbum, “La velocidad del vacío” (2013), en varias canciones hay menciones al mezcal, a Oaxaca y, nada menos, que a Soda Estéreo, enorme grupo argentino que marcara a los españoles.

Activos desde el 2004, cuentan con 4 lp´s en total y poseen un repertorio potente y lleno de canciones inapelables: “La tormenta de arena”, “Paraísos artificiales”, “La mañana herida”, “El temblor”, además de su éxito más reciente, “Los amigos que perdí”.

En lo que hacen los de Marc Gili hay ecos de post-punk y tecnopop, de The cure a Depeche Mode, conviviendo con otros registros. No en vano “La velocidad del vacío” fue producido por Phil Vinall, responsable de discos de Placebo, Pulp y Radiohead (también con legendario toquín pachuqueño). Además, fue grabado en los Estudios Fatman de la Ciudad de México.

Dorian también es una espléndida banda de directos; por fortuna podremos verlos con todo su poder en un lugar pequeño y de condiciones inmejorables. Es recomendable consultar las redes sociales del lugar, pues la entrada es gratuita pero con brazalete (ya que el cupo es limitado). El 3 de julio promete tener una noche inolvidable y larga.

 

 

circozonico@hotmail.com